DISPUTA PERMANENTE

»Aquí, mi Poeta sugerido: Daisy Zamora

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Verás amigo mío, yo conjugo,
a solas con mi mismo las virtudes,
y así fuera me surjan mil aludes
no creas que antes ellos hoy me arrugo.

Que cojo a todas ellas de la mano
con mimo, mi cariño y mi respeto,
me ajusto diligente a su libreto
mas sepan que a ninguna me amilano.

Confieso que, en honor a la verdad,
me cuesta conjugar fe y la razón,
y aunque quiera tratar con distinción
no paran de pelear, no hacen la paz.

Con ambas yo mantengo una disputa
que termina al albur, sin solución,
si le atiendo a la fe, se arma un follón
pues salta la razón y la refuta.

No paran de crearme confusión
cuanto más quiero ver más me mareo,
prometo que al final mando a paseo
y a las dos ya he enviado al paredón.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Daisy Zamora

Daisy Zamora

Amigas/Hermanas

A Marta Zamora Llanes

Nada sucedió como lo habíamos previsto.

Pero estábamos recién llegadas a la vida
como a una gran ciudad.
Aturdidas por el bullicio de la multitud.

(Éramos como garzas a la vera de un río.
Heliotropos radiantes en la primera lluvia.
Un campo de algodón bañado por la luna.)

¿Cuándo fue que la Muerte empezó a visitarnos?

¿En qué momento, a cada una
por fin, nos alcanzó el desastre?

¿Cómo sobrevivimos a la devastación?

No lo sabemos. Cada quién hizo lo que pudo.
En la tierra arrasada quedaron los escombros
que hemos dejado atrás.

Pero a veces, sin quererlo, de pronto recordamos
que alguna vez las ruinas fueron antiguos reinos.

—Espejismos de reinos para el alma desierta.

Granizo

A mis hijos

Si ya no los tengo, si ahora
sólo sombras abrazo,
y en mi tímpano aún vibra
el rumor de sus risas
y el bullicio de sus voces
y carreras
lanzándose los pedruscos
congelados
como si fueran motas
de algodón,

¿a qué vienes, granizo,
desde el cielo?

¿a desgranar más hielo
sobre el hielo?

Definición del amor

Laberintos
poblados de fantasmas
Y estancias
por donde a veces
entra el sol.

Promenade

Christina ofrece flores tan mustias como ella.

Jóvenes arrogantes, muchachas insolentes y bellas,
parejas que pasean con sus hijos, damas distinguidas,
hombres de negocios y ejecutivos mirando constantemente
sus relojes, pasan indiferentes.

Christina fue actriz, cantó en musicales de Hollywood,
actuó en Londres un tiempo, viajó por Inglaterra,
conoció a Ghandi, fue su discípula,
regresó a California…

Le has comprado el ajado crisantemo que me diste.

Sólo nosotros, George, pudimos verla.
Ella es invisible. Un espectro que esculca
entre los basureros de Los Ángeles.

Día de las Madres

A mi hija e hijos

No dudo que les hubiera gustado tener
una linda mamá de anuncio comercial:
con marido adorable y niños felices.

Siempre aparece risueña —y si algún día llora—
lo hace una vez apagados reflectores y cámaras
y con el rostro limpio de maquillaje.

Pero ya que nacieron de mí, debo decirles:
Desde que era pequeña como ustedes
ansiaba ser yo misma —y para una mujer eso es difícil—
(Hasta mi Ángel Guardián renunció a cuidarme
cuando lo supo).

No puedo asegurarles que conozco bien el rumbo.
Muchas veces me equivoco,
y mi vida más bien ha sido como una dolorosa travesía
vadeando escollos, sorteando tempestades,
desoyendo fantasmales sirenas que me invitan al pasado,
sin brújula ni bitácora adecuadas
que me indiquen la ruta.

Pero avanzo. Avanzo aferrada a la esperanza
de algún puerto lejano
al que ustedes, hijos míos —estoy segura—
arribarán una mañana
—después de consumado
mi naufragio.

Old Book Binders Restaurant, Filadelfia

A Alexander Taylor

I
Observo la animación
en el comedor atestado:
Todos conversan, ríen, ordenan
platos y postres exquisitos
mostrados como gardenias salvajes, heliotropos
y orquídeas carnívoras, en bandejas de plata.

Los meseros retiran los platos
con abundantes sobras,
postres apenas tocados por la cucharita
y apartados de la boca.
Eso es natural aquí.

En mi mesa solitaria
bebo cerveza
y devoro ostras frescas de New Jersey
sin entender nada.

II
Cuatro ancianas comparten una mesa
y brindan con voces apagadas
levantando sus copas temblorosas.

Después de la tercera ronda de martinis,
son cuatro muchachas bromistas y parlanchinas
que se yerguen airosas sobre sus propios cadáveres.

III
En Filadelfia está Old Book Binders.
Y en Old Book Binders estoy yo,
contemplando
el despilfarro.

Celebración del cuerpo

Amo este cuerpo mío que ha vivido la vida,
su contorno de ánfora, su suavidad de agua,
el borbotón de cabellos que corona mi cráneo,
la copa de cristal del rostro, su delicada base
que asciende pulcra desde hombros y clavículas.

Amo mi espalda pringada de luceros apagados,
mis colinas translúcidas, manantiales del pecho
que dan el primer sustento de la especie.
Salientes del costillar, móvil cintura,
vasija colmada y tibia de mi vientre.

Amo la curva lunar de mis caderas
modeladas por alternas gestaciones,
la vasta redondez de ola de mis glúteos
y mis piernas y pies, cimiento y sostén del templo.

Amo el puñado de pétalos oscuros, el oculto vellón
que guarda el misterioso umbral del paraíso,
la húmeda oquedad donde la sangre fluye
y brota el agua viva.

Este cuerpo mío doliente que se enferma,
que supura, que tose, que transpira,
secreta humores y heces y saliva,
y se fatiga, se agota, se marchita.

Cuerpo vivo, eslabón que asegura
la cadena infinita de cuerpos sucesivos.
Amo este cuerpo hecho con el lodo más puro:
semilla, raíz, savia, flor y fruto.

Senior Special en el Tennessee Grill

Aquí recalan
como cargueros sarrosos
en esta cafetería, comidería,
último puerto.

Bajo una luz de morgue
(los tubos fluorescentes)
se cruzan por las esquinas de las conversaciones
palabras checas, rusas, polacas,
con los nombres de unas calles,
las señas de una ciudad,
de una aldea, una plaza, una iglesita,
una casa perdida en un trigal.

Quién estaba en el muelle cuando el barco zarpó,
cómo era aquella novia que se cansó de esperar,
qué pasó con la madre, el padre, los hermanos
que hace tanto dejaron,
que ya ni se acuerdan
hasta que vuelven al frío de la calle,
al tranvía que traquetea en la parada,
a sus departamentos de jubilados,
a sus pensiones,
a sus cuartos alquilados,
a la niebla
que a un paso de la muerte los espera
no saben cuándo ni dónde.

Streetcar, San Francisco

El negro agita un tarro vacío de potato chips
suplicando monedas,
otro, busca conversación desde su silla de ruedas:
—Patrick, me llamo Patrick.
—Y yo Mary, dice la pobre muchacha gorda y colochona.
La china carga resignada su bolsa de cebollas,
el viejo filósofo ensimismado en Kant,
un gay rapado con aretes y gafas azules,
la secretaria feliz, amapola marchita,
premiada por sus treinta años de servicio al banco
con un anillo barato y unas flores.
La joven ejecutiva que la observa con sorna,
el burócrata cansado que dormita…

Cada quién con su alma a la deriva
en este viaje sin rumbo
que de pronto termina.

Qué manos a través de mis manos

Las anchas manos pecosas y morenas de mi abuelo
con igual destreza vendaban una herida,
cortaban gardenias
o me suspendían en el aire feliz de la infancia.

Las manos de mi abuela paterna
artríticas ya cerca de su muerte,
una vez fueron frágiles manos, filigrana de plata,
argolla de matrimonio en el anular izquierdo;
pitillera y traguito de scotch o de vino jerez
en atardeceres de blancas celosías
y pisos de madera olorosos a cera,
recostada en su chaise-longue leyendo trágicas historias
de heroínas anémicas o tísicas.

Mi padre siempre cuidó la transparencia de sus manos
delicadas como ala de querube
hechas para lucirlas
con violín o batuta.

Mi madre heredó las manos de mi abuelo Arturo,
pequeñas y nudosas, con dedos romos.

De tantas manos que se han venido juntando
saqué estas manos.
¿De quién tengo las uñas, los dedos,
los nudillos, las palmas, las frágiles muñecas?

Cuando acaricio tu espalda,
las óseas salientes de tus pies
tus largas piernas sólidas,
¿Qué manos a través de mis manos
te acarician?

Nerudiana otoñal

Del brazo de su marido
que comparte
no sabe con cuántas más,
pero, en fin, su marido.

Ella lo quiso, a veces
él también la quería.

Procura recordarlo
como ella lo conoció,
antes de que se volviera
el que sería después.

Ya no lo quiere, es cierto,
pero tal vez lo quiere.

¡Si al menos por un instante
pudiera ser la que era
cuando él la enamoró!

Es tan corto el amor,
y es tan largo el olvido.

Pero frena el intento.
Sabe que si se atreviera,
todo lo perdería, todo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.

A una dama que lamenta la dureza de mis versos

Sucede que cuando salgo, lo primero que veo
es un vagabundo que hurga en la basura.
A veces, una loca sombrea su miseria
frente a mi casa. Y el vacío de sus ojos insomnes
entenebrece la luz de la mañana.

Esquinas y semáforos invadidos por gentes
que venden cualquier cosa… enjambres de niños
se precipitan a limpiar automóviles
a cambio de un peso, un insulto, un golpe.
Adolescentes ofertan el único bien: sus cuerpos.
Mendigos, limosneros, drogadictos: la ciudad entera
es una mano famélica y suplicante.

Usted vive un mundo hermoso: frondosas arboledas
canchas de tenis, piscinas donde retozan
bellos adolescentes. Por las tardes
niñeras uniformadas pasean en cochecitos
a rubios serafines.
Su marido es funcionario importante.
Usted y su familia vacacionan en Nueva York o París
y en este país están sólo de paso.

Lamenta mis visiones ásperas. Las quisiera suaves,
gratas como los pasteles y bombones que usted come.
Siento no complacerla. Aquí, comemos piedras.

Elegía mínima

Acaba de morir una mujer sencilla.
Su vida de auxiliar de enfermería
fue útil a la especie.

No tuvo supermercados,
ni bancos,
no explotó a nadie.

Es decir, no fue dañina
como los magnates,
los dictadores,
los genios de las finanzas
y los politiqueros.

La noticia de su muerte
no será publicada
en ningún diario.
No hay campos pagados
presentando condolencias
a su familia.

ÁNGELA RAYO,

que esta frágil lápida
fije tu nombre
y guarde tu memoria.

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El cuerpo de la duda – Julio Cortázar

Te amo por ceja, por cabello, te debato en corredores blanquísimos donde se juegan las fuentes de la luz,
te discuto a cada nombre, te arranco con delicadeza de cicatriz,
voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago y cintas que dormían en la lluvia.

No quiero que tengas una forma, que seas precisamente lo que viene detrás de tu mano,
porque el agua, considera el agua, y los leones cuando se disuelven en el azúcar de la fábula,
y los gestos, esa arquitectura de la nada,
encendiendo sus lámparas a mitad del encuentro.

Todo mañana es la pizarra donde te invento y te dibujo,
pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco con ese pelo lacio,
esa sonrisa.

Busco tu suma, el borde de la copa
donde el vino es también la luna y el espejo,
busco esa línea que hace temblar a un hombre
en una galería de museo.

Además te quiero, y hace tiempo y frío.

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Somos...

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