DÁNDOLE VUELTAS AL TEMA

Antonio Colinas (sugerido)

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EL POEMA Lee otros poemas de HUMOR

 

Después de respirar hoy me he parado,
no puedo discernir si no respiro,
igual que el corazón sin el Adiro
se muestra apocopado
o al fin se pega un tiro.

Un tiro el que me viene a la memoria
el mismo en que un buen día me pegaron
al ver que me moría. Y abusaron.
Que aquello es otra historia
pues dicen que me amaron.

Amar, de esa palabra esa congoja,
que a todos nos convierte en bipolares,
te quiero, no te quiero, llueva mares
que hay veces que te moja
no existen los tejares.

Tejares los que tengo yo en mi casa
y mojan cuando caen cuatro gotas,
las miro van haciendo chirigotas,
me tomo todo a guasa
que están las tejas rotas.

A un roto se decía antaño un siete,
que nunca yo fui un roto a un descosido,
para eso, mejor no haber venido,
poniéndome en un brete,
las medias te has comido.

Comer, recuerdo entonces se decía
de aquel siempre se pica que ajos come,
o aquello de, que a mi me reconcome,
quien llora le salpica,
si hiel, dos tazas tome.
©donaciano bueno

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Comentario: Anadiplosis, parecería que es una enfermedad pero se trata de un figura retórica consistente en repetir la última palabra del verso anterior al principio del siguiente. *Adiro es la marca comercial que ayuda al corazón, o al menos, eso dicen.

Poetas premiados

Antonio Colinas

( Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana)

UN LIBRO DE INFANCIA

Padre: tú me trajiste un día
de un viaje
un libro de cuentos de Andersen.
Yo era entonces un niño
enfermo en su lecho;
yo no era un lector
ni era un poeta.
Sólo era un niño
muy pequeño y enfermo
que intuía otros mundos
cuando veía temblar
de noche, en las cortinas,
sombras negras.

Pero llegó la luz
a mi vida, pues olvidar no puedo
el placer que sentí al recibir
el libro entre mis manos.
Y no era porque fuese un regalo,
no era por el don, feliz, de recibirlo.
Era quizás porque en el libro aquel
tú pusiste un mundo
con tus manos
en mis manos.
Y se llenó de luz la habitación,
y ya no había seres misteriosos
que me atemorizaran al temblar
de noche las cortinas.

Y recuerdo muy bien
que, antes de abrir las páginas del libro,
ya sentí en mi interior un sublime placer
que describir no puedo.
Luego, salí a los campos y sané,
pero perdí el libro,
y con él se perdió
mi infancia
y aquel placer incluso de sentir
que hay otra realidad:
ésa en la que aún yo creeré
por siempre,
aunque jamás la vea.

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