SENDERO QUERIDO/

Kenny Rodríguez (poeta sugerido)

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Al borde de un sendero
de abril, era un buen día
que a escondernos jugamos,
saltando de alegría,
huyendo de los ruidos,
con miedo a ser seguidos,
dejando atrás los miedos,
huyendo de los ruedos,
tu y yo allí nos sentamos.
Fue junto al riachuelo,
entre cañaverales,
al mismo ras del suelo,
ausentes de modales,
mirando con recelo,
los bluyín nos bajamos.
Como dos novatillos
cogidos de la mano
¡a ver quien es más pillo!
-éramos dos chiquillos-
y a los sueños, soñamos.
Cortamos los silencios
y las pausas contamos,
miramos con recelo
y al mismo sol mirábamos
para ocultar al cielo
el rubor y el recelo,
y fisgar a los álamos.
-Oye, yo soy piragua,
-mira, tu eres veneno
-vamos, ¿vienes al agua?
-nena,¡ llévame al cielo!
Los peces salpicaban
el agua del riachuelo,
trinaban los jilgueros,
los gorriones cantaban
y hasta el aire sereno
lanzó una suave brisa
envuelto en su sonrisa
y fue así de esa guisa
cumplido nuestro anhelo.
Fueron unos segundos
de temblor y silencios,
de dudas y de prisas,
lágrimas y sonrisas,
de muchos titubeos,
expectación, caricias,
deseos y jadeos.
Y a nosotros el mundo
se nos paró un momento.
Pero fueron rotundos
-nunca olvidar podremos-
Así fue que nos amamos
y allí nos abrazamos
juntando nuestros cuerpos,
nos dijimos ¡albricias!
besándonos con prisas
jurando amor eterno.
©donaciano bueno

Después de tantos años los cañaverales ya no existen.
Y el río, ahora cansado, camina cabizbajo, casi seco.
Sólo nuestro juramento ha conseguido sobrevivir al tiempo.

¿Conoces a Kenny Rodríguez? Lee/escucha algunos de sus poemas

Kenny Rodríguez

VII

Del poemario Octubre vientos de muerte

a Amilcar Colocho

Hace siglos llovieron sonrisas
a mi solitario caracol
padecí tus fiebres
y alcancé tu pecho para anidar.

De vos, ni un solo gesto queda
tan sólo el pincel de tu recuerdo
que te dibuja en mi soledad,
ya no volveré a tus labios
ni a tu almohada piedra de volcán.

Sea por vos
que devoro inviernos con los ojos
y trenzada a tu muerte
mantengo mi munición de amor
para esparcirte en todas mis galaxias
en punto del disparo
con profundo amor
a mis compañeros
y el odio más temido
a la implacable ave de rapiña
enemiga del futuro, del amor
y nuestra lucha.

VIII

Del poemario Playón

Yo me subí a los trece años
y llegué a odiar los rieles
y el tren.

Soñé y soñé y seguí soñando
el descabezado de mi infancia
no pude más jugar a las muñecas
que se les cae la cabeza, mamá
y me da miedo.

Perdí mi padre y
aunque no fui ejemplar
tampoco me drogué
yo nisiquiera sabía
y escribía escribía
mi multitud de fantasmas
y me dolió el corazón
hasta que llegó la adolescencia.

Si reí entonces
no fue la sonrisa limpia
que me nace de los ojos
yo creía vivir
y completaba cuadernos
y me imaginaba que un decapitado
era una coincidencia absurda
en mi paseo.

Pero escalé mi conciencia
y la encontré tan triste
y reconstruí cada escena
grabadas desde mi niñez
cementerio negro y profundo
muerte en cada piedra
muerte en cada rincón
muerte muerte muerte.

Yo no pude más
de brazos cruzados
ante la noche de mi pueblo
yo no pude más
y me declaré combatiente de la vida
forjadora de la esperanza
que nos arrebataste Playón.

a Gris.

Nunca fue tan noche como hoy
en esta pequeña cocina
tu sonrisa aplasta el desvelo
y las letras abren su vuelo rezagado
después de tanta lejanía
llegas como rumiante que regresa días después
a llevarse las migajas
de los desencuentros fundidos
tus labios traspasando la comisura de todas las bocas
con que me acuesto
me entrego
me mastico
la piel en blanco firme
sencillamente perfilando tus colores.

a Gris.

Me anidas
en todas las rutas posible de la ciudad
va tu rostro como un ajado pañuelo
apretando mi cuello
y caes entre mis letras como pesada carga
de finales del invierno
que me clava con sus jinetes estridentes
al cuaderno.

Me hundes
en tu desnudes de tarde a punto de morir
al borde de mi ombligo
y las interrogantes lascivas de tu piel
absolutamente ajena sonríen
como duendes malcriados
que saquean mi sosiego

Y la noche resbala
desde la ventana hasta tu cuarto
colgando una dulce lanza de saliva
que hiere mi delirio
que yergue mis pezones
y todo tu arrobo desde el desvelo a la locura
con sus brazos de cristal estrujando
la aturdida oscuridad
en que espero llegues a nombrarme.

a J.

Octubre termina
no hago más que desvariar
sometida como proyectil
en el tambor del desencuentro
no hay ruleta rusa que encuentre mi nido
ni afilado dedo que dispare el olvido
ciudad abajo se nutren soledades
sobre la espalda de los rascacielos
miles de gentes en su paso cotidiano
empujando una razón inexistente para no morir
difumino mis contradicciones sobre la mesa de te
aclaro frontalmente mis erráticas circunstancias
no gano
ni pierdo
sola como en el inicio de la tarde
los deseos se cagan de risa
y se ofenden los desalmados orfebres de la orfandad
agonizan de miedo
atormentados por la sonrisa que bautiza mis heridas
que retuerce mis entrañas
y me eleva por encima del tumulto urbano.

La casa está sola

VI
La ciudad
sus llagas pululando
desde el mar a la montaña
una madre quiere que sus hijos
se queden en casa eternamente
la calle es un disparo en busca de nido
y puede identificarles

Agitada con los noticieros
se divaga en los quehacer
y las cuentas los vueltos
le detienen
un presentimiento fugaz siempre
le coloca tras las teclas
les escribe
si el mensaje no tiene correspondencia
se arman cataclismos en sus venas
un desasosiego completo
va circulando el hogar.

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