LLORAR NO SIRVE DE NÁ [Mi poema]
Félix Anesio [Mi poeta sugerido]

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MI POEMA …de medio pelo

 

Si debo de llorar pido clemencia
las lágrimas no afloran ya a mi llanto,
espero que comprendan, sufrí tanto,
que tuve que pagar mi penitencia
tan propia de ese espacio, el camposanto.

Que no quise llorar. Fue mi destino.
Mejor me hubiera sido nacer ciego,
y sordo y hasta mudo, pues me niego
a oír que andando yo hice mi camino,
la planta se nos muere si no hay riego.

Por más que sea el mar donde confluyen
la gotas de ese líquido sedoso,
no encuentro en estos ojos más que un poso,
en él los sentimientos se diluyen
en magma que aparenta empalagoso.

No puedo más, llorar, gemir no puedo,
por mucho que me insistan, conseguir
no esperen de llorar pueda morir.
Si alguno ha de culpar me importa un bledo,
gozar, lo que me impulsa a mi a vivir.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO:  Félix Anesio

Linaje

Celebro haberte conocido.
Y he sido feliz al tropezarme
con piedras como vos
en este río discursivo que es la vida.

Antes ya vi algunas, no tantas, lo confieso.
Más hoy te veo a ti, y si mañana parto
se ha de repetir la magia de estos raros encuentros
de la estirpe de piedra viva, a la cual pertenecemos
inexplicablemente.

MALABARES

Camino al filo de la sombra
haciendo malabares
para beber el agua de la noche.

Saciada mi sed
cargado de palabras
regreso en la mañana luminosa.

SUCESIÓN Y LÍMITE

Para Alejandro Fonseca

In memoriam

Las flores de la primavera
visten las nieves del último invierno.
La fiel convergencia del día hacia el ocaso
y todas las fases de la encantada luna
anuncian la epifanía del próximo sol.
Una mujer gime su dolor.
El regocijo de la vendimia y el vino de la celebración.
Una nueva arruga que se asoma al espejo de tu rostro.
Las fotos que cuentan, otra vez, una historia de ancestros.
La extraña felicidad de un poeta que yace en una cama de hospital,
rodeado de amigos, ante el umbral de una muerte insospechada.
Un libro que se cierra como un golpe en la sombra
otro que se abre
y esta finita sucesión de versos.
Todo acontece en la esfera de un reloj sin números.

BAJO UN SOL DE OTOÑO

No ha de perderse en mí
todo el sabor del vino.
No ha de perderse en mí
todo el aroma del sexo,
ni el color de las flores,
ni la gracia del canto.
Yacen, aún latentes,
bajo la hojarasca,
como las setas de otoño.

CANTO PROFANO

Mateo 1, 23-25

La húmeda fragancia
de la vulva,
en sazón de recibir
el hálito divino
o la humana simiente,
preconiza la esperanza gozosa
de la epifanía del Verbo.

LOS CUERVOS DE LA INFAMIA

¿En qué esquina el niño pálido y rubio,
está llorando?
M. Alabau

Nueve lunas de su tiempo expiran
y la criatura debe renunciar ahora
a la húmeda calidez
de la penumbra
de su cofre de cinabrio y terciopelo.

Desterrada del paraíso por la fuerza,
vulnerada su inocencia,
ha de cruzar errante
el vasto desierto
donde hiere la luz
entre los cuervos de la infamia.

¡Oh, tábula rasa, que has de consumirte
como un cirio en el altar de nadie!

EN LAS ALTAS HORAS

El refugio de la noche es pródigo en sucesos.

Bajo la luz de una lámpara se agrupan
los medicamentos y numerosas cuentas.

Una cortina roja, unos libros y un reloj
como salidos de una película de Bergman
son la escenografía de un viaje,
de un laberinto sin regreso.

En las altas horas de la noche se escribe el verso.

DESPEDIDA DEL POETA MALDITO

Toda luna es atroz y todo sol amargo.

A Rimbaud

He visitado catedrales imponentes
donde la luz traspasa al sesgo los vitrales
y me he visto envuelto en esa magia
como ángel o demonio.

He visto el mar y conozco sus misterios.
he conocido espléndidas criaturas
que exploraron mi piel hasta el espanto
y me dieron amor; no les di nada.

He sentido el sudor en mis zapatos
viajeros y el gentil aroma de un jazmín;
el sabor del café en la madrugada
mientras el gallo canta siete veces.

El rumor ancestral de la muerte me corteja:
de ahora en lo adelante vagaré azaroso
sin brújula, ni mapa, ni destino propio;
los vientos seguiré, leve como una nube.
¡Vengase cuando quiera la parca!

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Eleonora Castillo

Sueño a diario con mi madre.

En la espera visible de nuestro puente, encuentro el sentido de sus ausencias.
La respuesta al mantra interminable de mi cabeza
siempre loco, siempre la mano sin cuerpo, sin rostro, sin voz.
Revolotean en su pecho izquierdo las ruinas de su fe,
en su estómago se encuentran los abismos de mi niñez.
El fantasmal espesor de su cuerpo contiene todas las muertes,
vibra, se enciende, le quiere sintética dentro del amor.
Mi madre habla mientras duerme y así descubro al culpable de nuestros horrores,
siempre loco, siempre la mano sin cuerpo, sin rostro, sin voz.
Es una estrella aniquiladora y punzante.
Todas sus reglas son remotas, todas sus sombras son mortales,
sus mandatos petrifican a mi madre, secan cada partícula de su poesía
y la quieren infante, pues brota de su ombligo el hijo de un dios muerto.

Amanecer que se esconde de la tierra

Laudiato funebris de Antonio José Rivas a Zósimo Zara

Hasta aquí llegamos negados como en un sueño
uno junto al otro.
El estrujado cielo cayendo de nuestras manos juntas
nube vibrante como estrella solitaria
nosotros como piezas de embalaje.
Juntos, como en un sueño
que se transforma en la arpillera
de un sol enmudecido y ciego
con los dedos rotos señalándote,
crujiendo con sonidos de viento.
Te hablo con el letargo de un muerto en este pueblo
somnífero celeste como barco anclado
pariendo niños que aprenden a persignarse antes de nacer.
En esta ciudad tiniebla
no hay necesidad de palabra
ni deseos desesperados
nadie cabe en los ojos de nadie
ni en los tuyos caben los días
o en los míos alguna fortuna paralela
aunque guardan nuestros ojos la libertad
como un secreto de plasma
hirviendo en el centro mi visión penumbra
ansioso de llenarse de miríadas de anhelos
que se tumben sobre la carne y los fragmentos
de este encuentro interminable.
Atravesándonos los brazos, la palabra
como negándose a pensar.
Debajo de tus labios, una sombra de pantano
que me hace creerte selva,
por las hojas que te crecen del tronco
hasta la hiedra de tu cráneo revólver
que es una conmoción de piedra madre
y me doy cuenta, más allá de lo que pueda ser posible,
cada vez que paso por tu casa
a través de las visiones, miro a tu madre
desmantelando la expansión
adormecida como el jardín
de la zozobra que dejaste.
No sirve de nada que digas ella y yo estamos muertos
porque mi cabeza está hecha de esquinas
y como muerte estacionaria
pendo con sigilo de un incendio presuroso que se hace llamar devastador.
Me golpean las campanas de esta sumisión catedralicia
donde debo enterrarte
y me acomete el deber de hacerlo
con el hambre de quien hace florecer para los otros,
la certeza.

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Donaciano Bueno Diez

Donaciano Bueno Diez

Editor: hombre de mente curiosa, inquieta, creativa, sagaz y soñadora, amante de la poesía.

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