ENTERAMENTE FALSO/

Daniel Samoilovich (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Sepa usted, señora mía,
que la cuestión que usted dice
no es de aquel que la bendice
ni fruto es de mente impía.
Pues no fue en la sacristía
donde se tramó la trama
y que no fue ningún drama
ni un motivo de alegría.

Sólo fue la profecía
de un profeta incontinente
que fue contando a la gente
lo que la gente quería.
Menos hablar, menos dichos
menos golpes y aspavientos
menos repetir los sientos,
más renunciar a caprichos.

No se ilusione, señora
de aquel que a sus oÍdos cuenta,
piense bien, no tome en cuenta
a quién la mentira dora.
Saque pues su conclusión,
no se deje adoctrinar,
que cuando haya que pagar
pedir le dirán ¡chitón!

Que una cosa es predicar
y otra distinta es dar trigo,
fÍjese bien lo que digo
y no se deje engañar,
que el dilema está en el dar
mas no hay que aceptar consejos
que esos son cosa de viejos
que el dar aquí es renunciar.

Yo no conozco a ninguno
que renuncie a sus excesos
pero si a muchos de esos
que únicamente dan besos
y abrazos, Y sólo alguno
representa la excepción
que sienten el corazón
como si fueran posesos.

¿Presumir sin dar ejemplo?
a mi eso me causa risa,
es un chiste, eso es un cuento,
un suspiro en una misa,
un brindis al sol, al viento,
una mueca, es algo cruento,
un disfraz, es un barniz,
es falso cual aprendiz
de mago que en un momento
va desgranando sus trucos.

a su audiencia alucinada
mira y mira y no ve nada.
Es como aquel almendruco,
una nuez o algún piñón,
por fuera mondo y lirondo
¡qué falso es en lo más hondo!.
¡si lo abres ¡qué decepción!
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Daniel Samoilovich

Daniel Samoilovich

Casuarinas

Acostumbradas al rumor de sus ramas,
al aleteo de los pájaros,
al pico que perfora la corteza
persiguiendo un gusano,
las casuarinas no pueden creer
que esa otra bestia, el río, baje silencioso.
Más bien piensan que están un poco sordas
y se inclinan para escuchar mejor
y muchas veces este error las pierde.

Trabajar cansa

Permanecer inmóvil por la tarde
en el aire entre las altas rosas
requiere exactitud, concentración:
también el picaflor llega a cansarse.
Se prende de las matas bajas,
las inclina hasta el piso
y queda panza arriba, borracho,
agarrado a su dalia.

La sombra de mi mano derecha
Es una mano izquierda

lo que escribo
alguien lo escribe desde dentro del papel,
la punta de su lápiz contra el mío.
Me gustaría saber qué piensa ése.
Me gustaría saber cómo es que suenan
esos versos que corren al revés
rumbo al Oeste de un mundo inclinado.

El huet-huet

La memoria, pensada como lluvia,
y la lluvia como cristal de aumento
sobre la letra apretada del paisaje.
O si no, el rumor del verso, dicho
con voz áspera aunque no audible
tras la pantalla de la mano izquierda
alargando las sílabas tónicas —acentos
sobre el trébol ya mojado, sobre
las piedritas del camino.
Transparencia; pero también
convexidad en el borde de las gotas:
como si el mundo en sus extremos tendiera
a ponerse de perfil, el placer
en su límite a la agonía.
Y a través de esa lluvia sin rachas
inverosímil en su perfección
cruza el parque, sonámbulo, el huet-huet.

Lo que dijo el taxista
de Neuquén a Cipolletti

“Ahí tiene, por ejemplo, al tamarisco,
no sirve para nada, lo traería
algún tarado, vaya uno a saber
pensando qué, ni para leña sirve.”
Pero la mole negra junto al río
tiembla de orgullo:
con sus negras espinas retorcidas
se burla de la tarde que se muere,
de todos los suaves
pensamientos de este mundo, y también
de los fuertes: de lo útil y lo inútil
se burla y es más firme
su divisa que la nuestra:
Ni para leña del hogar
ni de la hoguera sirvo
.

Piso alto

Tengo miedo, dijiste, no hizo falta
que explicaras de qué.
Entonces yo debo haber hablado de la muerte
porque recuerdo citas, un par
de escritores de lengua alemana,
un proverbio italiano, rimado,
Horacio, Catulo y quién sabe
qué más. En mi recuerdo hablo
sin dudar, como leyendo en voz alta,
o como si alguien hablara por mí
mientras yo me sustraigo a tu atención
para pensar en otra cosa.
Nuestra ropa tirada por el piso
es una colección de excéntricos cadáveres,
rojos, verdes y grises, ahí
donde un asesino los dejó; y se escucha,
abajo, afuera, patinar
los autos en la calle mojada.

Mm…

¿Quién pegó los vasos a la mesa?
A cada rato parece que fuera
a comenzar una serie feliz de asesinatos:
me acuchillás, te doy con la botella,
o, entre los dos, matamos al mozo.
Pero el crimen se evapora y las cenizas
de los cadáveres que no producimos
lo ponen todo gris, funesto:
ese mantel manchado, la espera,
mm, esos silencios, era necesario
que nos hicieran daño: era necesario
que daño nos hiciéramos, un dios
atolondrado tenía que ser
el que nos dio como únicos juguetes
los cuerpos, tan simples y tan raros.
Cuando el paisaje se vuelve complejo
(y siempre se vuelve complejo)
ya no sabemos qué hacer con ellos.
No podemos seguirles el tren
como los ojos siguen
entre los techos el vuelo de los pájaros.
Ahí va uno: todas las veces adivino
el sitio exacto donde van a apoyarse
y esa intuición que con astucia
benevolente el pájaro confirma
parece trasuntar un favor más vasto, el de los hados.

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