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1.TODOS MENOS UNO [Poema del Editor]
2.José María Higuera [Poeta sugerido]

Textos aquí: 1. del Editor, 2. del Poeta sugerido y 3. del Invitado (opcional)
| MI POEMA…de medio pelo |
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Todos, menos uno, no saben y dicen. Todos menos uno se suben al carro Todos, cada cual, presume ser dueño Todos sin pararnos andamos al trote Todos reos somos de nuestras vivencias Todos, tú y el otro y aquel que es vecino |
MI POETA SUGERIDO: José María Higuera
Una muestra de sus poemas:
QUE SUCEDA EL AGUA
El éxito consiste en el hacerse cargo.
Encalar las paredes con esmero,
sustituir los arriates que estén rotos
y trasplantar las flores a su norma.
Regar los maceteros con paciencia,
que toda agua suceda sin ser tiempo.
Podar algunas ramas por si acaso,
recoger los pétalos caídos,
reparar con saliva
los días de hojas secas.
Retirar los insectos que floten en la fuente…
Meterlo todo en bolsas de basura
y cavar en el hueso si es preciso.
Que no queme ninguna cicatriz,
que todo se parezca a recién hecho.
Engañarnos de vida poco a poco.
Mantener alejadas del parterre
las últimas preguntas.
De untristeprofesor – diciembre 08, 2024
Phi, el número áureo
Un secreto resiste en cada célula
y divide el momento en dos verdades:
la justa proporción del enunciado
que distribuye el sol y la armonía.
Hay un sendero que alumbra la belleza
en cuanto se insinúa
y funda logaritmos en los labios.
Un número define lo perfecto
y nos ofrece en lo íntimo el arrullo
que dignifica al astro y la pupila.
Existe una espiral que, de igual modo,
ocurre en las abejas o en lo exacto
del cielo y de la orquídea
y que tiene que ver
con el cómo sonríe la Gioconda,
con todo caracol y su escalera.
Así es como debajo de esta geometría
se reproduce el átomo
y el Universo entiende su sentido.
Cuando enteros se muestran, se parecen
a lo que toda oscuridad insulta.
¿En qué otro gesto fuera aquella luz,
en qué otra lengua fuera?
Lo que inmune a nosotros va quedando:
un disparo de besos para siempre,
un te amo mientras puedas.
Centro de gravedad
Para mi hermana
A veces me entretengo en equilibrios
y juego con la lengua
a declinar los miedos y las nubes.
Un punto imaginario me sostiene
en donde toda fuerza incide y se aniquila.
Cruza un hilo invisible mi estatura. En la base
reclama mi atención y su alimento.
Cada palabra exprime su envoltura,
la oscilación que su plomada asume,
la norma en que se inclina una cabeza
o provoca que un cuerpo se arrodille.
Me entristece saber que lo sensato
dicte su condición de servidumbre,
que todo gesto aspire a ser lo que parece,
a no sentir el vértigo o las ganas
de reclamar un ramo de promesas.
A veces sopla un aire imaginado
que llama, en lo imposible de los huesos,
al juicio y la pregunta.
Entonces el vaivén es la balanza
donde la soledad posa su herida.
Visito lo profundo,
libero de las piedras mi esqueleto,
escribo con las alas, sobre lunas,
la causa de los hombres. Me propongo
colonizar el suelo con azules,
fundar constelaciones de manzanas,
sobre lo urgente de las madreselvas,
si fuera necesario,
sembrar una locura.
Ibertrén
Para mi padre
Acaso lo que importe sea el cómo
del lento abrirse paso de un te quiero,
que se encaje en su sitio cada pieza,
que no sobre en la caja razón ni cosa alguna.
Un conjunto de vías reversibles
en varios tramos, desmontables,
trazando un círculo perfecto
de un principio y un final que se confunden.
No alcanza con saber la vida los motivos,
la escala, los sabores que maneja,
el modo en que termina esta ternura,
si se puede volver a ser inicio,
lograr que tu imaginación
se instale en cualquier parte del trayecto,
regresar a la luz que has heredado.
Intento asimilar tu condición de noche,
construirme todo cuerpo en la maqueta,
volverme cada rasgo del paisaje,
escoger cada día que suba al tren
comprar ciertos recuerdos en taquilla,
el pasaje de ese ayer hoy tan mañana,
quizá un trozo de pan que ya he comido,
tu presencia trayendo bajo el brazo
un poco de calor y de alimento,
aquella caja roja de Ibertrén
con el faro brillante de la locomotora.
Es otra dimensión a quien refiero,
es otro el viaje. En cada vuelta
se reducen al mínimo distancias,
se acelera la prisa en los vagones
y, cada vez que cruzo el túnel, sé
que al otro lado está expectante la niña
que ve llegar el tren desde lo oscuro,
un bienestar de cuerpo en llama en estaciones.
Entonces pasa, ocurre aquella luz,
las manos de mi padre,
aquella luz que nunca olvido.
Lo que en el barro gira
Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría
no podrá morir nunca. José Hierro
Qué raro se moldea este abandono,
que en las manos que el ánfora sostienen
importe un poco menos
la forma que la causa,
que se consuma alegre en la sequía
el peso de los sueños y las rosas.
Hay parte de ese peso en nuestros ojos,
alguna pertenencia que se extingue,
que conduce al amor y a la pregunta
y en la memoria del alfar orbita,
que todo cuerpo a veces se parece
al tiempo que sostiene una galaxia.
Me quiero definir en lo que cae,
en lo que se resiste a ser estela,
en la sed, en el antes y el después
que existe en la tinaja.
¡Qué forma más exacta de saberse!
Ser la mujer de barro que gravita
dotando a la belleza de esqueleto.
Intentar que lo que arde de la luz
no te atraviese el alma,
ni su sombra.
La manzana
Qué simple
y qué redonda esta manzana
y qué brillo en su piel cuando la frotas;
qué rojo el acercarse del espejo;
qué bocado de nieve
señalando de tiempo, con los labios,
el dulzor, la frontera
del beso que se esconde en el mordisco
tan primero, de dientes comprobando
el agua y la frescura del veneno,
y sin embargo, eterna,
su esfera tan precisa permanece
por siempre en la memoria de la boca,
aunque la saborees por completo,
aunque sepas después en carne viva
que el hambre del gusano masticaba
la pulpa en tu interior
mucho antes de morderla.







