¡POBRE HUMANIDAD!

Poeta sugerido: Sergio Badilla

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Se oyen sones, timbales y gritos
cual si fuera a explotar la fanfarria
y en el juego viral de pandarria
enardecen fuegos inauditos.

Amenazan tambores de guerra
en las trémulas aguas fecales
donde ríos rugen a raudales
que amenazan la faz de la tierra.

Cada cual adora a un dios distinto,
sólo velan por sus intereses
evitando al gozar de sus mieses
que otros beban mismo vino tinto.

Tenebrosas las luces se apagan
imposible es aunar esperanzas,
cada uno bailará sus danzas
que a su orgullo y a su ego le halagan.

Todos quieren ser muy diferentes,
que se aprecien distintos de al lado.
Mientras siga habiendo este pecado
condenadas serán nuestras gentes.
©donaciano bueno.

Todo el mundo rema en la dirección contraria a la del de al lado. Todos defendiendo sus derechos. Como es lógico, así no se puede ir a ninguna parte.

POETA SUGERIDO: Sergio Badilla

Sergio Badilla

Río venerable

Nos hemos apropiado de una ciudad sin nombre.
cerca de un río.
Las luces se desvanecen en la largura de la tarde
aunque aún sueño con la extranjera que se bañó desnuda
esa mañana en Varanasi.
Me escapo entonces bajo una densa bruma
mientras el sol se desangra y agoniza.
Oye tú! me dice un viejo con una sarta de pescados a cuestas
Tu madre ha partido al lago de las escarchas
y pasará unas cuentas noches entre el Sheol y el fuego
Pierdo la calma y no encuentro el camino
hacia mi casa.
Ella no volverá pero quizás el relámpago
alcance mi recuerdo en su alma

Biblioteca de Éfeso

Insinúas acaso la Biblioteca de Éfeso.
Allí leíamos nuestros primeros papiros
a Homero aunque ciego
con esa inmensa fama
Y Tales explicando sus teoremas
tan extravagante como sabio
de Mileto ante una mampara.

Insinúas que estuviste también en el anfiteatro
ufano con los gerontes de la polis
y después volviste a las termas de Vario a esconderte de la gente
como si los efesios no se dieran cuenta Pablo
no se dieran cuenta
que andabas con tus epístolas bajo el brazo.

Estatua de Lenin en Hanoi

Los muchachos juegan a la pelota bajo la estatua de Lenin
a la luz de los relámpagos que huyen de la tarde
mientras una cascada de lluvia busca asilo entre los árboles viejos
en la calle Dien Bien Phu.
Los rencores son histerias del pasado
mímicas sin rostro
tras una parva de huevos de Hong Bang
con sus siete dragones
en el lago Thi
La tierra sigue fecunda casi preñada
cerca de la casa de la poeta Ba Huyen Thanh Quan
cuando la era se derrumba en su propia razón
como deshonrada grulla.
El azar es un golpe errático para el que
se descamina ante la incoherencia
entretanto los monjes oran en el templo de Buda
para que los mandarines no se arrodillen ante la familia Ly
ni ante sus descendientes escarlatas.
Me excluyo de esa cuantiosa deuda.
Los enemigos comen hoy en una misma mesa
no esconden sus cataduras en la noche del Mekong
o en la llanura de la heredad violada
porque es hora de garzas y sonajeras
en los nidos de las mirtáceas
de la calle Dien Bien Phu.

Stagnelius

Es cierto que Stagnelius es un poeta ermitaño
en su fragmento de Estocolmo
silenciado en su disfrazada asimetría
en las noches de Södermalm
– La vida es un trance como una aviesa puñalada –
en esa ratonera que espanta al día
cuando la muerte escribe sus memorias
negras con pluma de ganso
y Näcken muestra su cara de desencanto
en las aguas del lago Mälar.

Epifanía

Un atrio colmado de profetas
a la espera de un milagro.
Las vestales insomnes cabecean y después
se reaniman
también mis piernas en la larga espera.
Suena la sirena de un banco y una joven habla
imperturbable en su teléfono móvil.
.Me declaro creyente en una entrevista para una radio:
cito las Confesiones de San Agustín aunque no vienen
al caso.
Los profetas están impacientes en las escaleras del
claustro
Una música celestial escapa de los altavoces
y una jauría de perros gruñe y se pasea entre los congregados.
Siento frío en las extremidades y en las orejas.
Miro hacia el horizonte y veo un cúmulo de nubes
y una luna pálida que se desvanece en el cosmos negro
trazando una supuesta huida.
Los profetas se retiran en silencio hacia el templo.
Falsa alarma: hoy no hubo epifanía.

Puertas del Averno

Qué arrogancia la mía .Viví durante años
en el barrio de Swedenborg en Estocolmo.
En cierto modo yo era un ermitaño con cejas hirsutas
con el afán de asceta de corazón maltrecho.
Qué podían dejar de lado aquellas ánimas en pena
sino la ceniza bramando en el esternón
de un moribundo.
Sin embargo había demonios entre nosotros que hacían
palpitar la tierra para incriminar a los
ingenuos.
Quizás alguien nos espiara en la penumbra
desde las puertas del averno.
Lo mejor hubiera sido fingir que no estábamos lúcidos
cuando la función estaba a punto de comenzar
y el suicida divisara a la muerte en el espejo que le regalé
un día jueves.

En el suburbio de Zay Cho

Incluso los goznes crujiendo en esas puertas viejas
año tras año
y en el sótano las imágenes con nombres
siluetas que hacen tropezar la memoria en una
época de aguaceros – era un demonio o una
imagen siniestra -demasiado fea para aparear al
espejismo con mi esqueleto.
Lo sabía porque yo era un ángel con un huerto
en una mancebía
las ratas construían sus nidos en mis camelias y las
aldabas se destrababan sin ruido en el encierro.
Solía caminar en círculos
sobre baldosas con inmensas grietas
las arañas
protegiendo su desigualdad como tiranos
en los rincones
para ejercer mi paranoia.

Mendicantes y mandarines

No habría quietud: el volcán eructaba su vicio como un borracho
– no hablábamos ya la lengua del universo – ni tampoco
conocíamos el alfabeto de los serviciales
bastaba con algunos formalismos en lengua culta para que la tierra
perdiera su aliento. Era el regreso
a Mandalay después de todo así los mendigos – tras muchos años .
no desecharan a las más pródigas
como favor de eternidad perdida. Eran décadas de
expiación y pedofilia. Era
época de mandarines y mequetrefes
lenguaraces en su propia lengua.

Los secretos alacranes

Y el alacrán sacó su estilete haciéndose pasar por contorsionista.
Ya era demasiado aventurar la muerte. Quién cambiaría las reglas
del juego si el veneno
nos subía como savia por las venas
-sabiendo la cantidad de surcos que tiene el esqueleto – así los
dedos fueran tentáculos que
expurgan la negrura del caos en esta tierra
exhibida como cadáver en el universo. ¡Qué carajo!
si aún siendo así… era un mortal con miedo.
Las toxinas acalambrando mis tendones
– también los alcaloides y la muerte,.
Tal vez mi corazón no muriera para latir perpetuamente
y mi mujer – por favor – que me despierte mañana
para no pasar de largo en este sueño que persiste.

Gravedad y magnetismo

Las ninfas fingen indolencia sentadas en el palco
si bien a ratos aplauden y ríen a carcajadas: les sorprende
la torpeza del gladiador que se desangra en la arena
¡Recibe otra herida – precisamente cuando Dios
tira los dados sobre un gran tablero en la
ondulación del firmamento.
Mi intelecto reduce el espacio para evitar que la caída sea abrupta:
simulando resistencia ante la gravedad y el magnetismo.
El gladiador cruza su mirada conmigo y me observa con sus
ojos salpicados de sangre
sin entender mi dedo pulgar apuntando hacia abajo
justo antes de recibir la última estocada.

Hombre infinito

Ellos nos miraban con sus ojos dulces de lince
a través de la tramoya donde las luces inquietan
y aquellos que nos miraban apuntaban hacia fuera
sus armas de fuego
como si eso fuera un juego de niños
quizás con la percepción de un asaltante
en una noche de jolgorio
y los que no reñían estaban de fiesta en la atmósfera
caliente y los ventisqueros licuándose al desbande
cada cual con su Blackberry
y Sidarhta ya no interesaba como hombre infinito – ni el color del cielo
en esa mañana clara de primavera. Yo no ofendía por torpeza
sino porque era un individuo solitario en un país maldito.

Bajo la generosa sombra de una higuera

Leía una mala traducción de un cuento de Paul Auster
estaba atrapado en el monasterio de Shwenandaw
con un catedrático que fingía ser superhombre. Algo
corriente cuando germinan los mitómanos
en las megalópolis
al punto que Platón – diríamos de rebote – nunca estuvo atrapado
en la caverna.
Había nubes en mi cerebro porque giraba la tierra
acaso Gengis Kan atacaba Pekin con sus jinetes
en el año del dragón
y mi hermano siendo perro se moría en el año del búfalo
mientras bebían sus amigos en el bar Roma
en todas esas pláticas sobre el final del mundo
como cortina de humo
a la espera de una pensión de gracia
ya no en el monasterio de Shwenandaw
ni en las tertulias de un bar del puerto
sino en Mandalay
bajo la generosa sombra de una higuera.

Barco fantasma

Socorredme de las servidumbres de la noche hermanos míos.
La oscuridad erosiona su vuelo en la hendidura de los muros
y falsea mi cara en la impureza de sus sombras
como si una sirena bebiera conmigo en un bar del puerto
y esté a punto de zarpar un barco fantasma.
En el tumulto cayeron los rufianes uno a uno
con sus patrañas malignas
y sus lenguas venenosas.
Los alcatraces sobre el mar derramaron sus alas
saciándose de niebla en su abandono
con el disfraz de la locura.
No intuíamos… no podríamos advertir la medianoche
desbaratada en nuestra mente apta.
Las carnívoras deslumbrándose con tanta castidad
desnudas frente al fuego y sus antorchas.
Socorredme pues hermanos de las deshonras de la noche
descarrían mi alma
manosean mi aliento
una sirena bebe conmigo en un bar del puerto
y está a punto de zarpar un barco fantasma.

Pyathat

La lengua languidece al hablar transfigurada
oprimiendo al cuerpo en su abundancia. La mano diestra
se adapta a la montaña y sus espectros
al sujetar el arnés y las clavijas.
Un meteorito deambula en el cosmos como un limosnero. Nos
adulteramos antes del próximo tormento
porque este es nuestra Pyathat ante la escarcha perdurable.
Los parias agonizan en silencio
con sus caras inmóviles
los agujeros del llanto hurgan la carne con violencia. Es la sequedad
del alma en el cuerpo fragmentario.
La fiera absorbe instintivamente el néctar en mi boca
taladra en su profundidad la escarcha en las quebradas y el agua es inútil
en el embarrado y en la calma.

Infancia

Tenía el presentimiento de la muerte en ese feudo.
Las víboras dormitaban en sus nidos en
medio de tantos pájaros,
Los más jóvenes irían a rastrear las hojas al patio así
como nosotros hablaríamos
de felinos y de Ghandi cuando todavía alumbraba
el fanal del faro en la densa niebla
como un clemente vigía de la infancia.

Los ojos de Ana

… Debo hacer algo al respecto
cuando todavía está colgado ese letrero de neón
con signos de desvarío durante una gripe.
El coagulante de las sanguijuelas seriamente protege su
existencia parásita
y así los estigmas revelan su intimidad en este
cuarto ensombrecido en un extremo de la tierra
también el verdor de los ojos de Ana
con un mechón que le cae sobre la frente como un inusitado
rayo. Desvarío entonces con una esfinge
que repite en diferentes idiomas una misma historia.
Recapacito: esto no es
realidad sino 39 grados de fiebre en una ciudad que
desconozco con enigmas tras esa vieja fachada.

Granizada

Y si fuera el humo de un volcán
o las fumarolas que humillan el aire con sus
pulmones de vidrio. Mis hijas fueron admirables
erguidas bajo la granizada – apretando los dientes.-
cuando los viciosos abrían sus embocaduras llenas de partículas.
El trance nos cambiaba el sabor de la boca
otros fuera de sí como criaturas indefensas
aspiraron el hollín de
la nube tóxica por sus gargantas.
La desolación les arrebató el alma
cuando los motores sucios
tosían su tuberculosis con mucha brevedad
en la atmósfera manca de las chimeneas.

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