POBRES POBRES, LOS DE ANTES

José Antonio Ramírez Lozano (poeta sugerido)

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Que hoy a pobre nadie gana,
pobres, pobres los de antes,
que mendigos hay, farsantes,
que, sacándote la lana,
van hurgando tan campantes.

Que esos pobres, los de antaño,
eran pobres de miseria,
pululaban por la feria
y a ninguno hacían daño
aun pegando la difteria.

Los que andaban trashumantes
mendicantes, borrachines,
con los pies sin calcetines,
sin vianda, viandantes,
ni migaja en los festines.

Que mirando al mundo ciegos,
sin los sueños ni esperanza,
se bailaban una danza
o rezaban los maitines
o contaban una chanza.

Tan simpáticos y amables
siempre haciendo chirigotas,
pues fingiendo eran idiotas
sonreían, siempre afables,
no soltando palabrotas.

En los labios su pitillo
la botella en su regazo
a la súplica un abrazo
que a su faz sacara brillo,
ignorando algún pelmazo.

Que eran pobres, no rateros,
ni ladrones, ni mangantes,
de limosna mendicantes
y premiaban tus dineros
con la luz en sus semblantes.
©donaciano bueno.

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José Antonio Ramírez Lozano

CREDO

Creo en el Dios que está detrás de lo creado
siendo él la creación, su propio aliento,
bastándose en su obra, mostrándose en la ausencia
de estar sin ser, múltiple y uno, solo
contenido en su nombre, comunión de mis labios
que lo invocan creciéndolo, múltiplo de su verbo.

Nada me exige a cambio de vivir. Sólo eso,
vivir sin más dejándome llevar de su cuidado,
de esa oscura armonía, de ese círculo claro
con que dicta la edad, con que cumple la dicha
o arrebata el amor y procura la muerte.

Sólo con él combato su propia adversidad.
Sólo con él me digo lo que apenas conozco
y no puedo negar más que con él, a un tiempo
materia como es también de mi ignorancia.

Si la nada en que un día me tuviera ya antes
de nacer es tal vez lo que al cabo promete,
gozo será no ser, ausente de mí en esa
manera de estar siendo sustancia de su olvido.
Y si acaso preserva otra vida tras ésta
todo estaré ya en él, sin ser parte en la dicha,
pleno de Dios, dios mismo, mudo de pronunciarme.

Ni adoración ni miedo, confianza le tengo.
Como la flor del trigo suele encañar por mayo
y dejarse amasar sin miedo a la cizaña,
del mismo modo yo me abandono a la vida
fiado, en mi ignorancia, de su sabia certeza,
cumpliendo en mi descuido con su mudo cuidado.

VIDAS QUE NO FUERON

Hay vidas que no fueron vividas a su tiempo
y han dejado un vacío sin vivir
que tiene su tamaño entre los vivos,
que delata su ausencia.

Ese fiscal sin plaza que frecuenta de noche
la subasta de las estilográficas
y se olvida del nombre cuando puja,
porque no tiene nombre, porque no tiene más
que el hueso de una sílaba,
y un carrete en que ovilla el perfil de su talla.

O ese afilador que toma el tren en Cangas
con un billete numerado cuyo asiento no existe,
porque no hay tren en Cangas
ni cementerio en Sila, a donde va
cada noche a poner una glicinia
en la piedra sin nombre del hijo que no tuvo.

O esa monja del sueño
que pronuncia su nombre en mitad de la salve
para ser en la música
y el coro lo descubre sobre la partitura
como una nota vana de silencio,
ese cerco de ausencia y humedad
que precede al suspiro, al tacto de la carne.

Hay vidas que no fueron vividas y de noche
toman cuerpo en las sombras y frecuentan
las vidas que los hombres descuidan cuando duermen.

Besan entonces con sus labios,
calzan sus mismos pies, muelen café, vomitan.

Y si acaso en la noche un hombre tose,
se desvela y orina,
ellas salen huyendo de su propio extravío
para arrojarse, ciegas,
en ese mar de fiebre, espejo de la nada.

CODICIAS

Saben, Elvira, que eres tú la dueña
y todos lo codician.

Acuden los tetrarcas de Judea
y te tientan con diademas de sal,
con virutas profanas del oro de los mártires,
con pulgones de ónice,
con un sistro que ahuyenta la luna de las parcas
y el acecho de las conjuraciones,
con un tarro de escamas vestales de luciérnagas
al que acude a beber
el pájaro de fuego las noches boreales.

Pero tú no lo cambias por nada de este mundo.

Caravanas de Adén llegan para ofrecerte
un álbum de suspiros,
un quitasol de mica con las plumas de un ibis,
y cuarenta elefantes cargados con incienso
de Gardefán y púrpura de Elisa.

Pero tú no lo cambias por nada de este mundo.

Por el mar de la China arriban mercaderes
que te ofrecen a cambio
un tigre de Ceilán con sus ojos de ágata
que se devora y vuelve a nacer de su sombra,
una esponja de seda en la que cabe el mar,
siete esclavos filólogos que conocen las lenguas
ya perdidas del mundo,
y un candado de jade que paga a quien lo abra
con la resurrección.

Pero tú no lo cambias por nada de este mundo.

No valen todos juntos lo que ese perfume
que existe sólo porque tú lo piensas,
que huele sólo si lo nombras tú.

EL ABUELO DE DIOS

Dios tiene un abuelo aún más eterno
que se sabe el olvido, que perdió la memoria,
que anda por el mundo madrugando
y que lleva la cuenta de las hormigas muertas
y los lunares de las mariquitas.

El abuelo de Dios tiene una llave
para guardar la tierra de sus propios demonios,
que le roban los verbos mientras le reza al nieto
y que él luego castiga sin tentar una noche
o a escribir una plana con sus uñas,
tan negras ya de la caligrafía.

El abuelo de Dios no sabe nada
de si es trino o si no, si es que ha nacido
de sí mismo o del sueño de los hombres.
Pero es dueño del bosque de los salmos,
de las minas de arroz, de las pipas peladas.
Y sonríe cuando ve
pasar las caravanas de camellos
por el ojo pequeño de la aguja.

Yo soy más del abuelo.
Él para perdonar nos da el olvido.

VELEROS Y METÁFORAS

El mar y su constancia.
La mano y el afán de la escritura.
Los dos en ese empeño por negarle
su amenaza al abismo hasta llenarlo
de peces negros, jibias
como palabras que emborronen una
por una con su tinta
sus páginas saladas, su vasta soledad.

Azul, azul, azul, el mar oculta
su horror con la insistencia de su caligrafía.

Por el renglón del horizonte cruzan
veleros y metáforas.

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