DE HIGOS A PERAS

Efraín Huerta (sugerido)
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Yo sé que tú no estás porque te veo
que sigues una dieta adelgazante,
que das un paso atrás y otro adelante,
e incluso estando ausente en el recreo
eres un comediante.

Yo sé que siendo sabio eres un lerdo
que el cuello no te llega a la camisa,
lo sé pues los domingos vas a misa,
después si yo te he visto no me acuerdo
que lento vas deprisa.

Y así que seas sincero eres farsante,
pues tienes corazón, no sentimientos,
llamadas al amor son esperpentos
que expulsas sin que nada te atragante
verdades que son cuentos.

Alertas pues, que están adormiladas,
no encuentran quien les mime, quien les quiera,
se muestran cual ratón en la fresquera
haciéndole al soñar malas trastadas
pues van de higos a peras.
©donaciano bueno

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Efraín Huerta

LA MUCHACHA EBRIA

Este lánguido caer en brazos de una desconocida,
esta brutal tarea de pisotear mariposas y sombras y cadáveres;
este pensarse árbol, botella o chorro de alcohol,
huella de pie dormido, navaja verde o negra;
este instante durísimo en que una muchacha grita,
gesticula y sueña por una virtud que nunca fue la suya.

Todo esto no es sino la noche,
sino la noche grávida de sangre y leche
de niños que se asfixian,
de mujeres carbonizadas
y varones morenos de soledad
y misterioso, sofocante desgaste.

Sino la noche de la muchacha ebria
cuyos gritos de rabia y melancolía
me hirieron como el llanto purísimo
como las náuseas y el rencor,
como el abandono y la voz de las mendigas.

Lo triste es este llanto, amigos, hecho de vidrio molido
y fúnebres gardenias despedazadas en el umbral de las cantinas
llanto y sudor molidos, en que hombres desnudos, con sólo negra barba
y feas manos de miel se bañan sin angustia, sin tristeza:
llanto ebrio, lágrimas de claveles, de tabernas enmohecidas,
de la muchacha que se embriaga sin tedio ni pesadumbre,
de la muchacha que una noche
y era una santa noche me entregara su corazón derretido,
sus manos de agua caliente, césped, seda,
sus pensamientos tan parecidos a pájaros muertos,
sus torpes arrebatos de ternura,
su boca que sabía a taza mordida por dientes de borrachos,
su pecho suave como una mejilla con fiebre,
y sus brazos y piernas con tatuajes,
y su naciente tuberculosis,
y su dormido sexo de orquídea martirizada.

Ah, la muchacha ebria, la muchacha del sonreír estúpido
y la generosidad en la punta de los dedos,
la muchacha de la confiada, inefable ternura para un hombre,
como yo, escapado apenas de la violencia amorosa.

Este tierno recuerdo siempre será una lámpara frente a mis ojos,
una fecha sangrienta y abatida.

¡Por la muchacha ebria, amigos míos!

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