UN VATE DE MEDIO PELO/

Juan de Dios Peza (poeta sugerido)

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Se ha cruzado en su camino
un vate de medio pelo
de los que están siempre en celo
por conocer su destino
y no encuentra ya el consuelo.

Que a sabiendas no le alcanza
sueña ascender al Parnaso
consciente nadie hará caso,
y se inquieta en la tardanza
a la espera de un sorpasso.

Otro iluso, otro de tantos
con si mismo complaciente
que bebe el agua en la fuente
de misterios sacrosantos
y a consejos disidente.

Resistiéndose a admitir
que no tiene quien le quiera
y aun así no desespera
pues lo suyo es escribir,
que él lo lleva por bandera.

Y lee y busca y provoca
y al que lo pilla machaca,
sube y baja, mete y saca,
y se da contra una roca
consciente que no destaca.

Y a sabiendas ya está calvo,
y en su esfera capilar
no encuentra ya qué peinar
su verso mantendrá a salvo
por si pudiera cambiar.
©donaciano bueno

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Juan de Dios Peza

Un consejo de familia

Quién en la miseria y el amor concilia?
Esto más que un problema es un misterio.
Para hablar de un asunto que es tan serio,
hubo ayer un consejo de familia.

Hizo de presidente del consejo
un hombrecito al que la edad agobia,
y que además del chiste de ser viejo,
es, nada menos, padre de mi novia.

A su lado, y en cómoda poltrona,
con franco y natural desembarazo,
estaba una señora setentona
con un perro faldero en el regazo.

Y en derredor, con rostros muy severos,
prontos a discutir y meter baza,
estaban cual prudentes consejeros
seis a siete visitas de la casa.

Y entre todos, causando maravilla,
de gracia y juventud, rico tesoro,
como un ángel, sentada en una silla
estaba la mujer a quien adoro.

Con que, vamos a ver, dijo indiscreta
la madre, por anciana impertinente,
¿es verdad que eres novia de un poeta?
¿Sueñas con los laureles de su frente?

-Puesto que lo sabéis, dijo la niña,
no lo puedo negar: le quiero mucho.
-Mereces, dijo el padre, que te riña.
Y la anciana exclamó: -¡Cielos! ¡qué escucho!

¡Blasfemia intolerable que me irrita!
-¡Habráse visto niña descarada!
Dijo en tono burlón una visita
pegándose en la frente una palmada.

-Los versos nada más son oropeles.
Dijo la anciana en tono reposado,
y apuesto que no sirven sus laureles
ni para sazonar el estofado.

¡Un novio soñador y sin dinero!
Hija, esto sí que nadie lo perdona;
ya que tiene corona y no sombrero,
fuera mejor usara su corona.

-Los hombres, dijo el padre, son perversos
pero más los poetas de hoy en día.
Quizá te piense alimentar con versos,
y eso vas a comer ¡pobre hija mía!

-O, quién sabe, agregó con triste acento
una visita, al parecer piadosa,
si se irán a poblar el firmamento
o a vivir en el cáliz de una rosa.

-Puede ser, interrumpe otra persona,
que intente levantar, llegado el caso,
a orillas de la fuente de Helicona,
un palacio en las faldas de Parnaso.

El regalo de boda, amigo mío,
tendrá joyas riquísimas y bellas
junto a un collar de perlas del rocío,
el manto azul del cielo y sus estrellas.

Envidia te tendrán los serafines,
pues tendrás, deleitando tu hermosura,
una alfombra de nardos y jazmines
y un ruiseñor que cante en la espesura.

El marido feliz te dará un beso
diciendo: ¡tengo un ángel por esposa!
¿Y a la hora de comer? ¡quién piensa en eso!
¡para el poeta la comida es prosa!

Un coro de estridentes carcajadas
satíricas, terribles, infernales,
convirtió las mejillas en granadas
al ángel de mis sueños celestiales.

-¿Conque piensas seguir esos amores,
tú, la más infeliz de las mujeres,
piensas con el aroma de las flores
vivir entre la dicha y los placeres?

¿A qué alta sociedad, hija querida
te llevará ese amor del cual abusas?
¡Ha de ser muy monótona la vida,
sin tener más visitas que las musas!

Otra risa estalló ¡bendita risa!
Entonces ella abandonó su asiento,
y con grave ademán y muy de prisa
salió, sin vacilar, del aposento.

Llamáronla mil veces, pero ella,
espléndida, graciosa, soberana,
como asoma en los cielos una estrella
el rostro fue a asomar a la ventana.

-Ven, me dijo, mitad del alma mía.
Dicen que amarte es prueba de torpeza,
que por pobre te olvide ¡qué ironía!
que te deje por pobre ¡qué tristeza!

Como no te comprenden, ya por eso
destruir mis amores se concilia.
Yo siempre seré tuya: dame un beso;
¡se ha lucido el consejo de familia!

La princesa azteca

(Leyenda de la alberca de Chapultepec–
A la inspirada poetisa y virtuosa señora Ángela G. de Alcalde)

El bosque centenario
en sus antros encierra
ese silencio eterno que acompaña
a las salvajes pompas de la América.

En el espeso toldo
que al sol el paso niega,
los cenzontles que cantan en las noches,
de rama en rama sin zozobras vuelan.

Y el cardenal errante,
y el colibrí de seda,
al beso de las tibias alboradas,
dando celos al iris, juguetean.

De las copas más altas,
como argentadas hebras,
las canas de los viejos ahuehuetes
dan a los vientos sus robustas crenchas.

Y revistiendo el tronco
de secular corteza,
matizando sus tronos de esmeralda,
se abre a la luz la trepadora hiedra.

Tapiza el suelo un musgo
que ni el verano seca,
donde recoge el aire en las mañanas
un sempiterno olor a flores nuevas.

El bosque centenario
en su extensión inmensa
repercute en las tardes los acentos
más dulces de los cánticos aztecas.

Las voces de una raza
peregrina y guerrera
que va dejando con su sangre hirviente
de su incesante caminar las huellas.

Y vagan esas notas
dulcísimas y tiernas,
enseñando a los pájaros salvajes
tristes y melancólicas cadencias.

Las repite el cenzontle
en la noche serena,
cuando la luna en el azul espacio
el heno de los árboles platea.

Las dice la calandria,
el clarín las remeda,
y en las tardes de mayo los jilgueros
trovan los himnos de su amor con ellas.

Y cuando en tristes horas
de lluvia y de tinieblas
la tempestad su carro de relámpagos
sobre los viejos árboles pasea,

y con ojos de llamas
la lechuza agorera
predice la catástrofe y la muerte
como alada Sibila de la selva,

cuando los vientos rugen,
cuando los troncos tiemblan
y cual cinta de lumbre en negro abismo
el rayo retumbando culebrea,

en el fondo del bosque,
rasgando las tinieblas,
se oye dulcísima y doliente
que canta melancólicas endechas.

Son las notas de un arpa
de misteriosas cuerdas
en que surgen estrofas no aprendidas
cuando calla el placer y hablan las penas.

Las extrañas canciones
entre la sombra vuelan,
mezclándose del viento a los rugidos
y al sordo rebramar de la tormenta.

Vagan en el ramaje,
cruzan por la maleza,
y el paso no les corta la falange
de sabinos cual mudos centinelas.

Se extienden en los lagos
de superficie tersa
donde crecen los juncos cimbradores
y sus corolas abren las ninfeas.

Cruzan por los maizales
cuyas cañas esbeltas
sus hinchadas espigas, a las lluvias
levantan a los cielos en ofrenda.

¿Quién canta esas canciones?
¿Quién dice esas endechas,
que ya traspuesto el sol y quieto el mundo
repiten los cenzontles en la selva?

¿De qué garganta brotan?
¿Quién delira con ellas
y en la imponente majestad del bosque
en tristísimas horas las eleva?

Mirad, hay en el fondo,
tras la enramada espesa,
dominando los altos ahuehuetes
una montaña de verdor cubierta.

La mano de un gigante
amontonó sus piedras,
sobre las cuales fabricó un palacio,
para propio solaz, un rey azteca.

Son espesos sus muros,
angostas son sus puertas,
y parece, mirado desde lejos,
vetusta cripta en la extensión desierta.

Pega el nopal al muro
sus espinosas pencas,
y como cenicientos obeliscos
los órganos tristísimos lo cercan.

No tiene escudo noble
tan rara fortaleza,
ni levadizo puente, ni ancho foso,
ni rastrillo, ni glacis, ni poterna.

No guarda férreos cascos,
ni lanzas, ni rodelas,
ni resonó jamás en sus salones
la armadura brutal de la Edad Media.

Los señores que ha visto
esgrimen arco y flecha,
llevan al combatir desnudo el sexo
y adornada con plumas la cabeza.

Obscuros son sus ojos,
sus cabelleras negras,
su cutis, siempre al sol, color de trigo,
sencillas sus costumbres y su lengua.

En tan triste palacio
con sus damas se hospeda
siempre sola, llorosa y resignada,
como un lirio con alma, una princesa.

Y vive sin que nadie
a visitarla venga,
que por rencor y celos y venganza
víctima del amor allí la encierran.

Amó, cual amar saben
en su raza, en su tierra,
las mujeres que encienden sus pupilas
con la del alma inextinguible hoguera,

Un hermano celoso
de su pasión intensa,
mató al indio bizarro que formaba
el culto terrenal de la doncella.

Y entonces con la rabia
que electriza a las fieras,
cuando el artero cazador destroza
al cachorro que esconden en la cueva,

ella tomó en sus manos
la macana de piedra
y castigó a su hermano con un golpe
que bien pudo arrancarle la existencia.

El padre, como ejemplo,
como justa sentencia,
la alejó de su lado y encerróla,
del viejo bosque en la mansión severa.

Y allí con la alborada,
cuando la luz despierta,
cuando en todas las ramas hay cantares
y alza un himno de amor toda la selva,

cuando se abren las fibras
y en sus corolas tiemblan
los pintados y errantes chupamirtos
que de sabrosas mieles se alimentan,

se oye como desciende,
por las abruptas peñas,
envuelta en un mantón de blancas plumas,
seguida de sus damas, la Princesa.

Siempre al pisar el bosque
toma la misma senda,
para buscar el sitio apetecido
en que el placer y la delicia encuentra.

Allá, bajo las ramas
más verdes, más espesas,
y donde en haces de colores vivos
el sol naciente sus fulgores quiebra,

engastada en el musgo
cual líquida turquesa,
convidando a la vida y al deleite,
espejo del follaje, está la alberca.

El manantial fecundo
al fondo borbotea,
sin que nadie perciba sus rumores
ni la quietud perturbe de la selva.

Dicen que cuando alguno
se posa en sus arenas,
queda encantado y con extraña forma,
y el que a buscarlo va, jamás lo encuentra.

Por eso todos temen,
y aún los hombres recelan,
sumergirse en las ondas cristalinas
de una agua tan azul y tan serena.

Sólo la hermosa joven,
cuando a los bordes llega,
fija en el manantial una mirada
que es la viva expresión de una promesa.

Deja el manto de pluma,
sus cabellos destrenza,
y a las caricias púdicas del agua,
dando tregua al dolor, feliz se entrega.

Y míranse en las ondas
las formas hechiceras,
deslizarse flotantes y tranquilas
como la flor que la corriente lleva.

Si el bello busto asoma,
sobre los senos ruedan
las gotas trasparentes y brillantes
como si fuesen lágrimas o perlas.

Y cuando el cuerpo airoso
quieto flotando queda,
parece que el cristal azul y terso,
enamorado sus contornos besa.

Semeja blanca ondina,
ruborosa sirena,
que, con un beso, el sol americano
quemó su piel y la tornó trigueña.

¿Oís? cantan muy dulce
las aves de la selva,
las brisas no estremecen el ramaje,
ni el heno gris en los sabinos tiembla.

El aire está suspenso,
ningún rumor se eleva,
porque en el viejo bosque centenario
juega desnuda la gentil doncella.

Salta un instante al borde
de la azulosa terma,
y los encantos que la dio natura
sin velo encubridor al aire muestra.

Y escúchase de pronto
un grito de sorpresa,
cual lo lanzara el que soñó en un cielo
y al fin, sin esperarlo, lo contempla.

Por el vetusto bosque,
el grito aquel resuena,
y levanta los ojos espantados
la ninfa que en las aguas se refleja.

Y sin tino, temblando,
pálida, como muerta,
descubre entre las ramas de un sabino
de un ser desconocido la cabeza.

Es un amante osado,
es un guerrero azteca,
que adora a la doncella y la persigue,
y hoy en su virgen desnudez la acecha.

Sin conceder más tiempo
de que sus formas vea,
herida en su pudor la altiva joven
se sumerge en el agua con violencia.

Y al manantial desciende
y toca sus arenas,
y se pierde a los ojos de sus damas
y el guerrero la busca y no la encuentra.

Cruzaron varios soles
por la azulada esfera,
y nadie supo el postrimer destino
de aquella humana y púdica azucena.
Que allí quedó encantada,
refieren las leyendas,
y que al mediar los soles y las lunas
flota sobre la líquida turquesa.

Su nombre ignoran todos,
nadie ignora sus penas,
y quedan de sus gracias como espejo
los movibles cristales de la alberca.

Este era un rey…

Ven mi Juan, y toma asiento
en la mejor de tus sillas;
siéntate aquí, en mis rodillas,
y presta atención a un cuento.

Así estás bien, eso es,
muy cómodo, muy ufano,
pero ten quieta esa mano;
vamos, sosiega esos pies.

Este era un rey… me maltrata
el bigote ese cariño,
Este era un rey… vamos niño,
que me rompes la corbata.

Si vieras con qué placer
ese rey… ¡Jesús! ¡qué has hecho!
¿Lo ves? en medio del pecho
¡me has clavado un alfiler!

¿Y mi dolor te da risa?
escucha y tenme respeto:
éste era un rey… deja quieto
el cuello de mi camisa.

Oír atento es la ley
que a cumplir aquí te obligo…
Deja mi reloj… prosigo.
Atención: Este era un rey…

Me da tormentos crueles
tu movilidad chicuelo,
¿ves? has regado en el suelo
mi dinero y mis papeles.

Responde: ¿me has de escuchar?
Este era un rey… ¡qué locura!
me tiene en grande tortura
que te muevas sin parar.

Mas ¿ya estás quieto? Sí, sí
al fin cesa mi tormento…
Este era un rey, oye el cuento
inventado para ti.

Y agrega el niño, que es ducho
en tramar cuentos a fe:
«Este era un rey…» ya lo sé
porque lo repites mucho.

Y me gusta el cuentecito
y mira ya lo aprendí:
«Este era un rey», ¿no es así?
«¡Qué bonito! ¡Qué bonito!»

Y de besos me da un ciento,
y pienso al ver sus cariños:
los cuentos para los niños,
no requieren argumento.

Basta con entender
su espíritu de tal modo
que nos puedan hacer todo
lo que nos quieran hacer.

Con lenguaje grato o rudo
un niño, sin hacer caso,
va dejando paso a paso
a su narrador desnudo.

Infeliz del que se escama
con esas dulces locuras:
¡si estriba en sus travesuras
el argumento del drama!

¡Oh Juan! me alegra y me agrada
tu movilidad tan terca;
te cuento por verte cerca
y no por contarte nada.

Y bendigo mi fortuna,
y oye el cuento y lo sabrás;
«Era un rey a quien jamás
le sucedió cosa alguna».

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