YO CONFIESO…

»El Poeta sugerido: Mariano Melgar

 

Confieso que he vivido…
plácidamente recostado en una nube,
obsesionádamente observando cómo ésta baja o sube,
haciendo caso omiso a lo que a mi alrededor ocurre.

Confieso que he vivido…
pensando que pensaba, soñando que soñaba, sintiendo que sentía,
en una enorme y permanente fantasía,
sin ser plenamente consciente de lo que en el mundo hacía.

Confieso que he vivido…
huyendo de la terrible hipocresía.
Intentando conjugar lo que decía y lo que hacía
sin conseguir que ambos hechos navegaran en la misma sintonía.

Confieso que he vivido…
preso mi corazón de tantas emociones,
de dimes y diretes, adulaciones, cuchicheos y tantas sinrazones,
de voluntad ausente para tomar mis propias decisiones.

Confieso que he vivido…
haciendo trampas en el solitario de mi vida,
de mis deseos cautivo, obsesiones, impulsos y manías,
atrapado en la tela de araña de mi esencia descosida.

Confieso que he vivido…
vendiendo mi alma al diablo en cada instante,
predicando humildad y disfrutando de una vida confortante,
traicionando lo que digo y lo que hago como el mayor farsante.

Confieso que he vivido…
buscando al infinito Dios desesperadamente,
escudriñando con pasión los misterios de mi mente
o, quizás, más cercano intentado encontrarlo entre la gente
sin haber logrado satisfactoria ninguna respuesta hasta el presente.

Confieso que he vivido…
y ahora me corresponde hacer el último relato de mi historia,
rememorando momentos intensos que guardo en la memoria
y con valor y coraje mirar al frente. Es mi dedicatoria.
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Mariano Melgar

Mariano Melgar

¿Por que a verte volví, Silvia querida?

(Elegía I)

¿Por qué a verte volví, Silvia
querida?
¡Ay triste! ¿para qué? ¡Para trocarse
mi dolor en más triste despedida!

Quiere en mi mal mi suerte deleitarse;
me presenta más dulce el bien que pierdo:
¡Ay! ¡Bien que va tan pronto a disiparse.

¡Oh, memoria infeliz! ¡Triste recuerdo!
Te vi… ¡qué gloria! pero ¡dura pena!
Ya sufro el daño de que no hice acuerdo.

Mi amor ansioso, mi fatal cadena,10
a ti me trajo con influjo fuerte.
Dije: «Ya soy feliz, mi dicha es plena».

Pero ¡ay! de ti me arranca cruda suerte;
este es mi gran dolor, este es mi duelo;
en verte busqué vida y hallo muerte.15

Mejor hubiera sido que este cielo
no volviera a mirar y sólo el llanto
fuese en mi ausencia todo mi consuelo.

Cerca del ancho mar, ya mi quebranto
en lágrimas deshizo el triste pecho;20
ya pené, ya gemí, ya lloré tanto

¿Para qué, pues, por verme satisfecho
vine a hacer más agudos mis dolores
y a herir de nuevo el corazón deshecho?
De mi ciego deseo los ardores
volcánicos crecieron, de manera
que víctima soy ya de sus furores.
¡Encumbradas montañas! ¿Quién me diera
la dicha de que al lado de mi dueño,
cual vosotras inmóvil, subsistiera?

¡Triste de mí! Torrentes, con mal ceño
romped todos los pasos de la tierra,
¡piadosos acabad mi ansioso empeño!

Acaba, bravo mar, tu fuerte guerra;
isla sin puerto vuelve las ciudades;
y en una sola a mí con Silvia encierra.
¡Favor tinieblas, vientos, tempestades!
pero vil globo, profanado suelo,
¿es imposible que de mí te apiades?

¡Silvia! Silvia, tú, dime ¿a quién apelo?
no puede ser cruel quien todo cría;
pongamos nuestras quejas en el cielo.

Él solo queda en tan horrible día,
único asilo nuestro en tal tormento,
él solo nos miró sin tiranía.

Si es necesario que el fatal momento
llegue… ¡Piadoso Cielo! en mi partida
benigno mitigad mi sentimiento.

Lloro… no puedo más… Silvia querida,
déjame que en torrentes de amargura
saque del pecho mío el alma herida.

El negro luto de la noche oscura
sea en mi llanto el solo compañero,
ya que no resta más a mi ternura.

Tú, Cielo Santo, que mi amor sincero
miras y mi dolor, dame esperanza
de que veré otra vez el bien que quiero.

En sola tu piedad tiene confianza
mi perseguido amor… Silvia amorosa.
El Cielo nuestras dichas afianza.

Lloro, sí, pero mi alma así llorosa,
unida a ti con plácida cadena,
en la dulce esperanza se reposa,
y ya presiente el fin de nuestra pena.

Yaraví

¡Ay, amor!, dulce veneno,
ay, tema de mi delirio,
solicitado martirio
y de todos males lleno.

¡Ay, amor! lleno de insultos,
centro de angustias mortales,
donde los bienes son males
y los placeres tumultos.

¡Ay, amor! ladrón casero
de la quietud más estable.
¡Ay, amor, falso y mudable!
¡Ay, que por causa muero!

¡Ay, amor! glorioso infierno
y de infernales injurias,
león de celosas furias,
disfrazado de cordero.

¡Ay, amor!, pero ¿qué digo,
que conociendo quién eres,
abandonando placeres.
soy yo quien a ti te sigo?

Yaraví II

Por más que quiero
De la memoria
Borrar la gloria
Que poseí;
Por todas partes
Cruel me persigue:
Siempre me sigue,
Siempre ¡ay de mí!

Procuro en vano
No dar oído
A aquel sonido
Que un día oí,
Cuando mi prenda
Juró ser mía
Y me decía:
« Seré de ti ».

Su voz entonces
Fue mi contento,
Su juramento
Me hizo feliz;
Mas sus recuerdos
Me son mortales,
Y entre mil males
Llego a gemir.

¿Por qué ha perdido
Su fiel firmeza,
Y su promesa
Olvido ruin?
Cuando yo fino
Más la quería,
Me borró impía
Del pecho vil.

Esta inconstancia
Cruel y severa
Calmar debiera
Mi frenesí.
Pero sólo hace
Que se acreciente
Mi llama ardiente,
¡Llama infeliz!

Amor infame,
Dime ¿hasta cuándo
Quieres vil mando
Tener en mí?
Borra a esa ingrata
Del pecho mío,
No más impío
Me hagas morir.

Yaraví III

La prenda mía,
en quien tenía
puesto mi gusto,
hoy me persigue
con odio injusto.

Ya yo en sus ojos
sólo hallo enojos;
cuando antes era
su vista sola
mi dicha entera.

Ya su voz suave
llenar no sabe
mi triste oído;
sus dulces ecos
ya se han perdido.

Murió el acento
en que el contento
tuve cifrado,
ya no me dice:
«Tú eres mi amado»

Si me escuchara
yo le clamara:
«¡Siempre eres mía!»
Y quizá entonces
se apiadaría.

Pero enojada
mi prenda amada
oírme no quiere.
Ya mi esperanza
del todo muere.

Prenda querida,
por quien la vida
me quita el llanto,
¿Por qué me tratas
con rigor tanto?

Daré contento
mi último aliento
si esto has querido;
pero no digas
que infiel he sido.

Deme la muerte
tu mano fuerte
con dardo impío,
como al matarme
digas: «Es mío!»

Y por divisa
de mi ceniza
pongas delante:
«Bajo esta losa
yace mi amante».

Yaraví IV

Vuelve que ya no puedo
vivir sin tus cariños,
vuelve mi palomita,
vuelve a tu dulce nido.

Mira que hay cazadores
que con intento inicuo
te pondrán en sus redes
mortales atractivos;
y cuando te hagan presa
te darán cruel martirio.
No sea que te cacen,
huye de tanto peligro.
vuelve mi palomita,
vuelve a tu dulce nido.

Ninguno ha de quererte
como yo te he querido,
te engañas si pretendes
hallar amor más fino.
Habrá otros nidos de oro,
pero no como el mío:
por quien vertió tu pecho
sus primeros gemidos.
vuelve mi palomita,
vuelve a tu dulce nido.

Bien sabes que yo
siempre en tu amor embebido,
jamás toqué tus plumas
ni ajé tu albor divino,
si otro puede tocarlas
y disipar su brillo
salva tu mejor prenda,
ven al seguro asilo.
Vuelve mi palomita,
vuelve a tu dulce nido.

¿Por qué, dime, te alejas?
¿Por qué con odio impío
dejas un dueño amante
por buscar precipicios?
¿Así abandonar quieres
tu asiento tan antiguo?
¿Con que así ha de quedarse
mi corazón vacío?
Vuelve mi palomita,
vuelve a tu dulce nido.

No pienses que haya entrado
aquí otro pajarillo;
no, palomita mía,
nadie toca este sitio.
Tuyo es mi pecho entero,
tuyo es este albedrío,
y por ti sola clamo
con amantes suspiros.
Vuelve mi palomita,
vuelve a tu dulce nido.

Yo solo reconozco
tus bellos coloridos,
yo solo sabré darles
su aprecio merecido,
yo solo así merezco
gozar de tu cariño,
y tú, sólo en mí puedes
gozar días tranquilos.
Vuelve mi palomita.
vuelve a tu dulce nido.

No seas, pues, tirana,
haz las paces conmigo,
ya de llorar cansado
me tiene tu capricho,
no vueles más, no sigas
tus desviados giros,
tus alitas doradas
revuelvan que ya expiro.

Vuelve que ya no puedo
vivir sin tus cariños,
vuelve mi palomita,
vuelve a tu dulce nido.

Yaraví V

«Donde quiera que vayas
te seguiré, mi dueño»
Así en eco halagüeño
mi bien me consoló.
¡Oh suave, oh dulce acento!
Pero ¿para qué canto?
Callado, placer tanto
guste mi corazón.

Yaraví VI

Sin ver tus ojos
mandas que viva
mi pecho triste;
pero el no verte
y tener vida
es imposible.

Las largas horas
que sin ti paso
son insufribles.
Vivo violento,
nada me gusta,
todo me aflige.

El sol me envía
para alegrarme
luz apacible;
mas si no trae
tu imagen bella,
¿de qué me sirve?

En mi retiro
aguardo solo
hasta que viste
de negro luto
el orbe entero,
la noche horrible.

Mientras los astros
van silenciosos
al mar a hundirse,
yo revolviendo
estoy las penas
que el pecho oprimen.

En mi desvelo
mi amor y pena
suelo decirte;
pero estás lejos,
no oyes mi llanto
ni por mí gimes.

Por largas horas
mi amarga queja
mi alma repite,
hasta que el cielo
para mal mío
de luz se viste.

Entonces veo
ser todavía
más infeliz,
porque el desahogo
que me da el llanto
la luz me impide.

¡Ay! Así vivo,
dando a mi pena
giros horribles;
y así muriera
si eterna fuese
la ausencia triste,

Hacer tú puedes,
¡ay vida mía!
que yo respire,
amando fina
a quien tan solo
de tu amor vive.

Yaraví VII

¿Con que al fin, tirana dueña,
tanto amor, clamores tantos,
tantas fatigas,
no han conseguido en tu pecho
más premio que un duro golpe
de tiranía?

Tú me intimas que no te ame
diciendo que no me quieres.
¡Ay vida mía!
¡Y que esa ley tan tirana
tenga de observar perdiendo
mi triste vida!

Yo procuraré olvidarte,
y moriré bajo el yugo
de mis desdichas;
pero no por eso juzgues
deje de hacerte sentir
mis justas iras.

Muerto yo, tú llorarás
el error de haber perdido
un alma fina;
que aún muerto sabrá vengarse
éste mísero viviente
que hoy tiranizas.

A todas horas mi sombra
llenará de mil horrores
tu fantasía;
y acabará con tus gustos
el melancólico espectro
de mis cenizas.

Yaraví VIII

Ya mi triste desventura
no deja esperanza de tener
alivio;
y el buscarlo sólo sirve
para darme el tormento de mirar
lo perdido.

En vano huiré buscando regiones
donde olvidar a mi dueña
querida.
Con la distancia tendrá mi pecho
sus recelos y su amor
más fijos.

Lloraré cuando estés lejos mis males,
y emitiré los más tristes
gemidos,
y no tendré el consuelo de verte,
ni de que sepas mis crueles
martirios.

Decidme querida dueña:
¿que causa pudo mudar ese pecho
tan fino?
No te mueve a compasión el verme
que huyendo de tus crueldades
expiro?

¿Con qué corazón oirás decir
que por ti murió quien firme
te quiso?
No seas, amada prenda,
no seas de mi desdichada vida
cuchillo.

Soneto

No nació la mujer para querida,
por esquiva, por falsa y por mudable;
y porque es bella, débil, miserable,
no nació para ser aborrecida.

No nació para verse sometida,
porque tiene carácter indomable;
y pues prudencia en ella nunca es dable,
no nació para ser obedecida.

lo que es flaca no puede ser soltera,
porque es infiel no puede ser casada,
por mudable no es fácil que bien quiera,

Si no es, pues, para amar o ser amada,
sola o casada, súbdita o primera,
la mujer no ha nacido para nada.

Soneto

A Silvia

Bien puede el mundo entero conjurarse
contra mi dulce amor y mi ternura,
y el odio infame y tiranía dura
de todo su rigor contra mí armarse.

Bien puede el tiempo rápido cebarse
en la gracia y primor de su hermosura,
para que cual si fuese llama impura
pueda el fuego de amor en mí acabarse.

Bien puede, en fin, la suerte vacilante,
que eleva, abate, ensalza y atropella,
alzarme o abatirme en un instante;

que al mundo, al tiempo y a mi varia estrella,
más fino cada vez y más constante,
les diré: “Silvia es mía y yo soy de ella”.

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