LA SEGUNDA TRANSICIÓN

»El Poeta sugerido: Teresa Domingo Català

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Yo vivía en Madrid aquellos años.
Era joven y al sol me distendía.
Se hablaba de, inminente, la agonía
del General, sospechas y de amaños.

Silencio sepulcral. En las tabernas
entre tinto y sifón, todo rumores,
pues dicen que se va, o no, tambores,
la dicha o la aflicción brillando alternas.

Todo allí era dudar, incertidumbre
¡qué iría a depararnos el futuro!
Soñábamos librarnos de ese muro
disfrutando al calor la nueva lumbre.

Y al fin se hizo la luz. Todos a una
juntos, los hombros fuimos arrimando,
las penas del pasado abandonando,
primando nuestro reto a la fortuna.

Pasados hoy, ya mas de treinta años,
España está en la misma encrucijada,
tras la altura de miras esperada,
con egos, con despechos, con engaños.
©donaciano bueno

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Los que vivimos la situación política tras la muerte de Franco en Madrid el 20 de noviembre de 1975, y el esfuerzo que todos los españoles hicimos en un acto de cordura de ponernos de acuerdo, desearíamos que los actuales representantes políticos fueran capaces de renunciar a sus egos en beneficio de todos, lo que no ocurre.

POETA SUGERIDO: Teresa Domingo Català

Teresa Domingo Català

Vestigios

Malditos los que invocan a la noche
para admirar tan sólo su negrura.

No ven la luz de las hojas tenues
que alumbran como pequeños dados
el dormitorio de las estrellas.

Vendrá el cierzo que triste deambula
por los orificios de los pozos y murallas,
a derribar el claustro de los cisnes.

Se derrumbará el mar de madreselvas
como se quiebra el fuego entre zarzales,
con el ímpetu ciego de la llama,
con el grito constante de la luna.

Se arqueará la loba que amamanta
los vestigios de un mundo que se muere
y su leche será bebida lejos,
allá donde la noche siempre es noche.

Sombras

La noche es movimiento de penumbras
luchando para ser eternas, río
de manos en los cuerpos que divaga
sobre el influjo de la sangre dulce.

Silenciosos, los ángeles nos aman
como aman los caimanes, con la furia
de un sexo desmedido, con lujuria.

La noche es la simiente de los pasos
que aniquilan las luces de los lechos,
y son los cuerpos sombras de esa noche
que dominan la oscuridad tardía.

Silenciosos, los ángeles nos aman
como aman los caballos, con ardor,
reclamando sus alas el perdón.

La piel anhela el roce de las sombras
que se desprenden ávidas, ventiscas
de amores sofocados, tenues nieblas
imposibles de aprehender, limosnas.

Los ángeles nos odian por la carne,
ésa que envuelta en noche se proclama
en la ofrenda del cuerpo que se ama.

Pérdida

Llora el sol el camino hacia la noche
con sus párpados huidizos,
cerrando los ojos ante el día
que ambiciona el salitre del mar
y perpetuarse ciegamente
ante la noche.

El día queda devastado.

Imponente, el mástil nocturno se avecina,
con el caudal de las rosas oscuras
que transpiran el olor aciago
de los besos de una luz inmóvil.

Estudia la rotunda circunferencia
de una esfera inviolable y pura,
que abriga el cielo con un resplandor
de horas transidas de desvelo.

La noche vence
en el aquilatado rumor sombrío
de los pasos gigantes de la urbe,
donde dormimos sin mirar atrás
ensueños de penumbra dilatada.

Los peces

Es la oscuridad
asentada por los resquicios
de la sombra,
con esos peces
que siembran
pan de pétalos noctámbulos.

Los peces rodean el istmo
de las manos candentes.

Extrañan la ausencia de los cuerpos.

Los caimanes

El día es el eclipse de la noche.

Como un sarcófago
que se abre para recoger a un muerto,
respira la mañana antropomorfa.

Como un luto, reviven las ventiscas
insoladas, sollozan los escombros,
se atreven a llorar los papagayos.

En la tierra baldía se desnuda
el pavor, la terrible calavera
disfrazada de sol, un azar puro.

Qué comen los caimanes, qué luz comen
para poder dormir cuando amanece.

Aletargados, piensan en el aire,
conjuran, para eliminar el día,
con el sueño avivado por la pústula.

Caerán los jazmines en sus bocas
como nudos y pergaminos tristes
que sólo flor darán en sus estómagos.

Las horas oscuras

¿Cómo podrás volver a ser quién eres?

Si la noche te coge de la mano,
te lleva más allá de las estrellas,
junto al país donde los niños lloran.

¿Qué le explicarás a tu incierto amante?

Cuando la bruma envuelva tu sagrario
y tus pechos estén áridos de alas,
y hacia el norte no veas ningún trance:

¿Qué aprenderás de las horas oscuras?

La oscuridad

La luz amortajada
surge con un soplo de árbol.

Vamos a bendecir la oscuridad
con ramos de sayales y murciélagos,
con velas sarmentosas y guitarras
que dobleguen al ángel de la furia.

Pero también vendrá a nuestras casas
con un alarido constante y seco,
y devorará los panes,
y beberá el vino que era agua
de nuestros propios labios.

La lluvia en la noche

La voz oscura prende soledades,
aísla el sueño,
perturba a los insomnes.

La lluvia, la palabra de la noche,
también roza el día con su aliento
de fuerza estremecida por las nubes
que lavan el círculo polar
con las ablaciones de la nieve.

El agua, perdida, se confunde,
se alía con la niebla derrotada,
goza del estertor de los rosales
que no pueden soportar
el firme aullido de las sombras.

El agua se inmiscuye entre los setos
para averiguar la blasfemia de sus gotas,
y el rictus amargo de una espera
que pide ser oída en la catarsis
de esa misma agua derramada.

La noche dice, canta sus pesares,
alivia su dolor, su desconsuelo
con frascos de alquitrán, fosas comunes,
donde reposa la osamenta de un pasado
preso en los avatares del murmullo.

La noche se desprende de su piel,
minada por el paso de la lluvia
que desciende a la losa de la tierra.

El naufragio

Escucha el rumor del hielo,
cómo cierne el alud sobre la noche,
cómo embarca el pesar en las astillas
quebradas por la rotación del aire.

Llega el ángel,
y su boca lleva el estigma de la nieve,
el miedo de la escarcha y de la aurora.

Expande sus alas
rompiendo el alquitrán de la marea,
como un gran meteoro asesinado.

Caen los árboles
y su fruto se quiebra en el descenso
que arrolla el gravitar del agua.

Insomnes, los cisnes velan el naufragio.

Dormir en ti

Dormir en ti, desnuda de abalorios,
amada por la calma de tus horas,
en tus ciénagas, en tus ciegos páramos,
con los ojos de sístole y penumbra
que arrancan alaridos al invierno.

Dormir en ti; los pájaros nocturnos
se enamoran de besos y cuarteles
donde reposar del vuelo, del fin
del nido y del estrago, y el helecho
gotea agua, lluvia mensajera.

Dormir en ti, en el canchal del río
donde arrasas, en el enigma triste
de los lirios oscuros, en océano
enloquecido por tus manos dulces
que penetra la casa en donde moro.

Dormir en ti, tras los acordes blancos
de tu silencio, que adormila búhos
y lechuzas encarnados en piel,
con sueños habitados de un futuro
lleno de soledad y de catástrofe.

Dormir en ti, al ángel de los hielos,
en tus pechos de diosa primigenia,
con roces de la rosa ensangrentada
y el murmullo del águila triunfante,
dormir, dormir en ti, sí, para siempre.

Ciclo

La felicidad viene por la noche
y acurruca su llanto entre las sábanas,
su agonía perenne y verdadera.

Los garfios de las rosas se declaran.
La muchedumbre aspira a la tiniebla.
Los huesos de la fe son dispersados.

Clama el fuego del alba por su vida,
solloza su inocencia quebrantada,
el sino pluviforme de los ángeles.

Y son las nubes llantos de los días,
la ruptura de un cielo encadenado
a resurgir al alba y a la noche.

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