UN ALTAR

»Mi Poeta aquí sugerido: Manuel Álvarez Ortega

MI POEMA… de medio pelo Lee otros poemas TRISTES

 

(A un árbol buzón)

Tú que fuiste mi matrona
que en tu seno me acogiste,
con tu sombra me vestiste
y pusiste una corona.

Que estuviste allí a mi lado
disfrutando las vivencias
y el placer,
de que algún enamorado
nos contara confidencias
del querer.

Triste escucho ya eres viejo
mas te digo, fiel amigo,
que de ti no me desligo,
que no asisto a ese cortejo.

Y así vengan con la daga
con malsanas intenciones
a talar,
moriré junto a tu llaga
y alzarán otros buzones
un altar.
©donaciano bueno

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El arbol-Buzón de Tepeji del Río, una historia de amor entre distintos.

Apreciados amigos, es un orgullo presentaros el poema ganador del Lance al ÁRBOL-BUZÓN, las coplas caudatas “Un Altar” del poeta Donaciano Bueno Diez.
Este lance ha sido muy especial para nuestro grupo, ha estado dedicado al Árbol Buzón, el cual ha estado protegido por más de 30 años, por María Guadalupe Huicochea, investigadora, promotora cultural, poeta y escritora en el Estado de Hidalgo – México.
Muchos de vosotros os preguntaréis el porqué de esto, pues bien, os dejo algo breve:
Hace más de 50 años, existieron alrededor de 5 buzones de correos en Tepeji del Río, Estado de Hidalgo. Entre ellos había uno que fue colocado junto a un árbol, al crecer éste, fue abrazando al buzón y ahora el buzón está totalmente integrado dentro del tronco del árbol.
Este árbol, denominado “árbol-buzón” forma parte de la historia de la ciudad, tanto por su longevidad como por ser único con esas características.
A día de hoy, en aras del progreso, está sufriendo “mutilaciones” poniendo en peligro su supervivencia.
Sería nuestro deseo que, los poemas participantes en este reto (quienes den su consentimiento) sean entregados a la municipalidad de Tepeji del Río, para que tomen conciencia que el Árbol Buzón es un ser vivo y merece ser respetado.
Agradecemos a todos los poetas su participación, todos ellos han sido dignos de estar en el primer puesto. Felicitaciones.  Dolors Sans Libra M 

MI POETA SUGERIDO: Manuel Álvarez Ortega

Manuel Álvarez Ortega

ESCRIBO COSAS DEL HUÉSPED QUE ME HABITA

¿Qué dirás? Hallas la vida como un mar oscuro,
oyes de sus desnudos escollos elevarse
los puñales, ves el remordimiento de su agua
negar la paz, mojar de luto tus orillas,
ceder su tinta negra por el desierto de ortigas
que unos ciegos relojes, con habilidad, abren
en tu memoria.

Hoy es un día cualquiera,
tres de junio, un día innecesario, te mueves
como un fantasma que se hiere en las cosas,
ardes bajo el continuo fuego de este páramo
del sur, esta prolongación de la muerte,
este infierno diario.

Gota a gota se deslíe
la noche, vives, las redes del desaliento
te tienden su ceniza, suena una música de piedra,
están golpeándote contra números ciegos,
pájaros infernales, monarcas de un paraíso
que escriben su maldición sobre las tablas
de este hogar vacío, estos mudos espejos
que arañan tu prisión terrestre.

Cae la lluvia
del verano, un olor a pobreza te atenaza,
no sabes qué luz te inventa, vas por las calles
como dormido, gastas la miel de tu tristeza
por un puerto mortal, no hay barcos, no hay
velas, el faro está apagado, arriba solo
el cadáver de la luna que despliega los hilos
de su azufre maldito sobre el mar.

Por un arco
de maderos, ría abajo, conchas y cieno, te alejas
de la maldad, el llanto de los mendigos
cuya letra asesina, el duelo de una boca letal
que se ofrece junto al malecón, entre dos luces,
alba malcosida, perros que babean su pereza
alrededor de las lonjas de pescado,

muchachas
cuyas sórdidas dávidas enmohecen en el fondo
de los tugurios, bajo sábanas salpicadas de orín,
descompuesto el cabello por el humo del tabaco,
la siniestra marea de un ejército que se pudre
entre sudor, vino y discordia, vanas castidades
de una edad que gira descompuesta en la lana
despintada por la saliva de cien generaciones
de borrachos.

Te alejas hacia otros meridianos,
tiene que existir otro mundo, algún lugar, otro
aire, una tapia, un hoyo, un túnel, no sabes,
un amarillo espacio donde el crimen se olvide,
donde una espada de fuego, arcángel o demonio,
defienda y crucifique los puntos cardinales
del hombre, abra las trampas de la virginidad
y sus ceremonias,

alguna tierra, algún astro,
nube o subsuelo, en donde la justicia sea,
un puño vengador se levante, libere del tirano
que se embriaga en su copa de lujuria, no halle
el dolor su domicilio en el lecho del verdugo
que desata su mal diario, clausure la asfixia
sus llamas expiatorias y salve con los signos
de su turbulenta liturgia el insomnio que anida
bajo el humo de las cárceles.

Oh, existe, sombra
o planeta, y hacia allá quieres tender tu cabeza,
la costumbre del muerto que sube por tu tronco,
oír cantar aún el mar de huesos que por tus ojos
se mueve, interroga, escupe, te niega al aluvión
de pena que te arrastra a otro golfo, sótano
cada vez más oscuro, cuerda acusadora, papel
culpable, reguero de destilaciones que unifica
silencio y hambre, rezo y cadena.

Y hacia allá
vas, tentáculo creciente, salamandra, liana
última, mientras la noche en ti se precipita,
abre hondos agujeros del olvido por tu carne,
y tú, credo solo, en su tinta germinal viertes
la sal de tus horas, el luto y la aventura
de este huésped, fénix ciego, que te habita.

El interior de un vértigo

Un día, el vértigo en tu boca se configura, un lívido temblor se asienta en tus rodillas, crece cierta tiniebla que nunca en tus ojos se disipará.

Con paso muy lento, antes de que la estrella empiece a declinar, la máscara se posesionará de tu rostro.

En los demás, tu nombre sólo será un lúcido presentimiento.

 – – – –

«… Si no vale un viejo blues esta noche,
lejos del paraíso y sus lúcidas vírgenes,
grata me fuera la muerte.»
MAO

«Los olvidados días»

Henos aquí, oh tierra coronada de errantes lluvias y martirios,
rozando las pálidas guirnaldas de un tiempo alimentado por el llanto,
como una sorda leyenda flotante en las aguas de un olvido,
humeante brisa arrastrada por la honda marea del invierno.
Henos aquí. Mas ¿quién oye en sus sienes lo que tu ronco farol pregona?
Todos dicen: ¿¿Los muertos ya murieron y el polvo los deshizo?? Se olvidan.
¿Qué importael exangüe nocturno, la rosa podrida en las frías ciudades?
¿A qué remover la huella que deja el tronco volcado del musgo?
Estamos aquí. Vivimos. La última barca llevará la historia de nuestros días:
¿¿Se amaron. Ni la niebla ni el odio borraron la música que ardía en sus gargantas??
Y entonces, ¿Adónde retornar? ¿Por qué goteante rama hallar tu boca hecha hiedra?
No, no puede el corazón deshacer la trenza de un recuerdo y decir
sólo una palabra: ¿¿Sucedió??

ENTRAR en ti

ENTRAR en ti, sólo sombra, como se entra en una selva de arañas,
beber desde dentro esa penumbra
de trópico que enaltece tu pubis,
y, abierto a la noche, movilizado por las cuerdas del deseo, viajar juntos o morir en esa hora
de tristeza complementaria, ser
una secreta órbita en torno a tu delirio, una sima abierta a la eternidad de sueños
sostenidos desde el nacimiento.
.
No así, páramo intemporal, quiero edificar el paraíso
con mi sangre accesible, convertir
el cielo de esa plantación en una cruz de liturgia inversa, ser un astro que orina
su veneno por una osamenta cardinal, un clavo, un cabello, un agujero
ebrio de soledad en medio de la nada.
.
Porque hay lágrimas que conocen el sabor del verano, manos que se adentran en la piel
y crean un espasmo de infierno;
hay lúgubres visiones en torno a una aurora de trapo, ojos que dejan circular sus perversiones
por malsanas galerías sin término,
hay ceniza que medita a solas
en medio de la posesión
y con su hoz taciturna siega el sueño,
.
cuando en la noche, baja marea, como un ajusticiado de otro siglo,
entro en ti, anémona mutilada,
y en la urna letal de tu sexo siembro mi sexo, un aullido en el umbral de mi edad, un cadáver
en medio de tu desolado planisferio.

La huella de las cosas

Mi cuarto tiene presa el alma de los días pasados, entres los mudos libros
se agolpan los recuerdos, versos, cuadros, flores, acaso una rama
reseca de jara, con su temblor, rompen el olvido que me oculta.
Mas de súbito en mis labios se hiela un deseo y yo a todos pregunto… y nadie,
nadie sabe decirme el porqué de mi vida.

Por la ventana abierta el invierno tiñe las cosas de un color íntimo y nuevo,
la bouganvilia balancea en sus hojas una sombra sin perfume,
y en el solar de enfrente los perros corren aullando al otoño
y los pájaros de La Torre se dispersan en bandadas desacordes.
Y el porqué de mi vida es el filo de un cuchillo que desgarra mis venas
y pone en mis manos un gesto de desesperación.

En el jardín bostezan los naranjos melancólicos y en sus troncos de cal
los rosales envuelven la impaciencia roja de sus tiernas corolas.
Y se transfunde la tarde al reflejarse en la pupila muerta del pozo o en el agua de la acequia,
y yo, que me siento apagado, sólo sombra, alzo mi rostro a las cosas y les pregunto… y nadie,
nadie sabe decirme el porqué de mi vida.

Y por el cielo pasan flotando las nubes y los montes son una línea oscura en la lejanía
y el arroyo ensordece la cañada y bajo la tierra la hierba se encharca de aromas.
Y es al corazón oscuro del pueblo, que desde el hondo valle se me clava en los ojos,
a quien pregunto el porqué de mi vida, y no me contesta.

Y no me contesta porque mi vida acaso no es sino humo
que sin forma se esparce en el tiempo, allí donde todas las cosas
hicieron su huella, su herida profunda y dolorosa.

Por esta tierra pasó: queda su nombre

Por esta tierra pasó: queda su nombre todavía
sonando entre las cosas, la ceniza de sus años
dando sombra a un manantial de amor, su gracia
lo mismo que un errante conjuro por la casa.

Vivió un mundo humilde. Sus manos, un aliento
para quien sabe con tristeza que la libertad
ha sido malherida; su boca, una segura patria
para aquel que la muerte ya tiene señalado.

Cruzaba entre los seres de pan negro y castigo
sembrando su ternura como una madre justa, iba
de cuerpo en cuerpo liberando el dolor, uniendo
el hilo de la paz que un odio había malcortado.

Así fue su existencia: una entrega, un sacrificio.
Ahora, desde su cielo, entre los siglos, su voz
a diario nos visita y a diario el mundo se puebla
de la justicia que fue su fiel amor por la vida.

La tierra tiene a veces sabor

La tierra tiene a veces sabor a negra harina,
a humo de otro tiempo, en donde hay sumergidos
seres como harapos, amantes solitarios, dioses
que extienden por el mundo su malsana tarea.

Los muertos andan siempre sobre campos regados
con lágrimas de aceite y ceniza morada, viven
sus fríos laberintos de lluvia y fina escarcha
sentados sobre un mar que nace del olvido.

Así dejan los días su pan de niebla y fuego
sobre los cuerpos rotos de los viejos amantes,
mientras en sus cinturas se alimenta una garra
que todo lo transforma en sudor para la muerte.

Los olvidados días

Henos aquí, oh tierra coronada de errantes lluvias y martirios,
rozando las pálidas guirnaldas de un tiempo alimentado por el llanto,
como una sorda leyenda flotante en las aguas de un olvido,
humeante brisa arrastrada por la honda marea del invierno.

Henos aquí. Mas ¿quién oye en sus sienes lo que tu ronco farol pregona?
Todos dicen: «Los muertos ya murieron y el polvo los deshizo». Se olvidan.
¿Qué importa el exangüe nocturno, la rosa podrida en las frías ciudades?
¿A qué remover la huella que deja el tronco volcado por el musgo?

Estamos aquí. Vivimos. La última barca llevará la historia de nuestros días:
«Se amaron. Ni la niebla ni el odio borraron la música que ardía en sus gargantas».
Y entonces, ¿a dónde retornar? ¿Por qué goteante rama hallar tu boca hecha hiedra?
No, no puede el corazón deshacer la trenza de un recuerdo y decir sólo una palabra:
«Sucedió».

Olvido soy: antigua fábula gastada

Olvido soy: antigua fábula gastada en el rumor de los días,
goce y llanto confundidos en el celeste mudo que nos crucifica,
leve muerte, espacio, amor, vida: ciega raíz de un tiempo
herido por sombras que sostienen la memoria de otras sombras.

Olvido soy: no ardiente noche sin origen ni reino sin orillas,
agua que fluye diseminada entre la carcoma de un amargo amor,
hoja que se adormece en los residuos de un tiempo carbonizado,
sílaba que crea una garganta acostumbrada al cuchillo de la soledad.

Olvido soy: obsceno silencio entre lágrimas, mármoles y espejos,
escoria derramada sobre los escombros de un día triunfante,
ángel o demonio insaciable de la única pasión que nos vence,
fiel delirio de una boca a cuya sombra el deseo hubiera florecido.

XII

Te hicieras de nuevo realidad, cuerpo presente, y tus alas caerían
sobre la noche del mundo, sima sin fin, ladera abierta a la
indecisa confesión de la muerte.

Conociera yo entonces la verdad que esconde en tu carne su
misterio, viviera sobre el haz de esa negación que inclina su
sonido hacia el tiempo, isla arrasada de maldad, tumba que así se
oculta al sufrimiento.

Pero la muerte es verdad, es eterna, hila su tela sobre los rostros,
habla y renuncia a todas las tentaciones, guarda el secreto
goce de ser siempre una larva que se rodea de memoria.

Y aquí la esperaremos –de nuevo realidad, cuerpo presente-, mientras exhibe su
victoria de harapos y, con las lágrimas
de los amantes que un día te conocieron, llora en su propio infierno.

XVIII

Frente al mar de septiembre cegaba el mediodía. Tú eras un cuerpo
de alquitrán acariciado por las olas. Alguien hablaba de no sé qué país
perdido. El mundo se hizo de pronto llanto en nuestra boca.

Sobre la broza de la playa las aves marinas decapitaban el recuerdo.
Por el aire ardiente una viva voz oscura su soledad derramaba. Las algas
dejaban en nuestra piel su muerta escoria. El día se apagó.

¿Qué queda de esa hora? Golpea el mar la tierra. El cielo esconde su ebria
luz. Sólo la huella de nuestros pasos se ha borrado, no la mano dócil que
nos aleja, como dos sombras heridas en medio de la eternidad.

Cementerio marino

Hasta aquí el tiempo con sus lluvias.
Y el salmo de la piedra batido por el mar.
La rama desgajada y la colina
abierta tristemente al mundo de los astros.
Un corazón de hierba comido por el polvo
tal un barrio de muertos que la luna custodia.

¡Oh viajero! He aquí la historia de unos días
lamidos cara a cara por un pueblo
de impúdicos mendigos y mujeres
que han hecho de su sexo una mortaja.
Aquí el mármol que custodia los muslos
del duro adolescente caído en el asfalto,
la fiel garganta del guerrero
y su puñal de odio talado por el viento,
la rubia trenza y su perfume
gritando desolado por la costa,
los tristes senos de una niña
podridos sin el tacto suave del amante.

¡Cementerio marino, desolado recinto!
Una espiga de sombra quiero llevar cantando,
repasando la arena que guarda tu codicia.
Alzar el vago reino que perdura
entre las grises llamaradas del deseo
y el hastío. Modular tu torso de cañizo,
la bóveda de hormigas y yerbajos
y el árbol tatuado por la lluvia
que en tu muro se acuesta.

No me pidas que aleje tu miseria,
el golpear solemne de las nubes,
el llanto de tus cruces derrumbadas
bajo el ardiente óxido del día.
No quiero tu pasión desordenada,
la costumbre viciosa o el castigo
de fluir callando como un río
por todos los rincones de la muerte.
Yo busco el rito de tu infancia,
la entrega que perdura tras el tiempo,
la despierta mansión que arrebata
suave la sangre de tus hijos,
el silbido del mar en la ladera
que baña irremediable tus escombros.

Dame labios de sal, agua entre ramas,
que mi corazón beba tu dicha
junto a la lapa roída y el ciempiés.
Y en apacible noche, a tu sombra,
cederá su jugo mi pasión más turbia,
exilio de una amarga entrega
hace meses comida por tu tierra.
Pon tu palabra en mi boca,
oh demonio de mi mundo,
y hazla una desierta playa
que cruja con mi mismo escalofrío.

No, no digas adiós a tus violentos hijos.
Aquí me condeno. Ya lo sabes.
Pues donde los muertos juegan
en desolada espera con los muertos
ningún dios pondrá allí la sombra
gangrenada de su pecho, su río.
Y así el que llegue caminará ya herido
suplicando al sol su caldeado fruto,
su gloria, y esa libertad como un deseo
rodando por la lengua victoriosa.

Hay un reino sostenido por el llanto

Hojas, polvo y lluvia acaso son aquí las palabras:
dura tierra que bebe su copa de sangre más amarga.
Suenan los huesos. Cae la noche. Rotos llantos
se alargan entre los troncos que saben su materia,
su savia pregonada por cien manos dichosas,
como una anunciación, un gozoso alarido que clavara
la cruel sombra del día y su destino.

Duele saber que el hombre es solo niebla, un río
que pasa preguntando a su oscura conciencia
por cosas irremediables, por fugaces sonidos.
Que en su cuerpo letal habita ya un imperio
de mordidos gusanos y lluvias tristes. Que la muerte
es su larga residencia, su escombro, y su memoria
la tragedia de un dios que canta mientras juzga.

Pero es el día la cabeza extinguida de un relámpago
que alumbró con sus dientes tanta vida desierta,
el origen tristísimo de un mundo que enloquece
pegado a sus consignas, ardiendo entre maderos,
levantando sus máscaras podridas en el alcohol
de las viejas costumbres, soberbias religiones, leyes
de un huracán que sólo puede calmarse incendiándolo de azufre.

Hay un reino perdido entre los muertos. Lo sabemos.
Pero abrimos despacio sus tiernos dormitorios,
apartamos llorando la sal de sus cristales, bebemos
su luna arruinada y sus insectos, y caemos
entre dos luces que saben nuestra fuerza
abrazando una noche, un fuego inevitable que defiende
nuestra piedra, nuestro luto solitario para siempre.

Puedo llenar de nombres

Puedo llenar de nombres tu adorable penumbra,
romper la circular tristeza de tus muros
entre ramas, papeles, menudas cosas como polvo:
la ceniza de una hoguera familiar que recoge
el adiós de tanto muerto esparcido en los años.

Puedo decir: Dios, casa, sombra, mediodía. Gritar
en tu pared deshecha por tanta horrible lluvia.
Puedo herir tu corazón, la huella de tu escombro,
tu gris cabeza carcomida por el trémulo aviso
de unos hijos que adoran tu esqueleto sencillo.

Pero ¿qué ciego homenaje romperá entonces esa lava
que ha ido por el suelo tanto tiempo llamándote?
¿Quién descubrirá tus maderas deshechas al final del verano
por el fuego, los insectos suicidas, la desesperación
de unos seres heridos un día y otro por tu olvido?

Sur doliente, tierra viva: puedo mi cadáver pasar
por tus aguas. Beber tu cielo derramado en sollozos.
Escuchar el correr de tus lluvias mordidas por la luna.
Puedo apoyar mi espalda sobre tu muerte, y llorar,
llorar mi tristeza como un hombre, dios diario, fugitivo.

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