A UN TAL PABLO IGLESIAS

»Mi Poeta aquí sugerido: Robin Myers

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Si tú gobernaras, Pablo,
a España repartirías,
y en cada pueblo tendrías
para tu ego un retablo.

Y a la historia pasarías
como un tonto inconsistente,
un labrador que inconsciente
sembró esperanzas baldías.

Que León se unió a Castilla,
de Castilla nació España
y ahora tú con tu guadaña
vas a hacer del leño astilla.

Y en este afán por crear
esta patria hay muchas vidas,
sueños e idas y venidas,
y lágrimas sin parar

para que vengas tú a dar
lecciones propias de un memo
creyéndote un dios supremo
y vuelta a desencajar.

Que el derecho a decidir,
ese bulo, esa falacia,
no traerá más que desgracia
a los que amamos vivir

en paz, amor y armonía,
vecinos libres e iguales,
desoyendo a  carcamales
que dicen la tierra es mía.

Que de izquierdas es lograr
un idioma, una bandera,
y aunque sea una quimera
ser marino en alta mar.
©donaciano bueno

Es compatible ser de izquierdas y al tiempo aceptar los privilegios de unos sobre otros? Clic para tuitear

Ser de izquierdas es trabajar por un mundo mejor en el que todos los habitantes de este planeta sean libres e iguales sin distinción de raza, nacionalidad o credo. El supuesto “derecho a decidir” no es ni más ni menos que la necesidad que tienen algunas gentes de establecer barreras, diferenciarse de los otros, vamos la vuelta al origen, a las tribus.

MI POETA SUGERIDO: Robin Myers

Robin Myers

Otro intento por decir algo más sobre Jerusalén

Los vecinos lo enterraron de noche.
Los soldados miraban
desde la calle ahí abajo.
Los soldados sostenían las linternas.
Era hijo suyo.
Vos y yo, que nunca los tuvimos,
atravesamos los haces de luz
camino a casa.

Puesto de control en Belén

Yo no soy como vos: para una voz
yo sólo tengo un cuerpo
Louise Glück

Ese soldado se hace el muerto. Miles
de hombres se apiñan en los molinetes.
¿Quién se piensa que es?
¿Morirse ahí, en su puesto,
en hora pico,
a la vista de todos?
Él cree que está muerto.
Los hombres, indignados,
se aferran as las barras
esperando su turno.
El soldado murió
con brazos extendidos
a lo largo de la mesa,
un gesto repentino congelado
en la testarudez
del rigor mortis.
Los hombres se apoderan de su lengua
y gritan
y lo insultan en la de ellos.
Él carece de lengua,
no tiene ojos.
Tiene una calavera que se pudre
adentro de su gorra.
Los hombres despotrican e intentan persuadir
y se cansan y escupen y patean los barrotes
como costillas.
La fila se despliega hasta adentrarse
en las entrañas de la tierra.
El sol se eleva.
Más encumbrado, hasta en la muerte,
que el propio sol, sabe el soldado
que la muerte no alcanza,
que también va a pasar,
que exige un tipo de consentimiento
más absoluto
de lo que su rango
podría pretender.
Y sin embargo, mientras está aquí
se siente bendecido,
no sirve para nada,
no es hombre ni palabra,
un fantasma y un huérfano,
irresponsable,
despojado;
si no absuelto,
al menos eximido.
Hasta que:

¡Hijo de puta!

De repente, un milagro.
Una infracción,
una respiración,
entendimiento:
el soldado oye,
el soldado se mueve,
el soldado levanta la cabeza.
Y levanta la mano.
Y una vez más
junta los cinco dedos
de una forma
que sus huesos recuerdan, apretados
según las órdenes reflejas
de su hogar terrenal,
un gesto que, de todos modos,
articula la jerga
preciosa de su paraíso.

¡Esperen!

Y se muere otra vez.

La metafísica de Pedro el heladero

Según lo veo yo, el cielo es otro mundo, nada más,
y yo no soy de ahí.
Vi un programa en la tele acerca de los peces de las profundidades,
que viven tan profundo que casi no son peces, sino apenas
pinchos y lamparitas que relumbran en un lugar extraño.
Nosotros no podemos bajar tanto, excepto en una máquina.
De intentar respirar, nos ahogaría el agua,
y nos aplastaría la oscuridad. Mientras que aquellos peces
se la pasan nadando por ahí, con sus luces intermitentes y sus dientecitos,
comiendo lo que sea que ellos comen,
todas nuestras palabras y los planes que hacemos no nos sirven de nada;
y todas esas sombras y las cosas que brillan,
junto con la comida invisible de los peces,
tienen bastante más sentido que nosotros.
¿Por qué sería diferente el cielo?
Otro país por el que para entrar tenemos que morir,
y donde ya no importan la tierra ni la sangre ni los huesos,
y hay que aprender a parecerse al aire
después de caminar por tantos años.
Cuando a la noche prendo una vela al costado de mi cama,
eso es lo más que llego a parecerme
a los peces de las profundidades.
Se me voló el sombrero un día de viento;
quizá eso se parezca un poquito a volar
o a tener un espíritu o a ser uno. Jamás volví a encontrarlo.
Quizá llegue a algún lado antes que yo,
quizá me quede donde estoy sin él.

Union Square Station

Después de tanto ardor– tanto tratar
de encontrar las palabras y de tocar la carne,
la tibieza de ambas, o tan sólo
una manera de lidiar con sus efectos–,
después de tanto espacio que nos queda
cuando lo buscamos, sin importar si lo encontramos
o no, pienso, parada en la estación desierta
de subte, mientras un chelista solitario
munido de su arco hace que los armónicos
graves retumben por la cueva,
que debe ser deseo esto también:
dirigirse no al músico
(y sin nada de fuego), sino al tren: Sé, lento,
sé lejano. Dejame que me quede
este zumbido visceral
en los pulmones. Obligame a esperar.
No vengas nunca.

Alejandro en el medio del camino

Soy sensato y estoy decepcionado, y ya no sé qué más
podría ser. Las manos se me están reblandeciendo. Corro peligro de
cumplir cuarenta y tres. Soy terco y, además, inteligente;
me paso todo el día acá sentado, quieto; planto eucaliptos
[en macetas,
y casi como un chiste, siempre crecen.
Aprendo rápido. Ahora mismo estoy aprendiendo francés. Creo que
[me enamoro
una vez por semana, por lo menos, y aun así me paso el día
[acá sentado.
Cada vez más, pongo la cafetera pero me olvido de cargarle el agua.
A la noche me duele la espalda al admitirlo.
Quiero desaprender a manejar. Tendría mucho que decir acerca
de mi casa a las tres de la mañana. Abrazo fuerte a mi hijo
hasta que al fin se duerme, y él me ciega, me para el corazón.
Esto no es una broma, tampoco una amenaza, amar de esta manera.
Quisiera irme, pero ¿cómo podría hacerlo? Tardo en desaprender.
Ahora estoy aprendiendo que mi vida
va a parpadear, apenas, como una llama al viento,
y que no habrá un calor abrasador ni una helada aplastante,
sino que la tibieza que pude conseguir o absorbí de algún lado
o fabriqué yo mismo o entregué seguirá su camino por sí sola,
sin importar si yo lo quiero o no. Lo quiero menos y lo quiero más
[que nunca.
Voy a seguir diciendo estas cosas por siempre. ~
Versión de Ezequiel Zaidenwerg

La exnovia de mi novio me corta el pelo en Belén

Hace mucho, él la amó
y por un largo tiempo.
Toma un mechón de pelo mío en un puño.
Arriba, el cielorraso se arquea
como las costillas de una ballena destripada.
Me siento en una silla en el rellano.
Me dice: “No te va a doler ni un poco.”
Cuando me muevo, una mano entonada por el alcohol
me corrige, sosteniéndome la sien.
Está oscuro. Él espera adentro,
como si siguiese el ejemplo
de la luz. No puedo parar de acordarme
de dónde estoy. Al final de la calle
está la panadería que abre de noche, el negocio de la esquina
con sus estantes llenos de Raid y huevos,
la cueva donde Jesús se atragantó
con sus primeras bocanadas de aire mohoso.
La tijera me tira del pelo
y me lo corta apenas
debajo de los hombros. Shhh, tranquila,
dice ella. Está rapada
al ras. Todavía no sé
contar en su idioma.
Después voy a aprender y a olvidarme de nuevo.
Listo, anuncia con
una brusquedad que es casi ternura.
Mucho mejor. El camión que reparte
las garrafas de gas canta su triste canción.
Empieza a llover. Ella enciende
otro cigarrillo. Adentro,
él me toca la frente,
sonriendo, y parece sorprendido,
el espejo de su cara oculta
si estoy cambiada o estoy
exactamente igual. ~

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