ME NIEGO EN REDONDO

»Aquí, mi Poeta sugerido: Diego Doncel

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Me niego aquí en redondo. Tengo miedo.
Periódicos y prensa a la basura.
La radio me hace huir por su impostura.
La tele da asco ver, me importa un bledo.

Que yo quiero ser libre. Sin cadenas.
Sin nadie que me cante las cuarenta.
Obviar lo que se dice trae a cuenta.
Preciso liberarme de condenas.

Que un día he de morirme, no lo olvido.
Y solo de pensarlo me molesta.
De tanto repetirlo ya me apesta
y hieren a mi vista y a mi oído.

Prefiero ser soldado en la batalla
que ser en retaguardia un cobardica.
Que nadie a mi me tilde de acusica.
Tampoco aparecer como un canalla.

Y a aquellos que hacen caja aquí les digo
que salgan a buscar a otro cliente.
Me niego ya en redondo a que insistente
pretendan convencer, no va conmigo.

Vivir, solo es vivir si de ataduras
te puedes liberar. Y no haces caso
de aquellos que te anuncian un fracaso,
volando sin dudar por las alturas.
©donaciano bueno

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Desde que llegó este maldito Coronavirus, el miedo, antes esporádico, se ha instalado entre nosotros de forma permanente para jodernos la vida.

MI POETA SUGERIDO: Diego Doncel

Diego Doncel

EL ENTUSIASMO Y LA INSPIRACIÓN DE LA UNIDAD

Me retiro hacia ti, señor,
para tener conciencia
de que ahora soy el sueño que inmolas
en tu cuerpo, la sangre de tu sangre
que ofreces a la luz.
Tus entrañas mas puras
en mí se han consumado y en mí tu verbo funde
la tierra con el cielo y el fuego con el mar.
Agua oscura es tu cuerpo, señor, un manantial
perdido donde los muertos beben el flujo
de tu paso. Santa morada, orbe celeste
en el que boga el mundo y se anega mi alma
presa del más allá…

En ti la noche vierte esta carne inflamada
que turba a la materia y en ella enciende el fuego
de tu sagrado altar.
Mas mi muerte, señor, prende luz a tu espacio,
en ti alza la música
que a los seres abrasa con aliento divino.
Sostiene en ti la forma
alta y ebria del misterio
y en el misterio brotas
(de mi carne ensoñada) siendo mi misma luz.
Vas de tu cuerpo al mío y sólo un cuerpo
respiras, y somos el mismo aire
que besa el aire del mundo.
Somos tan sólo un alma de un universo
ardiente acordada a los ritmos
y presa del aroma que conforman la luz.
De ti y de mí, señor, brota armonía,
están los cielos altos y la noche profunda
fundiendo los contrarios y el árbol
de la vida se engendra en el espacio
de un eterno existir.

Esta es la noche santa, oh señor,
en que al fin con mis manos
toco tu rostro puro,
y dejas que respire esta luz cegadora
que hace abono del aire,
y das tu mismo aliento
a este pecho profundo que llena sus pulmones
del fuego de las cosas arrobado en tu amor.
Dentro de mí los cielos dan señales y pulsos
de espacio enardecido,
conjugan los planetas
a mi sangre ensoñada y bullen, poderosos,
al fondo de mi cuerpo donde es fértil
su luz.
¡Cómo siento su música
derramarse en mi sueño y ser signo
del aire, y ser signo del ser y esencia
de lo hondo! ¡Cómo viene este aroma
tan dulce de tu boca
a quemarme en el éxtasis,
y respirar conmigo y respirar, por ti,
el mundo en mis entrañas! ¡Cómo late mi alma
y acoge en su extensión los hilos invisibles
de todo lo visible, y es un vuelo
que funde estrellas y silencios
al rumoroso mar!
¡Cómo vence mi muerte esta región prescrita
y se abrasa en los ángeles, y se convierte
en viento de nocturna armonía que deja de existir
y empieza a ser el soplo de lo eterno!

Más allá de la vida, señor, más allá
de la muerte se alza nuestro reino
(pues tampoco en nosotros hay principio
o final): somos tan sólo el centro
donde, ciega, la luz brota y se olvida,
la materia incendiada por el viento perpetuo
que trae la eternidad.

PUNTO DE FUGA

El alma, que es tan sólo tránsito,
derramada, plegaria a los seres del mundo
que en ella son signos, se anuncia inmensa
al fin por este cementerio, suspendida
entre el mar, la luz y la materia.
La revela el silencio encendido
de estos montes, el fulgor y el aliento
en el que tiembla el cielo, y un mensaje
hecho carne en las aves y el hombre,
estigma de la gloria y de la eternidad.
No existe otro destino en la vida
o la muerte que no fluya en su cuerpo:
por ella surge todo y las cosas
la crean soñando que la viven.

Mas hoy, el alma aquí, su claridad
dilata, por este mar ardiente
que encarna el paraíso.
Ahora goza, otra luz, el cuerpo
en la armonía serena del amor, la carne
de este reino por siempre insatisfecha,
la paz que está consigo y en la tierra
se cifra y en la ladera esplende
con sus astrales árboles
que bajan tan dichosos a beber fuego
al mar.

Decidme si no es este el espacio sagrado
donde todo se une y al final
todo es alma, que vive enardecido
por el aroma dulce del algarrobo en flor.
Si no se siente aquí esa antigua alianza
del aire con el agua, del agua con la tierra,
de olivos y gaviotas y horizonte
hasta ser parte en la luz.

Y decidme si el alma, purísima,
como esencia de dios no se revela ahora,
y en las terrazas que el abismo funda
no salta ella también
a fundirse en el oro.
Si, súbitos e iluminados por la luz
de la sal, no regresan los dioses y devienen
los campos un efluvio divino que se adensa
al juntarse los muertos, las frondas, los hombres
al néctar y a la lumbre de los astros.
Si la verdad no se alza al borde
del deseo, y no deviene el mundo, al fin,
la misma cosa: unos signos celestes
por el sol arañados en la arcilla
de lo eterno donde se mira dios.

Pero allá de esta luz otra sombra
reclama y quizá tras la sombra alumbre
un nuevo día y germine otro sueño.
Tal vez, allí, no exista nada
que no sea esta tierra extasiándose serena
en las ondas del mar. Este sentido pleno
que los seres alcanzan al rendirse gozosos
en la eternidad de la luz.
Y este blanco respirado de los cielos,
y esta sal profundamente respirada
que besan la pureza y la fecundan
en cada fugitiva reverberación.

Mas el alma, que es tránsito,
para recomenzar de nuevo el juego
de la muerte, por volar, por fluir
y hacerse espacio, otra vez toma el rumbo
de las constelaciones…

SUB ESPECIE MORTIS

(Una visión del alma)

I
¡Oh, qué velo se ha rasgado,
qué entrega, tan profunda, de la noche,
qué infinita la tierra, qué aires
y qué ruegos infinitos, qué silencio
profundo al cabo el campo!
¡Ese árbol alzado sobre suelos
de estrellas que su savia incendiada,
el tronco que discurre umbrío
y armonioso por lo eterno, sus frondas
celestiales, el verdor que no cesa
de alumbrarle testigo
de unos signos sagrados,
y esa antigua abertura, señalada en su copa,
a todas las corrientes de los cielos!
¡Ese nacer y ser humildemente,
pasivo y arribado al instante,
en medio de la nada o en presencia
de todo cuanto vive:
beneficio visible de invisibles regiones,
incendio en pie que alberga,
como un alma purísima,
en sí todo el paisaje:
las sierras que susurran
un cántico de dioses, y esos vuelos
y esos pájaros que en tu espacio
se erigen, árbol, desde una antigua estación!
Uno canta, entre todos,
más allá de esas ramas.
Lo ampara el tiempo mísero
pasado aquí en la tierra, condenado al pelaje
de las más sucias sombras, rebotando en los lindes
del mundo conocido, sin cruzar el umbral.

Pájaro cautivo que, mientras la luz
caía, era la luz traslúcida
que su ser nos mostraba:
junto al caos, allá afuera,
inseguro existía, enlazado
a un volar a través de las formas,
soportando, con ellas, el implacable tiempo,
el flujo de las noches
presente en su mirada.
Era ¿qué carne tibia y qué fuente
de una antigua aflicción,
de un exilio qué pasto
en la tierra acabado, qué oráculo
de sangre cumplido en su materia?

II
Tú estás, pájaro, desterrado,
y por ti el aire
con su figura revelada
va volando. Se estremece
ante ti, roza tu carne,
a tu bosque de plumas lo suspende
y con fragores de sombras lo arrulla
al acecho de la luz.
En él está, y no en ti,
lo que es visible. Y en su soplo
remoto de dios escondido tu cuerpo
aún no se conforma: la cola trae el destino,
al mundo lo somete, ¿o es el mundo
quien cede a tu volar incierto?
Tú te viertes en todo, haces signo
el paisaje, con los miembros
hundidos en natales guaridas
al origen no enlazas. Sobre las ramas dóciles
en que tú, hoy, te posas
te guardaba la madre de la altura
del miedo. ¿Fuiste presa, entonces,
de un crecer increíble, de un éxtasis
perenne en este aire nutricio
que mana del silencio?
Nos descubres tu canto desde un muro
de fuego. Es un canto de queja
derramado en la noche, dirigido
a ese viento que para ti deseas
no sólo atravesarlo.
Ese viento se quiebra
de tanta transparencia,
por su levedad se distancia;
óyese su rumor en todo
el campo, su latido intentado
que es latido del mundo,
el que tú en vano logras
pues su huida es perpetua.

Aire como la más fiel presencia
de la muerte; aire en la noche,
testigo de dos reinos: su cadencia
es la vida, su transcurrir el llanto,
a cada soplo suyo, oscuras, las cosas
se conforman, por su soplo
(angustiado) en todas las esencias
se abre el infierno.
Para que a ti te abrase
y reencarne en ti lo que está abierto,
como a una flor intentas respirarlo.
«Poséeme, le dices, con tu aliento,
al par de los abismos llévame,
pues tu cáliz alzado, de mi exilio,
es la marca perfecta.
Tú eres bálsamo y mirra
de un vasto dominio, úngeme
con tus podridos pétalos
y que la exhalación negra de tu vientre
me traspase. Quiero fundirme
contigo, agotarme en tu faz,
hasta que por la noche,
en ti, aire incendiado,
muera yo para vivir.»

III
Llega la muerte y tiembla por el vasto país,
arrasa con sus círculos todo fuego sagrado,
el tiempo lo destruye, ni los dioses
se curan, ni se salvan los muertos
de un silencioso estar,
de un estar que es olvido
y sueño en otro sueño
y el más arcano valle, la sima
más extensa entrañada al origen
que el vacío desgarra.
¿Quién puede soportarte, luz
intensa, en el umbral de tu reino,
cuando otra carne esbozas
y los seres ya mezclas, y los pasos
más hondos al fin al caos nacidos:
el curso de los cielos
al ritmo de los miembros derrotados?
Sólo quien en el conjuro anduvo,
el que amasó su rostro
a una meta sagrada, su existencia
al vacío, de los nombres, fluyente,
aquél que ya sabía lo ilegible
del mundo pues lo alto cifraba
y acudió a la soledad
para poder entreverlo…
El pájaro y el árbol,
el amplio vuelo y la enramada alta
que penetran los espacios de la luz
y la sombra como el viento,
en todas las partes siempre,
todos los orbes cubriendo
hasta llegar al fin.
Pues cuando muere el pájaro,
el pájaro no muere, sino en la muerte vive,
y desconocen los hombres qué ámbito
se alza, tras sus alas. Es un mundo
escondido, un boscaje o un aire
que los ojos no ven, que siente
el pensamiento. Es la presencia pura
del universo lo que miran, el jardín,
tan ardiente, del sentido perfecto,
el verdadero árbol donde todo se une
sobre la superficie sin fondo
y el fondo sin memoria
de la eternidad.

IV
Sí, apenas es vencido por el pájaro
el árbol, el pájaro se pierde.
Encarna en su semblante un destino
logrado: el unir con su vuelo
los espacios abiertos donde la vida
triunfa y las ciegas derivas,
el seno de los muertos, los centros
de una mente transida por el caos.
Mensajeros de los fondos, con una luz
difusa, él, todo lo ilumina:
cómo respira el cosmos tornándolo
a lo íntimo, cómo se da en su aliento
fuera de sí, a las cosas, y entre ellas
se pierde, y cómo, en fin,
es lugar donde todo pasa
y no cesa más allá de la noche.
Son las cosas, los hombres quienes sin él
se extrañan: alimentan en vano
su ansia de absoluto
y aquel antiguo sueño que, bajo el manto
de los astros, los juntaba al infinito.
Con su solo rumor la luz asciende,
se entrevé en el éxtasis
el singular encuentro, la abertura
a los signos y a los rostros terrestres
que el límite inmenso de la muerte
ha logrado existir. Los seres ya no son,
para él, los mismos seres, ni sangran
junto al frío las sombras de la noche
como antes. Estas sombras nos lavan,
con su misterio imponen una enorme
intemperie, el azar virtuoso
y otro tiempo
que, inmóvil, ya nos cambia.

Tiempo de la pasión, tiempo
de la certeza, abismo silencioso
que nos da antiguos pasos, muerte
no oculta ya que nuestra vida amasa:
la vida con la muerte, la muerte
con la vida, confiadas. Dulce placer
de estar así tornado, con todo en alianza,
con estas claras manos y el sendero
tan cierto del amor.
(¿Tal vez es ésta nuestra suerte?)
Y el alma, como un pájaro,
el rumbo toma de las constelaciones.

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