EL TREN DEL AMOR/

Rafael Obligado (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Quisiera ser un cántaro en la fuente,
el agua que resbala a su albedrío,
la lluvia que saltando va en el río
y toda junto al mar se hace presente
como tu amor y el mío.

La lágrima que escapa de la frente
allí donde el calor se torna en frío,
produce al que lo siente escalofrío
y obliga a respirar tan insistente
como el amor bravío.

Quisiera ser el pájaro que entona
su trino en mi jardín cada mañana,
la escarcha con su imagen casquivana
que a fuer de ser tan bella ella es llorona,
y finge ser malsana.

Comprendo yo quisiera, que no he sido,
mas quiero dejar claro me arrepiento,
el tren pasó, yo sé, que bien lo siento
¡maldita indecisión!, no haber subido
que hoy ese es mi tormento.
©donaciano bueno

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Rafael Obligado

PENSAMIENTO

A bañarse en la gota de rocío
Que halló en las flores vacilante cuna,
En las noches de estío
Desciende el rayo de la blanca luna.

Así, en las horas de celeste calma
Y dulce desvarío,
Hay en mi alma una gota de tu alma
Donde se baña el pensamiento mío.

LÆTITIA

Con tu sonrisa embelleces
Y haces tus quince lucir;
Te lo habrán dicho mil veces:
Blanco pimpollo pareces
Que comienza a entreabrir.

Sobre tu seno palpitan
No sé qué lumbres dudosas;
Cuando tus formas se agitan,
A respirarlas incitan
Como un manojo de rosas.

En tu infantil hermosura,
Llena de vivos sonrojos,
Hay tal hechizo y frescura,
Que hasta la luz es más pura
En el cristal de tus ojos.

Cuando caminas, tu traje
hace susurro de espumas;
Y, por rendirte homenaje,
De tu sombrero en las plumas
Canta la brisa salvaje.

Los que te miran pasar
Con esa audacia triunfante
Y esa sonrisa sin par,
Juran, al ver tu semblante,
Que tú no sabes llorar.

Juran verdad. ¡Pues mejor!
¡Fuera pesares y engaños,
Y no contraiga el dolor
Esos dos labios en flor
Donde sonríen quince años!

BASTA Y SOBRA

¿Tú piensas que te quiero por hermosa,
Por tu dulce mirar,
Por tus mejillas de color de rosa?
Sí, por eso y por buena, nada más.

¿Que entregada a la música y las flores,
No aprendes a danzar?
Pues me alegra, me alegra que lo ignores;
Yo te quiero por buena, nada más.

¿Que tu ignorancia raya en lo sublime,
De Atila y Gengis-Khan?
¡Qué muchacha tan ciega!… Pero, dime:
Si lo supieras, ¿te querría más?

OFRENDA

¡Ah! yo que en torno de tu sien he visto
Perennemente suspendida el alba,
Y encenderse en el cielo de tus ojos
Como una estrella el esplendor de tu alma,
Ha querido mi ofrenda de poeta
Consagrar a tu imagen solitaria,
Azucena de luz, donde mi espíritu
Posó un instante las ligeras alas.

LA FLOR DEL SEÍBO

Tu “Flor de la caña”,
¡Oh Plácido amigo!
No tuvo unos ojos
Más negros y lindos,

Que cierta morocha
Del suelo argentino
Llamada… Su nombre,
Jamás lo he sabido;

Mas tiene unos labios
De un rojo tan vivo,
Difúndese de ella
Tal fuego escondido,

Que aquí en la comarca,
La dan los vecinos
Por único nombre,
“La Flor de Seíbo.”

Un día – una tarde
Serena de estío –
Pasó por la puerta
Del rancho que habito.

Vestía una falda
Ligera de lino;
Cubríala el seno,
Velando el corpiño,

Un chal tucumano
De mallas tejido;
Y el negro cabello,
Sin moños ni rizos,

Cayendo abundoso,
Brillaba ceñido
Con una guirnalda
De flor de seíbo.

Miréla, y sus ojos
Buscaron los míos…
Tal vez un secreto
Los dos nos dijimos.

Porque ella, turbada,
Quizá por descuido,
Su blanco pañuelo
Perdió en el camino.

Corrí a levantarlo,
Y al tiempo de asirlo,
El alma inundóme
Su olor a tomillo.

Al dárselo, “Gracias,
Mil gracias!” – me dijo,
Poniéndose roja
Cual flor de seíbo.

Ignoro si entonces
Pequé de atrevido,
Pero ello es lo cierto
Que juntos seguimos

La senda, cubierta
De sauces dormidos;
Y mientras sus ojos,
Modestos y esquivos,

Fijaba en sus breves
Zapatos pulidos,
Con moños de raso
Color de jacinto,

Mi amor de poeta
La dije al oído:
¡Mi amor, más hermoso
Que flor de seíbo!

La frente inclinada
Y el paso furtivo,
Guardó aquel silencio
Que vale un suspiro.

Mas, viendo en la arena
La sombra de un nido
Que al soplo temblaba
Del aire tranquilo,

– “Allí se columpian
Dos aves”, me dijo:
“Dos aves que se aman
Y juntas he visto

Bebiendo las gotas
De fresco rocío
Que absorbe en la noche
La flor del seíbo”.

Oyendo embriagado
Su acento divino,
También, como ella,
Quedé pensativo.

Mas, como en un claro
Del bosque sombrío
Se alzara, ya cerca,
Su hogar campesino,

Detuvo sus pasos,
Y llena de hechizos,
En pago y en prenda
De nuestro cariño,

Hurtando a las sienes
Su adorno sencillo,
Me dio, sonrojada,
La flor del seíbo.

SOMBRA

¿Has podido dudar del alma mía?
¿De mí que nunca de tu amor dudé?
¡Dudar! ¡Cuando eres mi naciente día,
mi solo orgullo, mi soñado bien!

¡Dudar! ¡Sabiendo que en tu ser reposa
cuanta esperanza palpitó en mi ser,
y que mis sueños de color de rosa
el ala inclinan a besar tu sien!

Por eso, lleno de profundo anhelo,
me oyó la tarde, divagando ayer,
decir al valle, preguntar al cielo:
¿Por qué ha dudado de mi amor, por qué?

La luz rosada de la tarde bella,
huyó a mis pasos para no volver;
y la naciente, luminosa estrella,
veló sus rayos para huir también.

Y mudo, triste, solitario, errante,
el alma enferma, por primera vez,
hundí en la sombra, y se apagó un instante
la luz celeste de mi antigua fe.

Perdido en medio de la noche en calma,
brumoso el río que nos vio nacer,
de alzar el vuelo a la región del alma
sentí la viva, la profunda sed.

¡Fugaz deseo! Tu inmortal cariño
ardió en la noche, y en su llama cruel
la mariposa de mi amor de niño
quemó sus alas y cayó a tus pies.

A UNA POETISA LUSITANA

Pues las pides, en tu busca
van mis flores ignoradas,
con su modesto perfume
y risueñas esperanzas.
No temas, no, que en sus hojas
tu labio encuentre al besarlas,
ni punzadoras espinas,
ni amarga ofrenda de lágrimas.
No temas, porque han crecido
bajo el amparo del alba,
a la margen de mis ríos,
mirando cielos de nácar.
En sus diversos colores
y en su pureza sin mancha,
llevan débiles reflejos
de los astros de mi patria.
Son humildes, pero tienen
infantiles arrogancias,
cierto orgullo de ser hijas
predilectas de la Pampa
y celosas mensajeras
de mi tierra americana.
Si los vientos de la Europa,
desdeñosos, sesga el ala,
no acarician nunca el seno
de mis pobres expatriadas,
guárdalas en tu santuario,
tierna virgen lusitana,
guárdalas para corona
de tus sienes inspiradas,
donde, lejos de mi tierra,
vivan cerca de tu alma.
Si en las tardes del Mondego,
o del Duero en las mañanas,
estremece tu alma virgen
tierna música de cañas,
y del nido de tus labios
vuela en versos tu plegaria,
acuérdate del que un día,
en las márgenes del Plata,
enseñó tu dulce nombre
a las cuerdas de su arpa.

HOJAS

¿Ves aquel sauce, bien mío,
que, en doliente languidez,
se inclina al cauce sombrío,
enamorado tal vez
de las espumas del río?

¿Oyes el roce constante
de su ramaje sediento,
y aquel suspiro incesante
que de su copa oscilante
arranca tímido el viento?

Mañana, cuando sus rojas
auroras pierda el estío,
lo verás, húmedo y frío,
ir arrojando sus hojas
sobre la espuma del río;

¡Y que ella, en rizos livianos
llevando la hoja caída,
las selvas cruza y los llanos…
para dejarla sin vida
en los recodos lejanos!

¡Ah! ¡cuán ingrata serías,
y cuán hondo mi dolor,
si estas hojas, que son mías,
abandonara, ya frías,
como la espuma, tu amor!

UN CUENTO DE LAS OLAS

A Celmira Jurado

¿Quién no ha visto en las orillas
del hermoso Paraná,
esa banda, siempre verde,
siempre móvil del juncal?

En las horas de la siesta,
cuando todo duerme en paz,
en las cuerdas de esa lira
van las olas a cantar.

Almas buenas y sencillas,
venid todas, y escuchad
lo que dicen esas olas
en el arpa del juncal.

Cuando el delta en muda calma
bajo el sol de Enero está,
y el silencio es más sensible
porque arrulla la torcaz,

Ellas cuentan una historia
que repiten sin cesar,
una historia en que hay un nido
y un cantor del Paraná.

Sucedió que en varios juncos
reunidos en un haz,
con totoras y hojas secas
hizo nido un cardenal.

¡Con qué orgullo miró el ave,
bajo el sol primaveral,
sobre el agua movediza
columpiándose, su hogar!

Una rama de un seíbo,
inclinada hacia el raudal,
le dio sombras, flores rojas…
cuanto un árbol puede dar.

Y extendiendo hasta aquel nido
largo vástago un rosal,
fue en sus bordes, la mejilla
de una rosa a reclinar.

¡Qué contenta estaba el ave!
¡Qué prodigio musical
era entonces su garganta!
¡Qué inquietudes y qué afán!…

Pasó el tiempo. En el estío
los polluelos no son ya
tan pequeños, y hasta suelen
breves trinos ensayar.

Pero el río fue creciendo,
fue creciendo más y más,
y hubo un día en que una ola
saltó al seno del hogar.

¡Qué aleteos bulliciosos
les produjo el golpe audaz!…
siempre ha sido de la infancia
festejar la tempestad.

Recio viento de los llanos
una tarde hirió la faz,
con el choque de sus alas,
del soberbio Paraná;

Y las olas, irritadas,
empinándose a luchar,
en espuma convirtieron
su serena majestad.

¡Cómo duermen los pequeños
mientras brama el huracán
y las ondas los salpican
con su polvo de cristal!

Se vio el nido estremecerse,
y a su empuje, vacilar,
mas sus crestas no alcanzaron
a la altura del juncal.

Pues si el río fue creciendo
cada día más y más,
él también fue levantando
sus varillas a la par.

Almas buenas y sencillas
que en la tierra hacéis hogar,
elegidlo con la ciencia
del pintado cardenal.

VISIÓN

Se sueña, se presiente, se adivina,
estremécese el labio y no la nombra;
el alba la ve huir de la colina
velada entre los pliegues de la sombra.

Espira el melancólico perfume
de la rosa en un féretro olvidada;
se deshace en incienso, se consume
a la rápida luz de una mirada.

Hermana de la tarde, pensativa
en el fondo del valle resplandece;
un instante deslumbra, y fugitiva
en el pálido azul se desvanece.

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