AQUÍ DONDE VIVIMOS

»Aquí, mi Poeta sugerido: Octavio Escobar

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Aquí donde vivimos pululan unos seres
que dicen ser humanos,
los hay nacionalistas, los hay republicanos,
algunos son creyentes con dioses diferentes,
mas como sus ancestros los hay que son cristianos,
cada uno con sus ritos, según sus pareceres.

Y tipos que han venido huyendo de otros lares
sin nada de equipaje,
perdidas las miradas en medio del paisaje,
rellenas sus mochilas de ideas y creencias,
los hay desconocidos y de otras procedencias,
del llano y la montaña, de allende de los mares.

Los hay homosexuales que andaban escondidos
aireando hoy sus quereres,
diciendo y repitiendo que no aman a mujeres,
y seres que presumen de aquello que no tienen
con sus ideas fijas que al resto no se avienen,
algunos perseguidos mas todos convencidos.

Y todos sin distingos, que aquí no hay excepciones,
seguros de si mismos
pretenden obligarnos según sus fanatismos
a hacer lo que ellos dicen, lo mismo que ellos piensan,
si ven que no comulgas a ti no te dispensan
no admiten tus razones ni dan sus bendiciones.
©donaciano bueno

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Qué hace que los humanos no solo se crean estar en posesión de la verdad sino que además pretendan imponérsela a los demás?.

MI POETA SUGERIDO: Octavio Escobar Giraldo

Octavio Escobar Giraldo

Octavio, 58 años

Hace quince días un dolor en el pecho cerró sus ojos.
Todo se hizo precario, sudoroso.
Lo sostuvieron los pinchazos,
la inflexibilidad de la camilla,
el oxígeno en cuya existencia ya no cree,
la voz y las manos que conoce.

Los últimos años han reñido por novios,
horas de llegada y salida,
cigarrillos de mútiples especias;
por una caja de anticonceptivas que según ella compró
para cuadrar el ciclo,
por semestres perdidos o apenas ganados.
Han arruinado fiestas, aniversarios, paseos,
y cavidad por cavidad han dividido el miocardio materno.

No volvieron a fútbol ni a buscar algodón de azúcar los domingos,
ni a ver juntos películas de terror,
ni a amar, en lamentable sostenido,
con Nino Bravo y Sandro de América.

Sin embargo allí están sus manos,
la voz aniñada diciendo que lo quiere,
y los pulmones maman de la mascarilla
con el desespero de un recién nacido,
y vencen la terquedad de las costillas.

Amanda, 30 años

La médica le recuerda que es la tercera vez que tiene
una infección venérea; recalca que debe mandarle
tratamiento a ella y a “su señor marido”.

La médica le informa, por tercera vez, que las bacterias
aparecieron en el examen porque “su maridito” tiene
relaciones sexuales con otras mujeres.

Por tercera vez mira a la médica con deseos de explicarle
que la vida es otra en un barrio de invasión
con quince casas que miran temerosas el paso del río.

Alejandro, 5 años

El señor de uniforme
le ordena que no juegue más tirando monedas contra la pared.
Se sienta en el suelo e imagina la habitación
donde están curando a su madre.
Debe ser amplia, bonita,
llena de cosas que él podría quebrar.

El señor de uniforme
le ordena que se levante del piso porque obstruye el paso de la gente.
Camina dos pasos y vislumbra, como si la viera en televisión,
la habitación donde está hospitalizada su madre.
Tiene las paredes muy limpias,
alérgicas a la mugre que siempre ennegrece sus dedos.

El señor de uniforme
le ordena que se haga a un lado y no joda.
Lo mira temeroso, triste porque no podrá conocer
la habitación donde están atendiendo a su madre.
Las enfermeras deben ser luminosas, de piernas infinitas,
y él podría colarse bajo sus faldas.

El señor de uniforme,
a cargo de todos los niños que:
padres/madres, tíos/tías, hermanos/hermanas, vecinos/vecinas
dejan en consignación,
sabe que dentro crece la miseria y cinco
seres humanos que acomodan sus miedos en cada cuarto.

Irene, 43 años

Hacía diez años que no me daba rosas.
Siempre ha sido un hombre preocupado,
el sobre sus hombros.

Y ahora tendrá que cargarme a mí.

Me duele saber que habrá días
en los que tendrá que limpiarme el culo.

Usará guantes,
lo sé.
Toallas húmedas,
lo sé.
Pañitos alcoholados,
lo sé.

Estará limpiando mierda mientras ve los muslos que durante
no le permití tocar,
pasará las manos a centímetros de la vagina que no pudo penetrar
hasta que me llevó al altar
y sentirá asco.

Lo que hagan las enfermeras con mi culo no me importa.
Me importa ensuciarlo a él,
que hoy me trajo rosas,
que hoy,
después de todos los eclipses,
recordó que me ama.

LINAJE DE POETA

Desde que a Rimbaud lo dejó
el bus en Abisinia,
los poetas no tienen apellidos ilustres;
Pérez, Giraldo, Ríos, Sánchez,
como la alineación de un equipo de fútbol.
Pero no lucen apodos
-el tren, la flecha, el tigre-,
ni una hinchada que los siga:
Ariadna se quedó en Miami.
Estoy seguro
de que don Ricardo Silva no permitirá que su hijo
José Asunción,
salga a jugar con nosotros.

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