A TROMPICONES

Poeta sugerido: Antonio Preciado Bedoya

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Voy andando a trompicones
la gente pasa, no mira,
hay alguno que suspira
y otros que hacen de mirones
y algún tipo que delira.
 
Cada cual va con su guasa
o su ignorancia supina,
los hay que son de la China,
todos según su argamasa
o su ascendencia divina.
 
La movida se acompasa
de un ritmo desenfadado.
Ahora mismo está a mi lado
un muchacho con su grasa
y el cabello almidonado
 
que muestra sin disimulo
y avanzando da bandazos
con descaro y a codazos
me ha empujado con su culo
y apartado con sus brazos.
 
Y hoy he visto a un pordiosero
que con su mano alargaba
y una frase mascullaba
pidiendo, creo, dinero
y a su dios se encomendaba.
 
Disfrazados de paisanos
de este jardín que es mi calle,
donde florece el detalle
de quienes somos hermanos
en lágrimas de este valle.
 
Muchos hay desarrapados
o con traje y con corbata,
todos, a salto de mata,
van así despreocupados
cuidando meter la pata.
 
Para mí todos los días
cuando salgo de paseo
esta fauna que ahora veo
es un mar de aguas bravías
que disfruto y me recreo.
 
Por demás es divertido
ver un mapa tan diverso,
ignorando el universo,
el cielo desentendido
y yo escribiendo este verso.
©donaciano bueno

 

POETA SUGERIDO: Antonio Preciado Bedoya

Antonio Preciado

MATÁBARA DEL HOMBRE BUENO

¡Atabé!
¡Atabé!
¡Ururé!
¡Matábara!

Tengo una hoguera de estrellas,
de las estrellas más altas,
y un lugar en plena luna
para que arda.

La claridad crece y crece
con fuerza de cien mañanas.
Cátala, catún, balé,
Catún balé caté cátala.
Tengo aquí una antigua vena,
innumerables pisadas,
un gran latido redondo,
cien volcanes
y una lágrima,
malabón caramba aché,
un tropel de viejas ansias,
un ay que ruge por dentro,
un pan,
una gota de agua
y cientos de ojos que miran
con una misma mirada.

¡Ah!
Los ángeles se han perdido
de las vías más andadas.
Cátala catún balé,
catún balé caté cátala.

¡Aquí tengo, para un grito,
polvo de trece gargantas!

Un hueso de cada muerto,
el largo de tu pisada,
y aquí yo te resucito
las vidas que te hacen falta.

¡Cátala catún balé,
catún balé caté cátala!

LOS SABE HERMANO Y LES TIENDE EL CORAZÓN

Desde cuando llegamos
hemos venido andando
con el dolor pegado a la piel,
a las manos,
a los pies, tan cansados de este camino largo,
y hemos aumentado
hasta ser una mancha indeleble,
hasta poder decir
que ya somos de aquí
como los ríos
o como las montañas.

Por eso es que en tu muerte estoy muriendo
y siento que resbalo por tus lágrimas,
por eso es que la herida que me duele
es tuya,
enorme,
abierta,
hermana,
por eso los mineros de Bolivia
me duelen en el alma,
por eso es que sumamos los dolores
y entregamos la hoguera que trajimos
al total de la rabia.

EN SUMA

Unánime,
colmado,
numeroso,
hoy me convoco a este levantamiento,
y oigo mi vocerío
llamándome en el eco de las viejas tonadas
y en los sangrantes alaridos que andan
por los alrededores de mis huesos.

Hoy en definitiva me congrego,
me afluyo sin cesar,
me arremolino,
subo por mis raíces
sin nacer todavía,
presentido,
y me empujo hacia afuera
y me encabezo
y, multitudinario, yo me sigo.
Voy mirando hacia atrás,
rememorándome,
cantando a coro una canción perdida.

Hoy me uno a mi gentío
y en la marcha,
al paso jubiloso de mis plantas,
florecerán las piedras del camino.

Chimbo

Me habís embrujao, morena,
ya me tenés amarrao,
me tenés que causo pena,
ya me tenés de tu lao.

Habís velao mi retrato
—una vela a cada lao—,
me habís dao tripa de gato
o tal vez me habís fumao.

Te habís metido en mi sangre,
sólo a tu lao quiero está,
y a veces ya ni siento hambre
de tanto en tu amor pensá.

Morena, ¿qué me habís hecho
pa teneme así socao?
¿Pa metete aquí en mi pecho,

morena, qué me habís dao?

Pero ya verás, negrona,
yo me lograré zafá;
tabaco ni querendona
me podrán asujetá.

Buscaré curación, negra,
iré pa onde el Colorao,
él me dará alguna hierba
cuando le explique mi estao.

Me dará un baño de ruda
con aguardiente y verbena,
pa que del mal me sacuda,
pa librame de esta pena.

y después de poco tiempo
a tu lao he de pasá
con la negra que yo quiero
sin que me podás jalá.

Ya ni las tripas de gato
con ponzoña de alacrán,
querendona ni tabaco
me podrán asujetá.
de “Jolgorio” (1961)

Dádiva

Busco al fondo de todos los cadáveres
sus tesoros abiertos.
Los que murieron niños
muestran a flor de tierra
sus recientes estrellas sepultadas.

¡Ah esta suerte de topo que me dieron!
¡Ah la confusa tierra que me llama!
¡Ah mis ojos despiertos que ven luces
detrás de las tinieblas más cerradas!

¡Un muerto me dio cal
para escribirle un claro verso al alba!

Ved que al norte de mí
se alza una hoguera pálida:
un niño recién muerto quiere darme
su anémica flor blanca
y me guiña su tumba
con la tímida luz de esa fogata.
de “Más acá de los muertos” (1966)

Andan

Los muertos andan
calculando alaridos para el viento.

Cuando cerráis los ojos,
sabedlo de una vez,
los muertos se alzan
y caminan secretamente vivos,
sin pisadas,
acomodando signos en el aire,
liberando palomas enterradas,
erigiendo colores escondidos
en la asomada cal de los fantasmas.
de “Más acá de los muertos” (1966)

Ánima Primera

Todas las noches salgo
a hablar con los fantasmas.
Todos llegan a tiempo con el viento
agitando sus nombres
en una multitud desesperada.

¡Ah!
Juana la lavandera
solo anda en noches claras.
Siempre me llega en lunas,
lunas,
lunas,
chapoteando el agua.

Ved que me lavan los ojos,
que me enjuagan la palabra
veintiún manos azucenas,
con agua de nueve charcas.

Ángel, ¿quién enjabonó
trece veces tus dos alas?
¿Entiendes, Dios, la blancura
de tu espléndida garnacha?

¡Guardián del noveno cielo,
llueve una lluvia de nácar,
porque Juana ensangrentó
una punta de su sábana!
de “Más acá de los muertos” (1966)

Su Voz

A ver, yo soy Manuel,
morí dormido
con un viejo dolor en la mirada.
Tú viniste a mi entierro
—¿lo recuerdas?­—
con un ramo de dardos bajo el alma.

Hoy dejo aquí a tu puerta
una viva raíz recién sembrada,
yo llegaré a regarla cada día
con la gota de rocío más temprana.
de “Más acá de los muertos” (1966)

Algo así como humano

Cuando le hicieron sitio,
ya fue tarde,
porque le había crecido otro cabello
y tenía en la lengua otra palabra.
También le habían crecido las uñas
y los dientes,
y, como es hombre,
le había salido punta en la esperanza.

Desde entonces se vive solitario,
se entretiene tejiendo
un látigo terrible con su barba,
cantando ese murmullo indescifrable,
mascando roca,
vigilando el alba
o atrapando luciérnagas
para hacerse un farol como la luna
y un faro para hormigas extraviadas,
cortando escamas de hojas,
para peces,
o parchando el tonel para sus lágrimas.
Cuando le hicieron sitio,
ya fue tarde.

Dicen que por las noches
se desata la piel
y que la cuelga
de la caña de azúcar de la entrada;
bebe un poco de hiel de sus panales
y se acuesta en el aire
con su viejo brasero como almohada,
que duerme a ojos abiertos
y que sueña,
qué sueñan los que sueñan,
y de mañana,
al minuto del sol,
cierra los ojos,
empieza su canción
y se levanta.

 
Es una calle larga y silenciosa.
Ando en tinieblas y tropiezo y caigo
y me levanto y piso con pies ciegos
las piedras mudas y las hojas secas
y alguien detrás de mí también las pisa:
si me detengo, se detiene;
si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.
Todo está oscuro y sin salida,
y doy vueltas y vueltas en esquinas
que dan siempre a la calle
donde nadie me espera ni me sigue,
donde yo sigo a un hombre que tropieza
y se levanta y dice al verme: nadie.
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