UNA PESADILLA/

Manuel Lara Cantizani (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.

No sé si lo soñé. Era invierno. Aquella tarde los medios de comunicación anunciaban una catástrofe. Todos, las radios y televisiones, hablaban del hecho como si de las cien mil plagas de Egipto se tratara. Los digitales de Internet, hijos intrusos de la prensa escrita, sembraban sus espacios de noticias, como en ellos era habitual sin contrastar, tildadas con el subtitulo de exclusivas, acerca de no se sabe qué maleficio que, decían, iba a afectar al mundo. La población andaba nerviosa. La preocupación se palpaba en el ambiente en un ejemplo claro de sugestión colectiva. Los creyentes apelaban a dios, al mismo dios que clamaban los no creyentes.

Eran las once de la noche y en la iglesia las campanas se ocupaban de recordarlo con sus tañidos al viento, en tanto que yo, cansado, andaba presto para iniciarme en mi anhelado sueño.

Tic-tac, tic-tac, acompasadas, repetían las manecillas del reloj. Exactamente el mismo martilleo que replicaba mi cerebro, tic-tac, tic-tac, tic-tac….

Pensé: hubiera sido más piadoso haber nacido sordo.

Y cerré los ojos como quien no quiere ver o se encuentra preso de una culpa. Todo inútil.

Por más que le intentaba conciliar, el sueño a mi deseo se oponía.

Pareciera que una enjambre de hormigas hubiera montado su asamblea anual al borde de mis párpados.

Lo intentaba, juro que lo intentaba.

La misma pesadilla revoloteaba en torno a mí, tan molesta como dicen se comporta una mosca cojonera. A cada sobresalto le sucedía, aún mayor,  otro sobresalto.

Sería al rededor del minuto veinte de las 4 de la mañana que pudo más el cansancio y, al fin, ya me dormí. Poco iba a durar.

Fue exactamente a las 6, AM cuando de pronto pegué un brinco  y salí de mi letargo. Un sonido que repetidamente me había resultado familiar los últimos días estaba a punto de reventar en mis oídos: tam taram traum, tam taram traum, tam taram traum…

Y tam taram traum repetía yo de forma insistente. Hasta que caí en la cuenta. A mí aquella cacofonía me sonaba. Quizás ese tipejo deslenguado, déspota, de cabello oxigenado se habría salido con la suya, me dije. Puse la radio.   America first. “América primero, América primero”, se repetía insistentemente como si el eco también hubiera tomado partido del mensaje a su favor.

Lamentablemente se habían cumplido los maleficios. EEUU había hablado. Presidente: Donald Trump.

Je m’en fous, espeté en francés, escondiendo la cabeza bajo el ala de mis sábanas  al tiempo que, abrazándome a la almohada, apretando con toda la fuerza de que era capaz, sobre mis oídos, me deseaba un muy placentero y feliz sueño.

Hasta el día de hoy. Y es que esta historia ahora mismo aún dudo si es que realmente ocurrió o fue simplemente el fruto de alguna pesadilla.
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Manuel Lara Cantizani

Manuel Lara Cantizani

La rama rota

La rama rota
por la mitad. Y medio
mundo se seca.

Eco fundido.
Copo de nieve muda
en la campana.

Jugar con fuego
en la nieve. Tu aliento,
fumata blanca.

Adriana y Elisa.
En las dos me reflejo.
Hijas-espejo.

La Vía Lactea
flota en los arrozales.
Arroz con leche.

CARTA DE PENÉLOPE A CIRCE

Agua. Me separa de Ulises
tu cuerpo y el suyo sudando amor desnudo
sin orillas.
Demasiada agua.
Su insípido recuerdo vadea seco
por las playas de la memoria.
El porqué de este poema es el mensajero, Telémaco.
Él y tu cariñoso huésped
—fiero engañado—
se creen padre e hijo.
No los desilusiones, no seas bruja.
Además, los labios anónimos que besé a escondidas
se han empapado de olvido
y, te seré sincera, amiga,
no sé bien quién lo engendró.
Mi nuevo amante
—él ha escrito estos versos,
no es héroe, es poeta—
admira al tuyo.
Yo, ya no.
Recuerdos a los cerdos.

CÁNTICO CORPORAL (OTRA VEZ EL MAL AMOR)

Para ser el punto de mira
de mis versos carnales,
de mis versos falsificadores
que cambian, mentirosos,
los restos de tus labios
por otros mejores.
Para estar perdido y encontrado
para unos versos adúlteros
que –no nos engañemos–
no me usan a mí sólo;
para ser importante para mis versos
para el espíritu,
para arrepentirme,
para todo;
el cuerpo del delito,
mi cuerpo.

CARTA DE PENÉLOPE A CIRCE

Agua. Me separa de Ulises
tu cuerpo y el suyo sudando amor desnudo
sin orillas.
Demasiada agua.

Su insípido recuerdo vadea seco
por las playas de la memoria.

El porqué de este poema es el mensajero, Telémaco.
Él y tu cariñoso huésped
—fiero engañado—
se creen padre e hijo.
No los desilusiones, no seas bruja.
Además, los labios anónimos que besé a escondidas
se han empapado de olvido
y, te seré sincera, amiga,
no sé bien quién lo engendró.

Mi nuevo amante
—él ha escrito estos versos,
no es héroe, es poeta—
admira al tuyo.
Yo, ya no.

Recuerdos a los cerdos.
(de Incultura clásica, Casa del Inca, Montilla, 2002).

EL POETA NO ADELANTA, EN BICICLETA, A OTRO DUATLETA

Voy deprisa por la vida. Y mi risa
es alegre, aunque no niego que llevo prisa.
MANUEL MACHADO

Yo, sin dejar el lado erótico de la vida,
en lo último que pienso ahora
es en las mujeres.

A 15 kilómetros del clímax
mi meta no es la meta.

Mi meta es la caricia
de esos dos suaves pechos
de tercera categoría.
La redonda metáfora de sus pezones
me regala
un
descenso irreversible.

Y después, el placer
del vientre liso de una carretera amiga,
la curva insinuando
un túnel
—no virgen—
de paredes lubricadas
por el sudor de otros hombres
más rápidos.
Lo penetro firme.
Y salgo de él y vuelvo a entrar
porque se me ha caído
el bote isotónico, derramando así
toda mi fuerza.

En esta batalla de amor
propio
no busco la meta
—ya lo he dicho.
Corro porque se hace camino
al correr.
Y no estoy solo.
En el horizonte cansado,
el enemigo.
Me acerco, a traición, a otro cuerpo duro
que jadea junto al mío,
que no conozco,
que podría gozar
adelantándolo,
pero que prefiero admirar desde atrás,
sin saber nada de la imagen de su cara,
sin ayudarla a quedar
—con relevos cortos
como besos inexpertos de adolescentes—
primera
en la clasificación femenina.

(de Los 4 elementos, Libros del Consuelo, Béjar, 2004)

AGUAFIESTAS

Atardecen
cándidos lilios gongorinos.
Los arreboles adivinan
su ineludible elegía
y las farolas, exageradas,
escupen ilustración.
El dinamismo de la Naturaleza
invita a tomar
un avión hacia el infinito
del crepúsculo
y yo, jugando a horizonte,
te bajo las bragas
y estropeo
la pureza del idilio.

(de Poemas adúlteros, Cuadernos de Ulía, Fernán-Núñez, 1996)

VERDE

Tus brazos se han abierto,
son bosques y tus senos son bosques.
Tus muslos se han abierto,
son bosques y tu sexo es un bosque.
Estarías desnuda sin ese vestido verde.

(de Yo maté al cisne, Escritores y temas lucentinos, Lucena, 1994)

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Hoy necesito hablar, nadie me escucha,quisiera desnudarte mis palabras,mostrarlas como son, bajo la ducha,saliendo a…
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