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1º LA VIDA, POCO MÁS QUE UNA SIESTA (mi poema)

2º El poeta sugerido: ''Blanca Álvarez Caballero''

MI POEMA…de medio pelo Lee otros poemas TRISTES

 

La razón de vivir ¿quién la conoce?
¿quien no ha dado la vida por perdida,
que ha buscado y no encuentra una salida,
pues presiente ser mota de un desbroce
dispuesto a dar por fin la despedida?

¿Quién no ha sido el objeto de una afrenta
topando las narices contra el suelo
sin alguien que le sirva de consuelo,
deseando de poner su alma en venta,
sin nadie que le ofrezca allí un pañuelo?

Confuso, contemplando el panorama,
no siente soledad y desabrigo,
en busca de un amor, de algún amigo
que encienda ese pabilo de una llama
y logre liberar de ese castigo.

Fatídico, ese día en que la espera
se encuentra ya al final de su trayecto,
y empiezas a dudar lo que es correcto,
la fe perdida está sin asidera
y mente hundida está sin su intelecto.

Repites con frecuencia esa pregunta
sabiendo que a la misma no hay respuesta
¿a qué vine yo aquí, o a qué esta apuesta?
La vida, no la quiero sacar punta,
la vida poco más es que una siesta.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Blanca Álvarez Caballero

Blanca Álvarez Caballero

Laberinto

1
Condenada a la espera,
contemplo, relajada, los jardines.

Hay en el aire un poco de tibieza,
de sutil certidumbre insinuadora de un regreso.

Mientras las flores mecen, primaverales, sus pistilos.
Ellas presagian, sabias, que volverás un día.

2
Todos los laberintos
son prisiones silenciosas
con ojos tristes.

Sólo me alegran los prados de geranios
y las rosas multicolores en primavera.

Sólo la luz del sol alienta mis paseos
y la luna creciente me implora
que aguarde un poco.

3
En esta prisión alta
no hay príncipe
que venga a rescatarme.

Apenas cuatro muros
y una ventana larga
para imaginarlo desde aquí.

4
Un plato de atún frío, dos rodajas de col,
una lechuga fresca y tres lecturas sobre templanza antigua
sosiegan el espíritu y me hacen olvidarte,
aunque sólo por esta noche.

5
Todos los meses salgo al balcón 300,
en el mismo laberinto.
Allí espero a que salga la luna mensajera.

Y cuando está más viva,
toda creciente, menguante o renovada,

dejo una carta como un tributo a tu soberbia,
tomo mis manos y mis ojos afligidos.

Hoy, menguante.

6
Sumo las veces que te busco y tú no llegas,
como si fueran soles que brillaran cada tarde,
aunque aquí, adentro, la oscuridad enfría.

7
Ni quiromancia,
ni cartomancia,
ni runas,
ni astrología egipcia.
Nada responde sobre ti.
Sólo quimeras.

8
Dejemos de jugar a no ser Kafka,
Ariadna o Circe.
Nunca encontraremos la llave
de nuestro laberinto.

Cartas a Leo

1
Yo espero a un hombre alto y delgado que viste con trajes azules.
Un hombre que adelgaza cada vez más por el cáncer que lo consume.
Un hombre enjuto, es cierto. Pero él vendrá. Estoy segura.

2
No tengo montaña ni convento. Sólo banalidades solitarias
con que entretengo —como se distrae el hambre que anida en intestinos—
mi inevitable ansiedad de verte.

3
Un día me imagino con Mauricio.
Otro, con Alejandro. Otro más con René.
Hago novelas mentales casi a diario.
Así supero un poco la inevitable
condición de mantenerme célibe.

4
Nunca voy más allá de la mano
que me dan Toño o Arturo al saludarme siempre.
Nunca iré más allá de los votos sellados ante Dios un día.
Incólume hasta tu llegada. Así será.

Pozo

I
Hay un hombre
con blanquísima piel
y ojos oscuros.
Pozo antiguo,
grisáceo primero;
después, profundo.

Un hombre ojos de túnel
entre árboles y cielos,
en miradas que cruzan videncias
por ambos conocidos.

Un hombre en cuerpo frágil,
con espíritu fuerte,
que eleva su intelecto
y urde un sitio mental.

Hay un hombre que busca
–venido de muy lejos–
impedir que yo mire
la hondura de su pozo
–tan semejante al mío–,
velado por los dos.

Y no alcanza el cabello,
la blanquísima piel,
cubierta hasta su sombra,
para saber que hemos venido
a recorrer veredas,
a lidiar con la senda
de lo que varios llaman
por siempre el más allá.

II
El pozo muestra el reloj en la varada hora,
enajenado entre muros y granizo sin descanso a la pobreza.
Su universo es una laptop desinflada –no ella–,
la máquina del tiempo que vio Chaplin en The modern times.

Él ha llorado solo en dormitorios de casas y hospitales.
Él está muerto en manicomios de oficinas resistentes
a los naufragios del progreso, el éxito infrahumano,
la más infame de todas las murallas: generalizar.

Su batalla está aquí y en otras dimensiones,
etérea, como somos, aunque él lo esconde siempre.
Marinero de blanquísima piel, cabellos ondulados:
hilos de seda y filos de metal.

Me dueles más que siempre, con tus ojos oscuros –el túnel sin final–.
Mira bien tu reloj en la casa de locos, oculto entre los libros.
Aquí yo estoy, por si algún día contestas desde ése tu resquicio,
tan místico y cercano. Marinero de entonces, siempre nos conocimos.
Quien espera respuesta no son tus ojos sabios,
ni tu mirada a veces turbia; sino los míos, tan llanos.
Tal vez soy nada más, soy ésta, aquélla a quien logras persuadir.

III
La clave está en la piel de tu blancura
con que existes entre árboles que guían
el transitar de un mundo a otro
que no se llama tierra, asfalto, hierro;
sino espesura en ojos, abismo de tus muertes,
el regreso constante a inevitables horas,
éstas, las del temible-amado, ajeno y sabio
pozo de tus cabellos; el túnel sin final.

Dime dónde naciste,
antiquísimo pozo de furia y de bondad.
En tus ojos oblicuos ancla mi piel su arena.
Tus manos con firmeza reposan en las mías.
Tu voz es sólida y pausada.
Tus brazos, sutiles y a la espera.
Tus cabellos, la llama que me enciende.
Tu blanquísima piel, el mar en que mi cuerpo adentra.

Insomnio III

Templo, pozo, túnel
en que descansa
mi cuerpo dolorido.
Sigilosa abandono
mis dedos sobre tu pecho.
Urgan mis labios
tus rozados pezones
que poco a poco bebo.

Y lenta bajo.
Liviano eres
hasta engullirme
en tus entrañas
y saborear tu grito
dentro de mí,
como el insomnio
que no cede.

Allí, donde el clonazepam
no cumple sus efectos.
Me hiendes, marinero.
Tu agua en calma acecha
en cada imagen tuya
dispuesta a revolcarse
en mi marea.

Insomnio II

El insomnio es el lecho
de poemas para tu oído.
Es oración, murmullo
el roce de mis manos
que místicas te tocan.
Pozo que busca a tientas

mi mente quebradiza,
amanecer que irrumpe
con cuatro o cinco horas
de sueño y regocijo.

La noche ya no es noche,
sino templo que encuentran
mis ojos en tu espalda
–más diáfana que siempre–
al soltar tus cabellos
rizados en mi pecho,
mientras bajas despacio,
te hundes en mi vientre
al tacto, sí, al tacto
de tu camisa negra.
Túnel donde se olvidan
ojeras y neuralgias.

Voy a dormir ahora,
como Alfonsina Storni.
Te aguardo entre mis letras
para que seas tan mío
–rizado marinero–,
tanto que un día me quieras
–lo decidas–
en versos describir.

Insomnio III

Guardemos los relojes
–los guardaremos siempre–
para un trozo de luna,
un sol entero donde su luz
en nuestras sienes se evapore,
entre dedos ansiosos
de agua acidulada
del mar que ahora es nuestro.

Y diré que tú tienes
la forma de mis manos,
el color de mis ojos,
o que yo me sumerjo
en tu incesante pozo,
como el ave en el cielo
habita mi latir.

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