SIN TI ME MUERO/

Enrique Andrés Ruiz (poeta sugerido)

sin ti me muero
* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Permite que te abrace,
te apriete y que te diga lo mucho que te quiero,
así que a veces muestre que soy un pendenciero,
y a veces te atenace.

No pienses, eso espero,
que en todas mis caricias se mezclan intereses
que son de conveniencia y aun menos que creyeses
que lo hago por dinero.

Que aquí por Dios te juro
del día en que cruzamos la suerte que yo tuve
y aun hoy yo me pregunto si fue que me detuve
producto de un conjuro.

Te pido aquí disculpas
por ser tan prepotente, por ser tan descreído,
si en algo te he fallado posible es me he perdido,
no te echo a ti las culpas.

Que has sido la bisagra,
el pernio que engrasando la vida dio a mi puerta
y espero que permita que siga y siga abierta
al día en que ya no abra.
©donaciano bueno

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Enrique Andrés Ruiz

CANCIÓN DE BIENVENIDA

Aquel momento, siempre, de llegar
con el anochecer
y enseguida asomarnos al balcón
sin deshacer siquiera el equipaje,
se parecía a un rito.

La calle, entre dos luces,
muy confusa a esas horas, que pasaba
del ruido de los cierres en las tiendas
a las risas y voces que anunciaban
un público distinto.

La oscuridad detrás, que nos decía
la presencia del mar a nuestra espalda
–su jadeo invisible–,
el animal del mar, agazapado.
Y el intacto deseo

de los días enteros por delante,

con gusto refrenados
en la ilusión, lo mismo que un encuentro
–lo mismo que un amor ni un solo instante
todavía rozado por el tiempo.

DE CUANDO NUESTROS PADRES ERAN JÓVENES

A José Ferrero

Es el cielo amarillo
de algún anochecer, en el verano,
y hace mucho calor.

Un calor retenido
después de todo el día, en la terraza,
bajo la oscuridad del entoldado

de hiedra, ya reseca.
Y es un jarrón azul
de vidrio, en la baranda de la pérgola,

que aumenta la visión. Al otro lado,
los barrios aturdidos tras un día
de sol en las afueras.

–Una isla, el jardín,
en medio del océano.
Y un sueño el de este instante que demora

lo que fue alguna vez vivir aquí,
en un tiempo feliz que para entonces
ya estaba en el pasado.

ALGO QUE BRILLA

Los sueños, en las noches más inquietas
del verano, remueven los montones
de escombros y ceniza hasta que llega
con luz de yeso el alba y los sorprende.

¿De qué voz eres tú –ya es el momento
de llamarte así– el eco
cuando dices de pronto que me quieres
y el tiempo ya no pasa: nuestro tiempo?

Hay veces que la vida imaginaria
abandona su limbo y se hace carne,
igual que si el recuerdo de un deseo
resurgiera, como un cuerpo flotando.

Entre los vertederos, un instante
mezclados con el tiempo desahuciado,
de pronto resplandecen los amores
primeros, y dan ganas de llorar.

Porque en la historia triste, de secreta
intimidad, el día siempre vuelve
–con luz de yeso– pero las memorias
con luz de luna lo oscurecerán.

CAJA DE LUZ

Así como de un campo volteado,
mezclado entre la tierra puede a veces
saltar al sol algún cristal de cuarzo
con su dulce fulgor. Mas su destino
es volver hacia el fondo,
Esto era algo

pendiente desde siempre entre los dos
–me acuerdo que dijiste–. ¿Y cuántos años
envueltos en la noche del presente
pasarán otra vez hasta encontrarnos
de nuevo?
¡Cierva antigua, sueño mío

que yo he querido retener en vano
hasta el último instante antes del alba,
despierto ya, con ojos aún cerrados!
(Ventanas en la noche, iluminadas
con un tiempo interior a nuestro abrazo

junto a la mesa de las fotografías,
mientras sueño y acción fueron hermanos.
El círculo de luz que nos unía.
El hielo deshaciéndose en los vasos).
…Pendiente desde siempre, y hasta siempre.

POR UNA POESÍA SIN FUTURO

Entre vecinas
ES muy largo el trabajo
y siempre se repite, sin vísperas de nada.

Por la mañana cargas a tu espalda
con el peso del mundo
y todo tu saber es el dolor
del cuerpo en tus rodillas.

Pero al irte a la cama,
esa sabiduría
de tu carne despierta a su verdad más honda:
al deseo absoluto de una vida infinita.

A ti, que otra esperanza
te lleva en los instantes
robados a las horas
cautivas, discontinuas,

a escribir en resguardos de la compra,
en reversos de sobres sueltos por la cocina
unas palabras que hablan de la nieve,
del sol sobre la nieve, y del mar,

en viajes que no vuelven…, ¿qué te puede
prometer el mañana de los días?

LA SEGUNDA MUERTE DE LÁZARO

…Oh tarde de noviembre en calma,
el cielo azul y los tranquilos fuegos…

Y hasta aquí las palabras que me nacían solas
de aquella tarde fría,
mientras el cerco negro
que devoraba el monte se ensanchaba
y la cimbria de llamas era como el revuelo
de una orla dorada que se alzase
y se amansara luego, con los cambios del aire,
crepitando.

(Pero esto ya son cosas añadidas después
con palabras que vienen y se van, desprendidas
del cuerpo de la tarde,
al aire del recuerdo).

Ahora son necesarios la justificación
y el pensamiento.

En estos días cortos
que van hacia el invierno,
me encuentro a cada paso, ya deshechas,
con las ramas caídas que no hace ni tres noches
dejaron de ser algo que el tronco alimentaba.
Entonces, siempre pienso
en el ruido de abismo que, al caer desplomándose,
habrá hecho el brazo enorme del roble, en soledad,
bajo la oscuridad de las estrellas.

Junto luego la leña
y en pequeños montones
la doy de lumbre.
¡Oh tardes
de noviembre en gloria,
la más sabrosa gloria de la vida
que arde por lo vivo y por lo muerto!

Pero no es suficiente con recordar, no basta
con decir; hace falta
saber lo que permanece y lo que pasa.
Las hojas pardas y la tarde en ascuas,
son como estas palabras que vienen y se van,
porque aquí en nuestras manos
o dicho por nuestra boca, no queda
nada que permanezca.

(Lázaro estaba muerto, y Él no estaba.
Cuando llegó,
sólo dijo: “¡Levántate!” —y la muerte
desapareció de la casa—.
Pero se fue.
Y la muerte volvió porque Él no estaba).

Después,
ya casi a oscuras,
con el rescoldo apenas
y el relente que cae desde el cielo,
la muerta ceniza sale aún a mi encuentro,
y el fuerte olor de la putrefacción
todavía le llama:
¡Si estuvieras…!
¡Si hubieras estado aquí cuando mi hermano!
¡Si hubieras estado aquí cuando mi padre
—noche aquella de marzo—!
¡Si hubieras estado aquí cuando esta tarde…!

Los fuegos de la tarde…
La profunda hermosura, breve como el relámpago,
de unas llamas de otoño sin calor…
El humo blanco, con su densa melena,
que cruzaba las lindes hacia la carretera
cuando iba a anochecer,
y el velo aquel dorado de combustión, que ciega
los ojos…, son el máximo
de evidencia
y el máximo de ocultación.

Amor por lo que muere.
La tarde que se acaba
conmigo permanece
azul, helada y clara.
Para volver mañana,
al despertar, mañana,
otra vez a morir…

A UN LADO DE LOS VERSOS

Después de tanto tiempo, ya sin vuelta
a más nuevos comienzos como en la juventud,
te digo ahora mi remordimiento.
Pues a estos poemas que nos quedan
aquí, entre tú y yo, toda tu entrega
hasta la extenuación, los hace miserables,
profanación obscena de un amor
que no en la poesía, sino sólo
en la pura acción vive.

Aunque también es cierto
que si viéramos sólo las cosas como son,
no existiría amor sobre la tierra.
Ni el perdón que me espera,
como forma –la más grande– en que se expresa
la injusticia de Dios.

CANCIÓN DE BIENVENIDA

Aquel momento, siempre, de llegar
con el anochecer
y enseguida asomarnos al balcón
sin deshacer siquiera el equipaje,
se parecía a un rito.

La calle, entre dos luces,
muy confusa a esas horas, que pasaba
del ruido de los cierres en las tiendas
a las risas y voces que anunciaban
un público distinto.

La oscuridad detrás, que nos decía
la presencia del mar a nuestra espalda
–su jadeo invisible–,
el animal del mar, agazapado.
Y el intacto deseo

de los días enteros por delante,
con gusto refrenados
en la ilusión, lo mismo que un encuentro
–lo mismo que un amor ni un solo instante
todavía rozado por el tiempo.

CABALLOS EN EL CINE

A José Luis Pardo

Hermanos en la vida,
lo mismo de ignorantes
que las aleatorias formaciones rocosas,
las nubes por el cielo y el temblor de los árboles,

tan ajenos a todo lo que cuenta la historia
(actores de otra historia de la que nadie sabe
ni el guion, ni el sentido
que lleva al desenlace),

que cuando vuelvo a veros,
mil veces repetidos en las mismas imágenes
fortuitas, contingentes…, os pienso en multitudes,
–entre las multitudes de incontables.

Pero si a veces miro en vuestros ojos,
como quien mira al fondo de un estanque,
veo entonces lo único, lo que fue irrepetible
en cada uno de vuestros instantes.

Y una onda fraterna, parecida
a algún amor unánime,
más que con los que triunfan de la muerte
en sus papeles invariables,

me lleva con vosotros, junto a todos
–actrices de reparto, plantel de figurantes–,
todos los hermanados en la vida,
olvidados del arte.
(Crítica de la Historia, VI)

PADRES E HIJOS

para Lucía

El campo, en estas tardes
del final del verano
se va quedando solo,
como el resto del año.
Apenas si se oyen
los ruidos de las motos o los gritos
de niños en piscinas. Y muy pronto
pasarán por aquí los jabalíes.
Será, a veces, de lejos, el ladrido
de un perro, con sordina… Las bellotas.
Y todo más delgado, de cristal.

Pero antes de las lluvias
y los caminos embarrados,
cuando por todas partes todavía
se cuelan las arañas
y los caparazones de los escarabajos
obstruyen la salida del estanque,
de algún lugar nos llega ese sonido
–un tintineo débil, sin ritmo,
que se pliega
como el aire a las rugosidades del lugar–.
Y enseguida hemos dicho: las cabras de Felipe.

Parecía venir por el nordeste
(aunque no es tan sencillo)
y hemos seguido el rastro monte arriba
atravesando zarzas, cogollos de quejigos.
De vez en cuando alguna lagartija
o un ratoncillo en fuga, a la carrera,
removían el lecho de hojarasca.
Me he dado cuenta así de que los corzos
–quizá las cabras mismas–
han tirado las piedras de la tapia
(pero yo las perdono).

Y por fin en el claro de un rastrojo
con las cañas hirsutas,
mientras el cielo, blanco
y azul, nos invitaba
a otra respiración, ancha y profunda,
de pronto aquel sonido se hizo nítido.
Y como la verdad está en los límites,
en el borde del raso con el bosque
hemos visto que el amo les allegaba ramas,
mientras los animales, a dos patas,
mostraban su destreza para las acrobacias.

Con unos cuantos cuadros se compone una historia.
(Por ejemplo, este hombre, yo creo que su vida
la pasó en Barcelona, trabajado,
hasta que, jubilado, decidió regresar…).
Pero no tengo el hilo que pudiera
servir de hilván para lo sucedido
en esta tarde. Veo, mejor, que todo apunta
a la condensación de un símbolo…
–En ese instante, locas, galopando,
se han venido a nosotros, con el macho en cabeza.
Y te has cogido fuerte a mi cintura.

Y más que miedo, he visto que, a mi espalda
–como tras unos muros transparentes–,
en tus ojos de niña brillaba una fe pura,
segura del efecto
de unos poderes míos naturales
para frenar en seco las pezuñas,
los ríos y las nubes, la soledad, el frío,
todavía lejano… Mientras que las montañas
se movían. Los árboles crecían en el mar.
Tu roca y tu refugio.
El país de la vida.

AL CAER LA NOCHE

El día, que parece ya perdido,
guarda aún este instante sagrado y el perdón
de una mano que llega.
Ya sin luz,
los nervios se destensan.
Y encuentran su consuelo
cuando el cielo deshace los jirones
de rojo y frío azul, después de tantas horas
de angustia agotadora
entre la indecisión y el desperdicio.

Pero este es el vacío por una dolor antiguo
que temes olvidar, en el que sufres
que el tiempo inútilmente se deslice
incesante hacia atrás, y sin cosecha.

Aunque también anida en su reverso
otra sabiduría
más honda y el dolor
de una revelación: Porque es el precio
por no estar a la altura
de la verdad que sabe
el corazón más alta:
la alegría.

EL RECUERDO DE UN OLVIDO

Allá por los neveros, cuando llegue
el invierno, quizá te encontraré.
Te llamaré entonces desde lejos: —¡Eh,
Fermín…, vuelve a decirme aquello que decías
cuando era agosto, bajo las alamedas!:
—Hubo un tiempo en que fuimos poesía
y ya sólo podemos ser poetas.
O algo así. Me lo he dicho tantas veces…
Pero quiero escucharlo ahora de ti
para saber que hay alguien por afuera.

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¿Cómo te llamas, niña dime cómodeseas que en mis versos te describa?¿te gusta que dijera eres mi diva,naciste con las hojas en otoño?,..

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