MENUDO LABERINTO

Mi Poeta sugerido: »Víctor Jiménez Guerrero

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Es noticia, perdón, ya no es noticia
que se ignora la vía en la que vamos,
y aunque infausta es la etapa en la que estamos
túnicas parecieran de novicia.

Y avanzamos así de pifia en pifia
sin se sepa quizás donde está el norte
la manada de acólitos, cohorte,
demostrando sus ansias de codicia.

Más se dice, se opina, más se ignora,
menos se sabe, acaso dios lo sepa,
parece se tratara de algún trepa
mofando de su pueblo que le implora.

Pobre Patria, menudo laberinto
enfangada que estás hasta las cachas
por progreso se dicen y otros fachas
gozando al mismo sol pero distinto.
©donaciano bueno

Los cuatro jinetes del Apocalipsis, Rajoy, Sánches, Iglesias y Rivera, por orden de actuación, mareando la perdiz mientras los ciudadanos expectantes observan atónitos el espectáculo.

MI POETA SUGERIDO: Víctor Jiménez Guerrero

Víctor Jiménez Guerrero

Abril

Como la brisa apareció en la tarde
de aquella tibia calle con naranjos.
A mi encuentro venía lentamente,
como si no quisiera llegar nunca
o buscara quién sabe qué misterio.
Por fin llegó a mi altura y se detuvo
-justo cuando esperaba su pregunta
con ese rubio acento de ojos claros
que tienen las muchachas extranjeras-
a coger unas flores de azahar,
hasta entonces tan lejos, de tan cerca.
Después siguió despacio su paseo
sin mirarme siquiera, en sus asuntos.
Y me alejé sabiendo que yo supe
por ella que volvió la primavera.

Como lumbre

Con la luna has llegado hasta el umbral
sin que a tu voz ladraran mis mastines.
Segura y fácilmente
has abierto la puerta
de mis ojos,
como si siempre hubieran sido tuyos.
Luego, en silencio -mientras iban
cayendo
una
a una
todas tus prendas en el suelo-
el lóbrego pasillo que sube al corazón.
Y, por fin, has entrado
desnuda, como lumbre.
Con las manos abiertas
yo te esperaba en sombra,
solo en la soledad de mi vigilia.
Y encendiste la luz con sólo un beso.

El atajo

No es que yo viva para la añoranza
ni que, a menudo, ande cabizbajo
pero, si alguna vez se viene abajo
mi corazón y pierdo la esperanza,

si retrocede la ilusión y avanza
sombrío el desaliento, no hay atajo
mejor, para ponerme a salvo bajo
el cielo, que volver a la bonanza

de aquella luz, de aquella primavera,
de aquel tiempo de sueños sin frontera
cuando nada se sabe de la muerte.

No es que yo viva para la memoria,
pero el agua de ayer me sabe a gloria
cuando mi corazón no está de suerte.

Flor de un día

Si siempre ha sido flor
de un día la esperanza
y hasta la piel que tocas
mañana será nada;

si todos somos nadie
y nadie supo nunca
que fuera más que sombra,
que fuera más que duda;

si ni siquiera sé
si aún nos queda tiempo,
¿qué me quieres pedir?
Para darte, ¿qué tengo?

Por no decirte amor,
dolor, ¿te digo olvido?
Por no decirte vida,
herida, ¿qué te digo?

La vida

Del alba a la agonía
la vida es duda. ¿Acaso
pena? No viene al caso
hablar de la alegría.

Solo o en compañía
lo mismo, paso a paso:
mañana, tarde, ocaso…
y nada cualquier día.

Del alba a la amargura
hay tal vez lo que dura
sólo la primavera.

Después la vida pasa
de todo. Y no se casa
con nadie aunque la quiera.

La dicha

Tal vez la dicha sea, entre otras cosas
cotidiana y hermosamente simples,
venir, como esta tarde, a recogerte,
a la salida del colegio, ¿sabes?,
y bajo el sol dorándose en tu pelo,
llevarte de la mano y sorprenderme,
como si del olvido regresara,
de ver que ya me llegas justo al pecho
y de lo mucho que a ella te pareces;
y al aire nuevo de la primavera,
pasear por el parque y de palomas
llenarme el corazón y la mirada
cuando alegre me cuentas que sacaste
un siete en Naturales y que Bea
te ha invitado a su fiesta de cumpleaños.
Acaso sea la dicha, como tú,
una niña traviesa que se esconde
detrás de una caricia o de la puerta
de esta cafetería donde estoy
merendando contigo mientras Laura
Pausini, tu cantante preferida,
se pregunta en estéreo ¿POR QUÉ NO?

La arriada

Mana recuerdos tibios
la tarde de noviembre
mientras sobre la cama
me acostumbro a la muerte.
Acodado y absorto,
un niño, desde el puente,
contempla, al sol, las barcas.
Con ojos transparentes
el niño mira, y tiembla
el agua en las paredes.
Con las aguas del río,
del mar y de la fuente,
con las aguas del cielo
lo que se fue nos vuelve.
Sigue lloviendo y sigo
haciéndome a la muerte.
Con la lluvia verdean
los recuerdos de siempre.
Humeante y veloz
pasa un tren bajo el puente
y en su estela de humo
a lo lejos se pierde
sin dejar lejanía.
En mi pecho inocente,
de niño, qué milagro,
qué alegría, qué suerte
no saber cuánta vida
se nos va con los trenes.
Y después, cuánta lumbre
apagada en la nieve.
Como un perro de sombra,
¿quién una, algunas veces
no dejó vagabunda
el alma en los andenes?
Se empañan los cristales
del recuerdo. Me vence
el sueño. El niño va
cayendo en la corriente.
Nada. Nada después
más triste. Lentamente,
en las aguas del tiempo,
como el gozo fue hundiéndose.
La lluvia va amainando,
apenas casi llueve.

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