A UN BATIBURRILLO [Poema del Editor]
Francho Aijón [El Poeta sugerido]

Textos aquí: 1. del Editor, 2. del Poeta sugerido y 3. del Invitado (opcional)

MI POEMA …de medio pelo

Un perro y una perra son dos perros
y pobre suena a aquel sin una perra,
si hay alguien se equivoca aquí es que yerra
si dicen que se astillan no son yerros.

Distinto es ser y estar, que es diferente
sufrir una experiencia muy macabra
o ser o acaso estar como una cabra,
del cuerpo presumir de estar presente.

Del cerdo han de gustarte los andares,
ignoro si es por chancho o es por cerdo,
ayúdenme a entender, que ya me pierdo,
si tiene algo que ver con mis pesares.

He visto o me comentan que una vaca
pastaba disfrutando en la pradera
en tanto un coche allí en la carretera
soltando iba morralla de su baca.

Y qué decir del traje que no traje
o de eso de subir siempre hacia arriba,
pasemos el lenguaje en una criba
que es un batiburrillo tal brebaje.

Debieran los que inventan de saber
hacer con las palabras un buen guiso,
dejar las cosas claras es preciso
a la hora de explicar y de entender.
©donacianobueno

MI POETA SUGERIDO: Francho Aijón

TIERRA

La mano dentro de la tierra,
hundida a dos metros.
Dedos húmedos
y alargados
alegrando hormigueros.
Me quedo en el sitio un rato.
Me convierto,
a la postre,
en árbol.

ACTITUD DE PERSONA

Acabo de ver a un hombre que llora,
no miento,
en pleno centro de Madrid.

Sentado
a las puertas del McDonald’s,
y sin alegorías, te lo juro,
un hombre llora y nadie se detiene,
ni yo me detengo,
no me detengo.

Dije que el que lloriquea es un hombre,
¿y si el que llora no es un ser humano?,
si no, alguien se detendría,
yo mismo,
lo juro, si fuera un hombre el que llora.
Si ves llorar a un hombre te detienes,
YO mismo,
lo juro,
no miento,
es fácil,
solo tendría que acercarme a él,
y preguntarle
¿Qué te ocurre, amigo?
Y contagiarme a la vez con su lágrima,
yo también podría llorar por algo.

Bah, no tengo tiempo para acercarme,
y está muy cerca de mí,
en realidad,
pero no puedo con esa distancia…
y si tuviera tiempo llegaría…
No, no hay que llorar si no tienes tiempo,
y hombres con tiempo lloran,
demostrado.
Los demás pasean sin detenerse,
y yo mismo, paseamos sin lágrimas.

No es broma, paseamos por Madrid
e inevitablemente un hombre llora.
Llora inevitable frente al teatro
donde algunos pagan para reírse.
Ahí mismo, muy cerca
y sin alegorías,
sentado en los portones del McDonald’s,
un hombre llora gratis
en el centro económico del país.

¡Y ese hombre llora! ¡Está dicho! Llora.
Como si fuera abatida una gárgola
del frontispicio de la catedral
McDonald’s. Derrotado.
¡Nadie se entera desde el Google Earth!

Y ese hombre que llora es el único
que tiene actitud de persona
en el puto centro del universo,
del puto mundo y puto continente,
del país puto y de Madrid, bien puto
también.

Él llora, y suenan todos los teléfonos
móviles del mundo casi al unísono,
y chatean simultáneamente
mil millones de personas sin tiempo,
YO mismo.
Y tenemos más aviones más rápidos,
y más trenes más rápidos,
y más hombres más rápidos.
¡Batieron el récord de los 100 metros!

En la era de la comunicación
inmediata, nadie se acerca al hombre
que llora en pleno centro de Madrid,
mientras pasean hombres como lágrimas.
Y así, paseamos
como si nada,
YO mismo paseo
como si nadie.

ARS TELEFÓNICA

Una llamada perdida.
Llamada perdida suena a despiste…
y siempre andamos con prisas
y nos amamos sin tiempo,
y eso es como vivir
en el lado incorrecto del espejo.

Dice que el número es desconocido.
No es desconocido el número,
puede que irreconocible.
En el colegio aprendimos
cómo se leen los dígitos.
El amor no nos lo enseñan.
Nos hacen memorizar
hazañas de unos psicópatas,
pero del amor nada nos enseñan.

En la pantalla se lee:
1 llamada perdida.

¡Perdida! Y no dejo de pensar
en un tono de teléfono
despistado, por la calle,
revoloteando como un insecto
en la columna de luz
que nace de las farolas.
Es un tono de teléfono
preocupado porque no halla a nadie,
y se queda con las manos
en los bolsillos de su gabardina
el mismo día ventoso
que yo me sujeto un sombrero negro
como quien no quiere que se le vuele
una noche porque dentro
de esa noche se hizo el amor follando.

Llamo de vuelta…
y…
nada.

Sale una de esas voces que no pasaría un test de Turing,
ya veremos en unos años, y que me pide dejar un mensaje
en su BUZÓN DE VOZ.
Que te imaginas a uno de esos buzones amarillos de correos, al
que se le abre la trampilla, y una voz guardada de hace tiempo
te habla lejana y te dice algo que, en su momento, no se pudo
decir:
Te amé justo antes de los bosques.

No me pueden negar que es un poeta
el que pone nombre a estos misterios.

Ah,
¿y este mensaje?
EL NÚMERO MARCADO NO EXISTE.
Dejaría a Kierkegaard de piedra.
Una voz que no pasa el test de Turing,
tiempo al tiempo, rebate la existencia
de toda una combinación numérica
y desautoriza a la matemática.

Una llamada perdida
números desconocidos,
luego un mensaje de voz
o un número que no existe.

Detrás del teléfono hay un poeta,
también un filósofo hegeliano,
y un inadaptado al capitalismo,
y no puede faltar algún ateo,
y una remota sensación de arena
en la boca que me impide tragar

porque ella
conoce mi combinación de números

porque ella
me tiene en su agenda y soy conocido

porque podría dejarme
un mensaje con su voz,
porque su número existe
que me lo conozco yo.

No esperaba recibir
una llamada perdida.
Y espero por la llamada
que por fin me localice.

CUARENTENA (DOS)

A dos metros ves todo
con otra perspectiva.
La proximidad es una distancia
confusa para quien quiere ahoyar
otra piel sin provocar una pandemia en la cama.
Nada sucede en los primeros
centímetros de la mañana.
Te rozas con alguien en la calle y casi puedo adivinar
la pregunta: «¿Estás infectado?».
Ya ni siquiera te roban.

¡Y en muchos momentos de mi vida, el carterista era
el que más cerca pasaba de mi corazón!

Nadie está a salvo de este puto virus
y mis amantes han vuelto a la Luna.
Hago vaho en la ventana y escribo «suicídate»
porque el vecino de enfrente es un imbécil.
Del tendedor de arriba cae una blusa anaranjada
como si arrojaran la piel de un torso por la ventana
de un taxidermista.
He dejado carne fuera de la nevera
para contemplar ese milagro de la vida
que nace de la putrefacción.
Las moscas, mis hijas,
llenan la casa ahora y me hacen compañía.
Vivir, ahora es esto.

ENVASADO

No me asomo a ventanas o balcones
porque padezco el síndrome de pájaro.

No soy el responsable de lo que ocurre
más allá de aquel alquiler que pago
a este lado de la ventana.
El aire es inalcanzable y gratis.
Y lo mejor es que viva encerrado.
Si miro de más, ella pasa.
Y ella no sabe quién soy porque nunca
he salido de casa por si acaso;
sus ojos agitan mis alas.

Tras un cristal lleno de polvo y mierda,
solo veo la fachada de enfrente
y eso me salva la vida, ya os dije
la dolencia: mi síndrome de pájaro.
Si la realidad no entra, no existen
los acontecimientos, ¿lo sabías?
Y no me asomo demasiado.
Y tampoco abro las ventanas.
Yo tengo un síndrome de pájaro.
En cuanto me mira bato mis alas.

Que la ventana está para humillarnos,
ya lo sé, y hacernos seres menguantes,
pérfidos amantes con telescopio,
«eso se sabe», me dicen así.
Pero la ventana también nos salva,
a su manera, aislándonos de todo.

Y la ventana está para envasarnos
al vacío, un vacío propio y ajeno.
Que afuera solo hay humanos jodidos
por una maquinaria defectuosa
y una vida infecta que lleva siglos
robándonos nuestros mejores años
para producir millones de cosas
a cambio de consumir miles de otras
que puedes guardar y tirar en bolsas,
incluido el vómito de los aviones.

Pero también está el amor,
esa sonrisa a contratiempo
que se entromete en la tragedia
de esta época retorcida
y el marchamo de la peor
humanidad posible.
Y agradezco que existan las ventanas,
más allá de los huecos sin cristales,
porque soy torpe frente a un agujero
y si te veo pasar, yo me tiro,
y no entiendo el mecanismo del cielo.
Pero tus ojos van mucho más allá
de las lógicas gravitacionales
o de insignias anticapitalistas.

Ahora sé que una ventana solo
es una cárcel para encerrar pájaros
porque si el amor pasa por debajo
olvidas el peor mundo posible.
Y si te descuidas, cantas.
Y si te lo permites, vuelas.
Y estos no son siglos para ser pájaro.
De: Nubes con forma de nube. Editorial: Olé Libros.

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"No están todos los que son pero son todos los que están."

  • Editor: hombre de mente curiosa, inquieta, creativa, sagaz y soñadora, amante de la poesía. Poeta de medio pelo.

  • Francho Aijón es un dramaturgo, guionista, escritor y activista español.

    Formación: Es Diplomado en Arte Dramático por la Escuela de Teatro de Zaragoza (2001/2005) y Diplomado en Guion de Cine y Televisión por la Factoría del Guion en Madrid (2007/2008).

    Guionista y Dramaturgo: Ha estrenado varias obras de teatro y textos de microteatro, entre ellas: Collage de Humo (2006). Costello Late Night Club (2009-2012). The Sinflow en Madison Square Garden, ¡y en 3D! (2011). El Cenicero del Tiempo (2013). ¿Te llamabas? (2014) - seleccionada en Microtheater Miami. El Manifestante (2016). Yo soy español (2017).

    Publicaciones: Publicó su obra teatral Su Casa es Suya con Ediciones Irreverentes en 2019. Su monólogo teatral Como un pájaro dentro del congelador (texto ganador del premio Cabeza Parlante de HONOR y Cabeza Parlante POPULAR en el I Concurso de Monólogos Cortos Cabezas Parlantes) fue publicado en la revista Primer Acto. Publicó el poemario Nubes con forma de nube con Olé Libros en 2024.

    Otros roles: Ha trabajado como asesor en comunicación y guionista de 360 Grados en ETB.

    Activismo: Es conocido por ser el padre de "Javitxu," uno de "los seis de Zaragoza."

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