LECTURAS DE MI INFANCIA

»Mi Poeta aquí sugerido: Esther María Osses

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A mi desde pequeño me enseñaron
debiera respetar a los mayores
pues que ellos de la vida son doctores,
y debo de imitar a los que amaron
e hicieron de las obras sus amores.

Siguiendo las divinas enseñanzas
me tuve que aplicar a sus verdades,
haciendo de las mías nimiedades,
debiendo de cantar sus alabanzas
y al tiempo destruir mis voluntades.

Andando y comportando por la vida
creyendo en la divina providencia,
haciendo dejación de mi impaciencia,
y dando a la bondad la bienvenida,
teniendo siempre en cuenta la decencia.

¡Pues Dios nunca te ahorca así que apriete,
y méritos tú harás para ir al cielo!
Ya sabes, de placeres ten recelo,
si sufres pues te encuentras en un brete
verás que Dios te sirve de consuelo.

Me pongo hoy a buscar y no me encuentro,
si acaso en el presente me he perdido,
tuviera yo la culpa por qué ha sido,
debiera de mirar solo hacia dentro,
y dudo si aun mis padres me han querido.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Esther María Osses

Esther María Osses

La Semilla

Semillita, semillita,
¿Cuando subes a jugar?
Hace tiempo que te espero,
ya me canso de esperar.

Ya fabrico las raíces
con ellas he de tomar
el pan que me da la tierra
y el agua que tú me das.

Semillita, Cuanto tardas!
si vieras que bello el sol.
Sal a ver las mariposas
que te esperan como yo.

Ya fabrico un tallo verde
para subir a la luz
ya fabrico dos hojitas
y respiro como tú.

¡Al fin! Ya viene vestida
de verde. ¡Que bella está!
Ella misma hizo su traje
con agua y sol de verdad.
Del Libro: Semillitas
Lectura para niños

Niños Descalzos

Cuántos niños descalzos!
Dime por qué.
Nunca tienen traje nuevo,
dime por qué.
Nunca tienen un juguete,
dime por qué.
Ni siquiera han visto el lago,
¿Por qué? ¿Por qué?

Son niños de mentira,
dime, ¿lo son?
¿O son niños de veras
como yo soy?
Sus casas son de hojalata,
o de cartón;
la lluvia las deshace,
las quema el sol.

Les diré que se muden
_No lloren más.
Mi casa de muñecas
es buen hogar.

Sonetin Para Jugar

Erase un puerto
de aguamarina.
Un sol abierto
tras cada esquina

Allí tan cierto
que me ilumina,
niño despierto
crece y camina

Jugando llora,
soles ofrece,
risa derrama.

Hora por hora
jugando crece,
David se llama.
Del Libro: Crece y Camina

La Lluvia y el Barco

Aquí nació la lluvia entre higuerones.
Nos trajo a los portales la alegría
en su potro de crines relucientes.
Iba por los barrancos, impetuosa,
iba por las llanuras, reposada;
iba dejando espigas en la loma,
en los rastrojos huella de alhelíes.

Trajo a la puerta un diminuto río
un río de juguete, navegable;
al son de las goteras ya crecía,
plantaba sitio en puertas y ventanas,
se enroscaba en la luz, bajo los mirtos,
¡ay, el cañaveral, cómo lo amaba!
La niña estaba allí. Rubias las trenzas.
Descalza. Con un sueño entre las manos.
Una temprana angustia por el sueño,
y suspenso, ese adiós entre los labios.
Pequeña diosa, de la nada un mundo
hizo bajo la lluvia, luminoso.

Soltó su sueño en el caudal efímero.
¿A dónde irá sin brújula en la noche?

Qué rápido, qué alegre entre las hojas,
sin boga retozaba, inverosímil;
única mariposa solitaria,
¡qué blancas alas nuevas para el viaje!
Así, jugando, un día y otro día,
este era un río, un puerto, nunca el mismo.
Siempre la misma niña entre los árboles.
Y con cada alborada repetida,
en sueños, con la lluvia, navegando,
este era un barco que jamás volvía,
un barco de papel en el que siempre
un viajero de niebla naufragaba.
Del libro: Poesía en Limpio

Nostalgia

Ahora sé que es tu mar el que me llama.
Tu mar azul, tu rojo mar, tu verde mar,
tu mar de mil colores,
el que me sigue en puertos y ciudades
taladrándolo todo hasta la ausencia.

Sé que es tu sol. Tu rojo sol,
tu sol azul, tu verde sol, tu sol de mil colores,
el que disperso y uno, sobre el aire,
me sigue y me persigue por el sueño.

Tu sol, tu mar, tus mares me reclaman.
Como al grano de arena las arenas,
como a la gota el manantial reclama,
sé que me espera el mar, el sol me llama.

¡Yo soy la estrellamar que supo de alas!

(Ante la actitud de las jóvenes patriotas guatemaltecas
durante los inverosímiles días de junio, invasión de 1954)

“Se os preguntará por los señores de Xibalba acerca de nuestra muerte, que están concertando y preparando por el hecho de que no hemos muerto ni nos han podido vencer, ni hemos perecido en sus tormentos, ni nos han atacado los animales. Tenemos el presentimiento de que usarán la hoguera para darnos muerte. Todos los de Xibalba se han reunido, pero la verdad es que no moriremos”.

Popol Vuh, Capítulo XII.
Atala

Voz de la selva herida, flecha y ala,
rebelión ancestral, soplo de fuego,
incitaba, ferviente como un ruego,
a vencer o morir la voz de Atala.

Anunciaba otra vez la noche mala
un ilonel iluminado y ciego.
Iba ya desvelada, sin sosiego,
la sombra de Tecum en Guatemala.

Alom, Kaolom. El templo profanado,
el grito del hondero amordazado,
Atala sin saberlo redimía.

Atala, con su luz enarbolada,
Atala por la tierra, tierra amada,
la tropa juvenil enardecía.

Marta Lydia

Otra vez extranjero, rubio auriga,
los nativos maizales pisoteaba.
Marta Lydia era un cáliz, una espiga,
que Chahal amoroso custodiaba.

Por esa antigua pena que fustiga
la estirpe de Balam, muda y esclava,
no doblegó la ráfaga enemiga
su verde corazón de cielo y lava.

Infalible, segura, el pulso fuerte,
una sola consigna de odio y muerte,
ella, tan frágil, ¡ay! tan sensitiva.

Ella, la flor, celeste guerrillera,
abatirá, conquistador, certera,
tu sien, la del Tonathiu, rediviva.

Gabriela

Era en ella el amor. La edad del trino.
La clara diosa, Atit, besó su frente.
Ella, vaso sagrado, limpia fuente.
Casa de oro, Gabriela, miel y vino.

Pero la noche que Iztayul previno
cayó de pronto a medio sol naciente.
Oscuro pacto de águila y serpiente
vendió la flor, la casa y el camino.

¡Adiós amor, querida primavera!
Atormentado sueño de obsidiana
tiñó de sangre la canción primera.

Ella, de pie, sonriendo todavía,
del héroe herido silenciosa hermana,
cortando nieblas esperaba el día.

Cielos Viajeros

De tan hermosa pesca, pescadora,
¿qué más pedir? Ya vi la primavera.
Ya me dijo el enigma de la aurora
la noche en mi barquilla, prisionera.

¿Qué más pedir? ¡Morir! Morir ahora,
Nahuel Huapí, besando tu ribera.
Ser ese lampo que tus albas dora,
ser esa flor perdida en tu pradera.

Pero no. Más allá de este paisaje,
señalados me son otros senderos.
¡Al mar, al norte! ¡Proseguid el viaje!

Cielos australes, en mi red viajeros,
bogando váis conmigo hacia el oleaje
que no sabe de inmóviles luceros!
Del libro: La Niña y el Mar

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