FANTASÍA

»Aquí, mi Poeta sugerido: Leopoldo Teuco Castilla

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La tarde aparentaba somnolienta.
Tejiéndole a la luz un cobertizo,
la bruma, que al ambiente sedimenta,

pintaba allí la sombra de un hechizo.
Yo andaba navegando a la deriva,
extraño, cual si fuera un primerizo,

a espera que del cielo una misiva
me hiciera despertar de aquel señuelo.
La luna, misteriosa y evasiva,

surgía suavemente entre aquel velo
del cielo revestido de acetato,
tratando de calmar mi desconsuelo.

La noche se escapó. Después de un rato
que pude disfrutar su fantasía,
deshizo su reflejo en mi retrato
dejando de soñar. Y amanecía.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Leopoldo Teuco Castilla

Leopoldo Teuco Castilla

VISIÓN DE LOS LATENTES

¿De qué lado del hueco estoy mirando
que he visto
el delta negro y vertical,
en el que viajan,
fuera de toda eternidad,
los vivos y los muertos?
En esa oscuridad viscosa
se aparean
la viuda y su difunto,
los niños crían
a sus antepasados
y amamanta
la víctima a su asesino.
Reunidos
por una temible miseriordia
cada uno
es un eco sordomudo
del otro,
una herida
que en el otro
cicatriza.
No hay plantas, ni animales ni objetos allí,
sólo ellos
larvando en ese abismo
donde se corrompe
en un sueño enfermo el universo.
Los vi abrazarse
casi inhumanos
queriendo creer que habían nacido
mientras la brea
entenebrada
los hundía
como una lacra
de Dios
en el espacio huero.
De lo neutro,
de su potencia ciega
manaba ese lodazal
donde latían
agónicos y perpetuos.
Yo los vi.
Yo estuve allí.
No recuerdo
si fue antes
o después del tiempo.

VISIÓN EN UNA HABITACIÓN

Una esfera perfecta
en la que palpitan
lenguas
onduladas
y grises
una bomba
de estorninos
suspendida en el aire,
el holograma
de un embrión del universo.
La visión ve. Es autónoma, cerrada,
no admite ninguna significación
exige
que la habitación pierda el conocimiento,
que el espacio inmolado
por ese anuncio del futuro
se repliegue a un punto:
tu cerebro.
Cuando su inminencia se resuelva
te habrá excluido:
estará dentro de ti
y no te tendrá adentro.

ÁFRICA

En la luz comienzan los animales
extenuada
expulsó a la cebra
que no tiene campo
sino en el espejismo
enfermó a la resolana para espesar al león
y dobló en un tulipán
a los flamencos.

Ella hizo
que las especies se reconocieran
para que el fin durara,
que no se cruce con el halcón
el leopardo
el buitre con el pez
pues nunca serán del todo
sólo formas del miedo que tuvo el universo
a perder la memoria.

La luz es eso que las bestias gritan
el bramido del elefante
amputado
del pulmón de la noche
el grito con que se alumbra el zorro
la risa
con que se desclava de sus huesos la hiena
y el rugido
de cada rotación del mundo en el león.

Los hombres, al borde del cráter, sonríen
con el voltaje justo
para no desaparecer,
quietos, igual que sombras azules bajo los árboles veloces,
separados
por el cuello
de la intemperie
atraídos
como jóvenes muertos
hacia la luna vacía del Ngorongoro.

Son el alguien del viento
los masais
van como lentos pájaros
detrás de su ganado
sin rumbo:
ellos son el confín. El ademán
de la planta
cuando iba a ser vagabunda,
el de la sombra cuando iba a ser persona,
hombre que sale por su propio pie de un sueño
y no acaba de ser
aunque se imante de colores
se perfore
o a duras penas toque tierra.
No le viene su animal ni bebiendo sangre
sólo el cloriti le devuelve el rugido
que, como el coraje, regresa desde muy remoto
y entonces sí
el león huele a masai
y se espanta de ese hombre
hendido
por una bestia transparente.

Recién entonces entran, solitarios,
a la luz que ondulan
y es ver
peces oscuros
en un campo de olfatos.

Los animales emanan sus distancias:
en la jirafa cunde
la visión de la hierba;
la alegría de un suicidio
en el azul
del pájaro,
que no ocupa nada
y ese color es más grande
que todos los espacios.

Estos invisibles son el campo
donde la cebra acaba
va a comenzar la lluvia,
el avestruz mira
por donde él ya se ha ido
y la garza
vuela siempre en otro lado.

Fuera, los masais, cercan
en círculos
sus animales, sus casas, sus mujeres.
Para seguir, borran el camino
en círculos
como el fuego
y los pájaros.

En la sabana tarda el primer día.
El último, el final,
un viento de eclipse borrará las llanuras
alentará
ya ingrávida en el polvo, la gacela,
en su imán
el rinoceronte
y en leves desiertos
la desnudez, sólo la desnudez
sin cuerpo de los hombres.

A ese final lo huele el ñu, sabe que sólo el que huye
es único
y muere sin cesar en la manada,
el cocodrilo que aguarda en el pasado,
el hipopótamo
que envejece, amniótico,
las aguas de su nacimiento.

Las bestias
sostenidas
por la música de su aparición
propagan, copulando, esta comarca de temblores,
de alumbramientos.
Y empieza la cacería, dentro del polvo
en Masai Mara,
dentro de la atmósfera
en Ngorongoro
y en un desmonte de la luna
en Taranguire.

El día no tiene tiempo.
El mismo instante
que aísla
el sueño de la jirafa
hechiza
el oído del elefante;
se templa en el búfalo
la hora
que martiriza al buitre
aquí
pesa más la sangre que la muerte.

Ya de noche, lo que se oye y brilla
son fiebres
el elefante grita como un árbol,
como un humillado
la hiena
y una ola lejos del mar
clama en los leones.

Todos deformándose
hasta desterrarse. Pero vuelve la luz
y con la luz
el tacto
y el esperma y la sed y la sombra y el hambre
entonces
cambian el color
y son el pasto
y la arena y la rama y la lluvia
y nada puede detener el mundo
mientras dure el quebranto
del primer día del mundo.

NACIMIENTO DE LA SIMETRÍA

A Osvaldo Torasso

De esas dos mitades sólo una es real.
Hechizada por su aparición
y antes que la luz la disuelva
engendró la otra para verse.

Medio árbol es el que extiende sus ramas para tocarse,
medio hombre el que custodia su propia calavera
y sólo con un ala y un espejo
vuela la mariposa.

Una desesperada volandería de mitades llena de mañanas el mundo.

Siempre que la muerte, que es tuerta,
con su ojo demasiado solitario
no se atreva a mirar,
lo irreal semillará la tierra.

EL FINAL DE LOS ANIMALES

Presintieron el final.
Toda la noche balaron,
aullaban y rugían
con el hueco del sol adentro.
Qué fue de elefante
y su mausoleo sonámbulo,
de la piedra amniótica
del hipopótamo,
del arenal de los leones,
de la miel homicida del leopardo.
Cuando llegó ese día
los campos
huyeron
y donde estuvo el cielo
volaban
hacia el jamás los pájaros.
El tiempo se hizo humo,
humo
el fuego fatuo de sus huesos,
el espacio era un desvarío
de instintos huérfanos:
de oídos sin ventura,
tactos inalcanzables
y olfatos ciegos.
En su más oculto
se hundió el hombre
que dentro del orangután
envejecía
y el búho
que antes de ser ave
era pensamiento.
La luna disolvió a la garza
y al voltaje del colibrí
un rayo.
Todo lo salvaje
se desgarraba solo
como se desgarra para despenarse un árbol.
Se arrancó su número la hormiga,
su cruz atormentada el toro
y el eco
devoró
a los sapos.
En ese instante
el canto de un gallo
degolló el mundo.
De su último aliento
luciérnagas
se iban
sembrando un débil,
inútil,
firmamento.
Al verse solo
el planeta se encerró en sí mismo
fijo y colérico
como un oráculo.
Ahora el esplendor de los animales
eterniza
este tanatorio de la luz
y no hay en él
ni sombra
de un ser humano.

Superficies

El pájaro intenta
alcanzar al pájaro
que vuela con su nombre

el mar
a esa línea
donde pierde el conocimiento

ninguno retiene su superficie

¿De qué no estamos hechos?

La forma existe
hasta que halle la salida

los límites viajan

la Creación no ha comenzado todavía.
De Teorema natural (1991)

India

XIX

A Joaquín Giannuzzi y Libertad Demitrópulos

La brasa de la luz
y la carne
dilatando los hombres, afeminando el barro
hicieron Benarés.

¿Hay un sitio
donde se una lo sagrado y el cuerpo
que no sea en el asombro
de ir desapareciendo?

¿Quién sino el hombre que huye
de su propia distancia,
que se va quedando en lo que ya se ha ido
puede,
sin ver su llaga,
mirar un río?

No hay como su sensación
templo tan profundo
que deshunda el agua,
ni inmensidad
como la de seguir naciendo
para perder futuros.
Como el río.

Aquí viene a morir, en una casa azul espera
que se borren el día, sus hijos, el olfato y el tacto.
Junto a su mujer anciana
secreteándose
comen sus huecos,
intersticios de su historia
pedazos de un pan
que nunca podrá ser dividido.

Ella lo ayuda:
si ocupa todo el recuerdo
le vendrá el olvido. Le deja, eso sí, que tenga,
su jarro, su nombre, su sombrero
(todavía está imantado)
y lo lleva al Ganges
para que alce el agua y la aplauda
y la deje caer en la luz

pues para cruzar el infinito
hace falta una infancia.

Junto a él, otros, van perdiendo su alguien
(también su alguien pierde
el que pide salvarse)

Todos
lámparas
con el agua al pecho
entre la vida y la muerte
perplejos
en un fuego sin instantes
hicieron esta turbulencia, estas lenguas sin gravedad
que unge el río
y tiemblan
de tanto adiós sin salir de la carne.

¿Qué media entre ese adolescente que se zambulle
y el niño
que flota
sin luna, en el fondo?
No es la muerte
sino la forma
en que los abandonó el espacio.

¿Qué abisma al hijo con esas varas encendidas
que, antes de prenderle fuego,
da vueltas alrededor de su madre,
que no sea señalar un sitio
pues no hay sustentación
ni pierde distancia lo que cae?

Y entre la muerta
sin fondo, en su mortaja
y el esposo que se afeitó los cabellos
para despedirla
qué se rompe
sino un relámpago
y cada uno vuelve a su soledad
de no ser ni solo
pues a la muerte la une la asimetría.

Ese cadáver que pasa sobre la corriente
con un pájaro vivo
parado
sobre la profundidad de su cabeza
flor de agua
va como el río
de cuerpo presente
en su ausencia.

¿Dónde está Benarés
sino en todo lo lejos que estamos de nosotros?,
cruzando el día
como apagones, haciendo noche
en la fosforescencia,
buscando camino donde sólo hay señales,
cada uno en su espejo
para que el otro no se vea, llamando dios
a lo inestable
queriendo llenar la velocidad
con una piedra

hasta llegar a Benarés
y hundirse en el río
para acabar en alguna forma
y ser uno la salida
a la que nunca llega.
Y el hombre le dice al dios:
esta es mi carne
la única que te queda.

Desde el río se ve el humo
sólo hay una orilla
donde el muerto comienza.

Esa nube es él. Ahora se ve cómo
se sentía
y cual era la forma que se desorientaba
en la forma que él era.

Ahora no importa dónde arde.
Tampoco en la vida
tuvo dentro ni fuera
ni lo retuvo un sitio.

Lleva una luz que la luz no toca.
No se detiene
porque todo lo atraviesa.

Lo dan al río. Se lleva
el agua sus cenizas.

Agua sin agua sentirán que llueve
cuando nunca vuelva.
Del libro Baniano (1995)

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