YO QUIERO AL SER HUMANO

Mi Poeta sugerido: »Sara Herrera Peralta

EL POEMA… de medio pelo Lee otros poemas de AMOR

 

Yo quiero al ser humano
Le quiero al sanitario que me atiende,
al pobre que mendiga y doy la mano,
a aquel que me desprecia o no me entiende,
y al que huele tan mal que el odio extiende,
carnívoro o vegano.

Le quiero porque sí, que él es mi amigo
y actúo como el buen samaritano
y pongo a quien nos hizo por testigo.
y a todo que se mueve lo bendigo
lo mismo que un cristiano.

Excepto a los farsantes y malajes
así, sin distinción, los quiero a todos,
mas odio a los que cambian de ropajes
propensos a medrar con sus chantajes
borrachos o beodos.

Aquellos que nacieron pa’ jodernos
políticos mediocres, chupatintas,
que van a emborronar nuestros cuadernos,
pues hijos son de puta sempiternos
aun tengan buenas pintas.

Pues que yo amo la paz. Y las caricias
con fuerza, a puñetazos las defiendo.
Y he perdido la fe. Las inmundicias
están por todos lados. Sus milicias
armas andan blandiendo.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Sara Herrera Peralta

Sara Herrera Peralta

documento.

3. m. desus. Instrucción que se da a alguien en cualquier materia, y particularmente aviso y consejo para apartarle de obrar mal.

ENUMERACIÓN

Dicen que en esta casa vivió Sylvia Plath.
Londres es hoy un montón de niebla
con hijos que se entrelazan.

Esta es la vieja trampa de la muerte:
¿a dónde van, con tiento, las voces del enfermo?

Mientras, lo divino invade esta atmósfera,
haciéndose vieja entre azulejos
de una cocina barata.

Ven, toma mi cuerpo,
acaso mañana el temblor.

Sé que el amor salva,
tengo las manos de una mujer enloquecida,
las calles son mías.

Agárrame, voy a contarte
la historia de un fracaso.

Cuando la vida venga a pedirte
que sacrifiques tu piel
y tu vacío,

búscame en la distancia.

Este aire de felicidad
es una venganza.
Mis manos inventan los delitos.

Donde murió el abuelo,

yo hacía croché dos días antes

con lana de color ocre.

Ese
me pareció el mayor castigo del mundo.

PARÍS, MON AMOUR

París era mi abuelo en la distancia
diciendo adiós y cuídate,
el murmullo de la época adolescente.
París era el sueño de tantos
que París fue grande siempre:
la Concorde, Notre-Dame, Sacre Coeur.
Me equivoqué. París era distinta
a la ciudad de las guías que mi madre
había comprado. Aprenderé francés,
me dije, con acento extranjero
delante de un espejo.
Luego llegué con la soledad
de una niña de pueblo, en medio, tan pequeña,
de los parisinos abarrotando la plaza de Châtelet.
París tenía el olor de un panadero gordo
amasando harina de trigo,
olor a café, a libro viejo, olor a lluvia,
a suciedad en el metro, a restaurantes
chinos, libaneses, marroquíes, argentinos,
olor a queso, a crêpe,
a mostaza,
a vino, olor a algo parecido
a un sueño enfrascado y envuelto con un lazo
rojo, gigante, diciendo bienvenida.
París era bullicio, era gente nueva,
era un trabajo, hasta que un día
maldije al señor aquel que me acusó:
ahora venís a robarnos el empleo.
París ha sido tantas cosas
que París tiene que quedarse
a la fuerza en la memoria
de una época que acaba.
He perdido muchas cosas,
pero el balance es positivo, podría decir:
he ganado el amor y he ganado en la lucha,
he ganado en ser más sabia
como los sabios que se contentan
con lo puesto,
he ganado en sentirme yo
en medio de esta ciudad que te persigue,
he ganado porque he aprendido
una lengua
que será siempre ya mía.
He ganado las cosas
que ganan los que pierden:
saber que el miedo es el problema
de la fórmula sagrada,
saber que si no hemos vencido
nos queda a´ún el futuro en la pala
de la mano,
el corazón enraizado en muchas tierras
sin saber qué significado le dan en realidad
a la palabra patria.
He ganado en París todo lo que he pretendido
como una niña que aprende
a anudarse el lazo del zapato,
echa a andar y se deshace.
He aprendido que echar de menos
es el primer deber al salir de casa,
he aprendido a abrazar por el auricular
de los teléfonos,
a reírme de mí misma,
a estar alegre.
He aprendido que la vida es solo instante,
he aprendido a elegir,
o a intentarlo.
París ha sido frío, espeso, y algunos años
no ha tenido ni un verano,
pero puedo decir
que en París he querido parecerme
a Louise Bourgeois adolescente,
a Colette o a Simone de Beauvoir.
De puntillas bajo la lluvia
he bailado junto a la Torre Eiffel
como si alguien hubiese planeado
el fin del mundo.
Llegué también con los brazos abiertos
y en París me estrujaron el corazón
y luego aprendí a calmar el dolor terrible
de lo injusto. Pero debo dar las gracias,
no olvidar que un país se hace casa
tan pronto como una aprende de memoria
los planos del tren y el metro.
Pienso en París amaneciendo
con el pijama puesto, llena de nostalgia,
porque ya no quiero nunca más quedarme sola.
Hacer la maleta pensando en París
es algo parecido a comenzar de nuevo
sin miedo a los idiomas o a los habitantes,
comprender la soledad de los árboles
y reconocer el frío antes de tener que sacar
la ropa de invierno.
Habitaré otras ciudades
y seguiré tachando idiomas y haciendo listas
de sueños y pendientes
y en el balcón seguirán la abuela,
mamá y papá, diciendo, adiós, hasta la vista,
y nosotros de la mano.
He tenido miedo. He crecido en medio
de rincones oscuros y caminos de piedra,
pero París tiene los ojos azules de mi padre
mirándome fijamente y diciendo
mantén el corazón tranquilo,
sonríe a quienes te hagan daño,
no olvides nunca
de dónde vienes.
Por eso París siempre será
un lugar
lleno de gris y hojas muertas,
la ciudad de los edificios señoriales
que yo misma construí sobre cada uno
de los lunares de mi cuerpo.
Por si algún día vuelvo a quedarme sin nada
y tengo que volver,
no me digas au revoir:
nunca me habré ido.

DESPEDIDA

Ven, ya no tengo miedo,
he limpiado mi cuerpo de todos los peligros.
Para despedirnos, cerremos los ojos,
paremos el ritmo de los días,
impidamos que llegue el año nuevo.

LAS MANOS DE MI ABUELA

Las manos de mi abuela,
como ese temblorque pregunta en qué costumbre

y con qué fuerza
se inicia un soliloquio,
un pájaro en la noche
silba a los huidos
y a los muertos pide
que regresen.
Las manos de mi abuela:
esta orfandad,
esta repentina acumulación
de desamparos.

LA FELICIDAD

Que no se enoje la felicidad por considerarla mía.
WISLAWA SZYMBORSKA

Serás mujer.
Serás delgada.
Luego serás normal.
Podrás estudiar
aunque serás secretaria.
Y serás hermosa.
Serás de media estatura.
No usarás tacones.
Serás elegante.
Te casarás.
Antes aprenderás idiomas.
Viajarás a países lejanos.
Ganarás lo justo.
Firmarás una hipoteca.
Conducirás un coche.
Irás al cine.
Fumarás tabaco.
Bailarás en discotecas.
Escucharás las canciones de tus padres
y música electrónica.
Te marcharás pronto a casa.
Tendrás hijos.
Olvidarás tus primeros novios
y tendrás alergias de primavera.

Que no se enoje la felicidad
por considerarla mía.

SECRETO

La desilusión de un poeta,
el más antiguo de los ornamentos.

LA ENFERMA

Lo falso solo tiene sentido
en los hospitales.

Nunca es una palabra que jamás rozará mi piel.
Conozco el dolor. Conozco la pérdida.
En París fui una niña enferma.

Pero me basta el amor.

Si le temo al miedo, una vez fui más allá:
ahora soy una mujer con dos cabezas
y un corazón hinchado.

Tres. Uno, dos y tres cadáveres.

La niña enferma, la niña muerta de miedo.

Mis abuelos hablaban de guerra:

mi venganza, ahora, será vivir.

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Llevo mi alforja al hombro y sus seronesque están hechos de esparto,en ambos emociones yo…

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