LA VIDA ES BELLA

Poeta sugerido: Romeo Murga

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Este que aquí lo es de estos versos el sujeto,
humilde caminante, tenaz aventurero,
hoy va desandando poco a poco su sendero,
ya tantas veces acelerado, siempre inquieto.

En este intenso peregrinar por su camino,
ha visto entristecerse a las hojas otoñales,
olorosas, las ramas de eucalipto y rosales,
y doloroso llenar de espinas su destino.

Caminante, errante sin hogar, audaz viajero,
deambulando desnudo en la senda de la vida
entre zarzas, malezas, jaral ¡yemas heridas!
adornado su penar de algún amor sincero.

Ahora su corazón galopa entre la niebla
-llorando va en tenebrosa noche sus tormentas,
aquellas ilusiones que aparecieran muertas-.
¡Cuida que acechando amenazan las tinieblas!

Caminante en tu camino no debes olvidar
que en el cielo lindas resplandecen las estrellas,
que nuestro itinerario es un mero transitar,
queda mucho por andar y que ¡la vida es bella!.
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Romeo Murga

Romeo Murga

Elegía en recuerdo de mi infancia

Yo no sé donde está mi camino de rosas,
ni ese ancho cielo suave que miraron mis ojos.
¿Qué mano despiadada, sobre el camino en sombras
……… echó siembra de abrojos?

Hoy que el ayer no existe, se me ha muerto el gozoso
tiempo de las auroras fragantes y encendidas.
más que una edad efímera de divino alborozo
……… se me ha muerto una vida.

Se me ha muerto una vida mía,
vida de juegos y alegría
bajo el sol de los mediodías
……… del verano;
vida de risas transparentes,
y de beber en las vertientes
con el hueco de nuestras manos…

En esta evocación de lo que ya no es mío,
las alegrías viejas son mis nuevos dolores.
El presente de sombras diluye en su vacío
el son de las campanas y el olor de las flores.

Campanas de la escuela, que vibraron
cristalinas y frescas en el patio de sol.
Flores de aquel jardín que recorrió, cantando,
mi infancia, conducida por la mano de Dios.

Flores. Campanas. Juegos bajo la luna nueva.
Vida que nos inunda con ardientes efluvios.
Y la divina amada de doce años, que lleva
la mirada del sol sobre sus rizos rubios.

¡Haber podido hacer eternos los instantes
de esa aurora perdida,
y con los ojos húmedos y el corazón fragante,
haber quedado niños, para toda la vida…!

Una tristeza fiel

Una tristeza fiel cubre mi vida;
pálido cielo sobre tierra negra.
De esa tristeza suave, vive mi alma.
¿Qué sería de mí sin mi tristeza?

¿Qué sería de mí sin esta clara,
sin esta pálida melancolía,
que me llena de sueños y me libra
de la vulgaridad de la alegría?

Entre la angustia y el hastío largos,
como un camino, mi tristeza empieza;
cruza mi vida y se prolonga al cielo.
¿Qué sería de mí sin mi tristeza?

Yo la quiero, y mi amor la inunda entera,
y su pequeño amargor endulzara.
De frente al sol, mi espíritu la apura
como una clara copa de agua clara.

En mi silencio y en mis soledades,
mi tristeza es amable compañera.
Llena de suavidad las horas torvas
y hace dulces las horas de la espera.

Me embriaga de emociones y de cantos,
esta tristeza noblemente triste;
como tu amor, mujer, y como todas
las trémulas palabras que me diste.

Yo la busco en mis albas y en mis tardes,
y en el cansancio de mis noches negras;
y siento pena, cuando no estoy trisfe,
de que no esté conmigo mi tristeza.

Porque ella es mi descanso, entre una angustia
y una mala alegría que me pesa.
Es ella mi descanso, eternamente.
¿Qué sería de mí, sin mi tristeza?

Invocación

No, Señor Jesucristo, yo no soy como todos.
Yo pronuncio tu nombre con honda devoción.
Aunque arrastre mi cuerpo sobre todos los lodos,
alzo como una hostia roja mi corazón.

Y la elevo hasta Tí, hasta tu crucifijo
que aún guarda las heridas de la Santa Pasión.
Tú me habrás de mirar como se mira a un hijo:
Yo soy un hijo pródigo que te pide perdón.

Perdón por los que llevan el dolor de su vida
sin buscar tu dolor en los torvos recodos.
Yo mantengo por ellos mi lámpara encendida,
y aunque todos te nieguen, yo te afirmo por todos.

Perdón por el suicida que fué también cobarde,
y por el pobre esclavo de una mala pasión.
Por quien luego te olvida, por quien te busca tarde,
y por quien no te busca, perdón, perdón, perdón.

Por mi cuerpo doliente, tosco vaso de tierra
que envuelve la lujuria con sus llamas malditas
Cuando la carne mata todo el goce que encierra,
en el silencio enorme, eres Tú quien nos grita

Por mis manos, morenas serpientes voluptuosas
que fueron tentación para la frágil Eva;
y mis pies, lastimados de zarzas dolorosas,
que cada día fueron por una zarza nueva.

Por mi boca que supo morder los rizos blondos
y que a todos los besos les salía al encuentro;
y mis ojos, que fueron tras los deseos hondos,
desde aquellos caminos que llevamos adentro…

Yo soy el hombre silencioso

Yo soy el hombre silencioso,
silencioso para cantar.
No sé del grito, del sollozo
ni del ronco rumor del mar.

Mi voz ungida en suavidades,
que canta lo triste y lo mío,
irá a través de las edades
como el rumor de un claro río.

No quiero que mi voz herida,
ni que mi canción dolorida,
por sobre los humanos yerros,
………. dolor derroche;
tal el ladrido de los perros
……… en la noche.

Mi dolor es hondo y eterno,
pero en mi canto se hace leve,
frente a la alegría encendida;
es un albo copo de nieve
para las llamas de la vida.

Mi voz no ha de amargar la fiesta
de los que se embriagan en esta
……… vida mortal;
de mi corazón al abrigo,
yo me quedo solo conmigo
……… y con mi mal.

No turbaré el albo reposo,
ni el alborozo jubiloso
de los que se entregan a amar.
En mí no hay grito ni sollozo.
Yo soy el hombre silencioso
……… para cantar.

Madres de los poetas

Madres de los poetas que en el pasado han sido,
vengo a hablar con vosotras de vuestros hijos tristes.
Carne doliente, en vuestras entrañas han dormido
………. y no los conocísteis.

Madres de los poetas que en el presente son,
con vuestra eternidad de ternuras y arrullo
calmaréis a los mares y al viento arrasador,
………. pero nó al dolor suyo.

Madre de los poetas que mañana serán,
sobre la tierra fría se perderán sus pasos;
buscarán nuevas sendas, y nunca dormirán
………. sobre vuestros regazos.

Madres de los poetas que son, serán, y han sido,
garganta de esos cantos, surco de esas semillas,
árbol que no dió flores y que en otoño ha visto
dispersarse a lo lejos sus hojas amarillas.

Vosotras que supísteis su inocencia primera,
gritad que fueron buenos y que amaban a Dios.
Grande fue su pasión por la carne terrena,
………. pero más grande fue su amor.

Llorad por sus dolores y sus ansias secretas,
por sus manos crispadas y por sus alas rotas.
Llorad por vuestros hijos, madres de los poetas,
que yo, por consolaros, lloraré con vosotras.

Oración a San Luis

Mi oración, San Luis de Gónzaga,
llegue hasta tu virginidad.
Con tu divino aliento, apaga
mi hoguera de sensualidad.

Tú, San Luis que nunca supiste
del hondo deseo saciado;
tú, San Luis, que jamás mordiste
la dulce fruta del pecado;

y que ahuyentaste la lascivia
con tu virtud santificada,
y nunca probaste la tibia
caricia de la carne amada;

dame tu gracia transparente,
y hazme puro como tu voz,
sin mi pasión de adolescente
y lleno de gracia de Dios.

Y para que la carne triste
no me seduzca con su ardor,
díme tú, que jamás bebiste
del rojo vino del amor,

como es efímera la fuerte
gloria de la carne rosada,
y como después de la muerte,
no queda, nada, nada, nada…

La lejana

Como el sendero blanco porque vuela mi verso,
eres tú, toda llena de cosas lejanas.
Llevas algo de extraño, de sutil y disperso
como el polvo que dejan atrás las caravanas.

Amas la lejanía y eres la lejanía.
No has soñado jamás con la paz de tus lares.
Tienes el gesto claro y la blanca osadía
de las velas que parten hacia todos los mares…

Tdo camino sabe de tu huella. Los montes
y el viento te desean. Tú -sin saber, acaso-
reclinas tu cabeza sobre los horizontes,
……… como sobre un regazo.

Y otra vez al camino, al viaje comenzado,
a las cosas lejanas del dolor y la muerte.
Si alguna vez, mujer, pasaras por mi lado
………. yo no podría detenerte.

Me quedaría inmóvil. No me querria asir
a tu pálida veste de ensueños y de azahares;
sólo por la tristeza de mirarte partir,
como una vela blanca, hacia todos los mares…

Morena

Morena de ojos negros, como la noche negra
desde donde han venido mis temblorosos pasos.
Morena, la romántica, la pequeña y risueña,
cuyo cariño duerme como un niño, en mis brazos.

Dulcemente morena, como la sombra humilde
de tus livianos rizos en tus leves ojeras.
Morena, suavemente, como el reflejo que hacen
las ondas de tu crespa y oscura cabellera.

Morena como el alma de la noche más diáfana,
como el rostro invisible del silencio y la pena.
Morena como el sueño, como la sombra, y como
la cara eternizada de la tierra morena.

Morena, pero llena de claridad divina.
Morena, pero hermana de la alborada rubia.
Tras largas horas grises, amaneciste en mi alma,
como un día de sol, tras un día de lluvia.

Morena, pero es luz tu mirada y tu acento,
y ese gesto infantil que de gracia te llena.
Morena; pero alumbra las sombras de los hombres,
como un sol infinito, tu sonrisa morena.

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