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1.A GRETA THUNBERG [Poema del Editor]
2.María Solís Munuera [Poeta sugerido]

Textos aquí: 1. del Editor, 2. del Poeta sugerido y 3. del Invitado (opcional)
| MI POEMA… de medio pelo |
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Greta Thunberg, te escucho a todas horas Llegada a nuestros lares desde el norte Los pueblos necesitan de profetas Pudiste haber llegado en una burra Mas puestos a pedir, pedir quisiera |
El sistema solar es el sistema planetario en el que se encuentran la Tierra y otros objetos astronómicos que giran directa o indirectamente en una órbita alrededor de una única estrella conocida como el Sol. Su edad:4568 millones de años. Ser catastrofista no beneficia a nadie, o si?
MI POETA SUGERIDO: María Solís Munuera
Una muestra de sus poemas:
SOMBRA DE MEDIODÍA
Sombra de mediodía.
La sombra más pequeña, la que desaparece
(el Trópico de Cáncer, el comienzo
de todos los veranos).
La mínima porción de oscuridad
que puede dar la luz.
Invalidez del sol,
su exasperante falta de movimiento.
El agua y su inutilidad
para las sombras.
Mediodía.
El campanario ofrece
la prueba perfeccionada de su fe.
La sombra espera
la tarde, el crecimiento
que puede levantarla de la tierra,
que la convierte en hiedra, en la pericia táctil.
Aún más, la noche.
El cazador que huye de las bestias,
que necesita sueño.
El miedo y su sabiduría:
la trampa para el oso,
la creación
del fuego y su fertilidad para la sombra
que dilata,
que alumbra,
que ahora cruje.
NIÑOS EN UNA PLAYA
La mar, con sus espasmos de medusa
Saint-John Perse
La tierra se aburría, asexuada
por la esterilidad de los rastrillos verdes, de la pala y el cubo,
por la enfermedad del enanismo en unas manos
y una madre que las mantiene torpes con plástico y colores.
Llegó la colonización de las medusas.
Contra ellas
navegan barcos rojos con las cruces,
desembarcan el cabezudo y el gigante.
Para un suficiente número de presas
no les bastan las redes, los cazamariposas,
necesitan
el volumen vacío del juguete.
Así el cubo, la pala y los rastrillos verdes
son hundidos
y emergen con veneno, la descarga, la baba,
la belleza.
Y los niños crecidos del invierno
aplauden
e imaginan la zambullida del marino
en el agua que hierve de urticaria
y a su vez desean sumergirse, buscar
al animal mortífero, ingenuo, transparente.
Y las madres verdosas lo prohíben,
pero el mar
son espasmos de medusa.
EL HOMBRE BLANCO
Hay cosas que se quedan, como dulces
pegados a la boca.
Tijeras con finales para niños.
Juegos de sobremesa fácil.
En tamaño carné, un poco de familia y amistades.
El sombrero que no me hace justicia.
Como decoración, un gato de metal.
A la altura de los ojos acostados, una lámpara quema en los descuidos.
Un manual explica la falsa genialidad de los dibujos.
El hambre se dedica al fondo de un cajón.
Hay cosas que respiran, como un vaso
para la sed de madrugadas.
La escarpia de un espejo.
Tras la puerta,
las zancadas del hombre blanco.
LA VACA
Hemos divinizado a nuestras madres.
Queremos ser felices para siempre.
Animal negro
maquillado por la mano cubierta del payaso.
La cal y la ternura.
¿Qué hay bajo el sudario de la novia?
Tienes el hueso oscuro, del origen
arterias y el estómago.
Solo yeso en la piel y nuestra parte
del globo de tus ojos.
A veces, por los poros, se te escapa el túnel.
Nos parece anacrónico, tragamos
el tono de la leche de los ciegos.
Esta ubre que ulula empellejada con polvo y arrozal
conoce la montaña.
La mira cada día de cara a la pared.
Su cornea alcóholica, que intenta de reojo,
ha sido aleccionada con la sal.
Se mueve según lo que nos queda.
LA IGUANA
Con tierra en los bolsillos
habíamos planeado ser decentes:
bestias que montan a príncipes valientes.
Pero, por la ventana,
la calle ha puesto polvo en las palomas,
del peine y en el traje uso las comas
y el grito en el tejado muerde lana.
No recuerdo a la iguana.
Con tierra en los bolsillos
la noche fue la carne de los grillos.
EL AFILADOR (cuento cruel)
I
Llega el afilador
de vuelta a la ciudad.
En bici se aproxima
la rueda musical.
¡El hombre del cuchillo,
de la flauta de Pan!
Una niña, en su casa,
se quiere despertar:
han entrado en su sueño
tijeras de podar.
Corcheas aún escucha
cuando su madre está
abriéndole los ojos
con gesto de Piedad.
Ya la visten de rojo
aunque al bosque no va
y su abuela se ha muerto
y ella tiene papá.
Brinca, baila, suplica
algo para afilar;
le conceden cuchillos
con la punta hacia atrás.
Las vecinas la espetan
sin ninguna maldad:
«¡Cuidado en la escalera!
¿Pincharte no querrás?»
La madre las escupe,
haciéndolas callar:
«Corre hasta que revientes.
Los tiempos andan mal».
El padre se lamenta
consolado en un pub:
«Amenaza en el monte
la biodiversidad».
II
Se atusa los cabellos
el fauno afilador,
apoyado en su roca,
cantándole al amor.
Tiene cejas de vino
y patas de cabrón.
De pronto ve una niña
detrás del paredón.
Se le acerca con mañas
que pretenden pudor.
Otro dedo muy tierno
le toca el pantalón:
«Me manda mi familia.
Ayúdeme, señor»,
y le muestra el cuchillo
de cortar el jamón.
Cien niñas se aproximan
con todo su calor.
Cien rizos de María,
cien flores de Saló.
El venerabilísimo
anciano del Tarot
habla consigo mismo
con voces de tenor:
Hoy no llora ninguna,
se sabrán la lección:
jugamos con las reglas
que me dicta mi dios.
Pero han venido muchas,
¿con tantas podré yo?
Será mi día de suerte:
¡No soy un perdedor!,
cuando en la espina siente
-la dorsal- un punzón
y grita como haría
un castrato sin col.
III
Charcutero frustrado
en una bacanal
se sueña el afilante
cuando empieza a notar
el filo de la cuerda,
la presión del metal.
En el centro preciso
de un gigantesco hangar
se despierta desnudo,
sobre una plancha está
atado como carne
a punto de guisar,
y en el cuello un aviso:
la hoja de un puñal.
Las niñas le circundan
dibujando un altar,
hay otras detrás de ellas,
cientos, millares, más
debajo de su espalda,
cerca del techo, allá
empujan barandillas
con ganas de saltar,
una sobre sus piernas
le roza lo inguinal
(es la de la guadaña):
ante tanta beldad
el anciano excitado
comienza a despuntar.
Y la pequeña muerte
de un movimiento:¡Zas!
el pingajo sangrante
al perro se lo da.
Ante tal podredumbre
grita con claridad:
«Otra vez jovencitos
tendremos que amputar
y guardar en un tarro
las pollas de verdad».
«¿Por qué?», chilla el gorrino
a medio desmembrar.
«Queremos las manzanas
sin el soso de Adán.
Deshacernos de Zeus,
de Osiris y Jehová»,
gritan todas las furias
aplaudiendo a rabiar
y le meten mazorcas
en el ojo papal:
«Es porque te queremos,
no tienes que llorar».
Le roban herramientas
y la piedra molar:
con ella su piel lijan,
le extirpan lo demás
y le cortan las venas
en longitudinal.
Juntan este botín
y los que no serán
de los afiladores
a medio desangrar:
(cuchillos que deshuesan,
que pelan, de trinchar,
que filetean, tijeras,
paneros, de forjar,
santokus, alabardas
y el hacha de mamá)
al bosque pueden ir:
armadas están ya
(y a la jungla, la guerra
y a un rito cultural).
Allí viven ahora
con bicis de afilar
pero no recolectan:
les fascina cazar
y a la presa le dejan
ventaja de animal
después de desvestirla
y a los perros soltar.
Los pueblerinos macho
asustados están:
el lobo yace muerto,
el centauro lo hará
y entre los altos árboles
en la noche lunar
si uno de ellos, ardiente,
se ha atrevido a pasar,
se oyen sus alaridos,
la rueda musical,
y resuena la flauta
de la felicidad.







