ESE DÍA TAN TRISTE

»Aquí, mi Poeta sugerido: José Manuel Díez

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El día, ese tan triste en que me vaya,
que dicen que uno existe y ya no existe,
habría que fingir que se resiste,
mintiendo cual si fueras a la playa
jugando así al despiste.

Que aquí a saber quien soy hoy yo he venido
en busca de mi y mis raíces,
he visto en el camino a meretrices
y alguno que pasó muy inadvertido
igual que las lombrices.

Y a un tipo que murió de un arrebato
vertiendo sus lamentos por el suelo,
poetas que lo son de medio pelo,
que escriben como yo, pasando el rato,
a costa de un señuelo.

Tratantes de quimeras y esperanzas
que tocan sin saber, lo hacen de oído,
lo mismo que lo hiciera un presumido
vagando por aquí de uvas a peras
cual ciego empedernido.
©donaciano bueno.

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MI POETA SUGERIDO: José Manuel Díez

José Manuel Díez

DOS FORMAS

Ya conoces dos formas
de regresar al punto
que has dejado a tu espalda:

Girar sobre ti mismo
la perspectiva ciento ochenta grados
o dar la vuelta al mundo.

La primera es más simple, la segunda es más bella.
La primera es memoria, la segunda es viaje.

Si hubiera una tercera
—si la hubiera—
equidistante a ambas,
la llamarás poesía,
te nombrará temblor.

LOS MOTIVOS POSIBLES

Todo porque la luz entró en los labios.
Y los libros hablaron de paisajes posibles.
Y el juez dictó sentencia contra él mismo.
Y me bebí la poca ginebra que quedaba.

Todo porque mi nombre
será un día el de un muerto.
Y el mes de julio entero pasé en vela.
Y las aves cruzaron las fronteras del frío.
Y me besó los párpados la lluvia.

Todo porque en Plasencia había murallas.
Y rodaron los cuerpos por la nieve de octubre.
Y comenzó la guerra en el poema.
Y yo te pregunté si me querías.

MEMORIA DEL TRÓPICO

Ser el árbol del mango,
el y el encanto del pájaro gulungo.
Ser el millo y la papa, la raíz del jengibre,
los sones del candombe, sus danzones.
Ser cocuyos y ranas,
floresta de heliconias y cantutas,
los bochocós, el jaguar, la hicotea,
cochayuyos costeros, guayacanes y mangles.

Ser la palma de tagua, rajatrapos y cóndores,
los babalaos, los humos de la sacerdotisa,
salmodia del turpial cuando amanece.
Ser rito milenario y Pachamama,
plumaje de quetzal y ararajuba,
chapulín de alas rojas, cucarrón de alas verdes.
Ser viejo curandero y plañidera,
los caminos que aceptan el regreso, la huida.

Ser música de chuchos, marimbas y guaruras,
espíritu de ceiba y de mañío,
la aldea entre frondosos cafetales.
Ser tucán y pijije,
tronamentas, celajes, aguaceros, ventiscas.
Ser la luz de la luna
cuando atraviesa el ojo del cenote,
la flor incandescente del hibisco.
Ser pimienta y onoto,
madera de choibá y de calabonga,
transparencia del agua del alto Putumayo.
Ser pámpana de parra,
la exhalación terrígena,
las nieves de la ruda cordillera.
Ser ají y achiote,
los glifos astrológicos del calendario maya,
la nube que se posa en la planicie.

Ser Comala y Macondo, caracola marina
por la que nos susurran los océanos.
Ser la sal de la tierra,
conuco campesino en la llanura,
el águila posada en el nopal.
Ser el niño aturdido
por la visión de un dios, el ojo ciego
del huracán que arrastra un viejo tambo.
Ser trampero en la selva, pescador en los ríos.

Ser yuyal y ajolote, las monarcas viajeras,
quebradas, barrizales y potreros.
Ser los huesos molidos, los tambores del baile,
la princesa zenú, la diosa inca.
Ser tiguales y cactus,
serpiente mitológica emplumada,
los páramos de Rulfo, los cielos de Darío,
la fauna del color del alebrije.

Ser vuelo vertical de guacamayo,
las manos de la anciana chapolera,
la yuca, el coco, el ñame,
la arepa, el patacón, la chicha andina.
Ser el funyi en el tango y el pañuelo en la zamba,
las rutas que prometen el Eldorado,
los bollos de maíz, la madre negra.

Pero también los odios ancestrales,
la alambrada de púas, los venenos del chongo.
Pero también abrazo de anaconda,
dentellada de puma, picazón de tarántula.
Pero también las ruinas y el expolio,
la ciudad de chacales con codicia de hombres.
Pero también guerrilla y dictadura,
las manos en dos puños, los rifles clandestinos,
la plaga del dañoso comején.

Pero también la tribu y la matanza,
la errabunda comuna,
la venganza, el secuestro, los sangrientos afiches.
Pero también la fiera acorralada,
los guaicos que sotierran favelas y cambuches.
Pero también los cárteles, los combos,
la fe ciega y fanática, los héroes baleados.
Pero también la paz, la resistencia,
la casa del amigo,
la rebelión sonora, la utopía.

Ser uno entre vosotros. Y ser todo entre todos.
Y ser igual que el mundo: en cada hombre.
La sombra inmemorial de mis antepasados,
aquí en la latitud de los asombros.
Los seres que cohabitan al poeta.
Los poetas que callan en mi idioma.

LA LLANURA

Mi memoria de niño
cegada por un cuento de Jack London.

El olor de los búfalos
ha sacado a los lobos de las sombras del bosque.
Un graznido de urraca resquebraja el silencio.
La nieve es más espesa en la llanura,
donde apenas resisten la intemperie del clima
los peces bajo el lago congelado
y las zarzas sin fruto.
Las patas de una búfala se hunden.
Tres lobos acorralan a su presa.
Los colmillos confirman
el rito milenario de la muerte.
La manada prospera.

Mi memoria de niño
—su conciencia de hombre—
cegada por un cuento de Jack London.

Aquí, en el blanco inmenso,
un reguero de sangre.

UNA ODA

Las tienduchas —tú sabes
de las tiendas que hablo—, ultramarinos
que huelen a perfumes innombrables,
a conservas y a quesos, a licores baratos.

Las tienduchas de barrio que no tienen ni nombre,
y que todos conocen por el mote del dueño,
un viejo taciturno y apacible
que ve pasar la vida al otro lado
de un mostrador a cuadros blanquiazules.

Las tienduchas, tú sabes.
Con su decoración inmarcesible
de ristras de pimientos y laureles y ajos,
y latas de conserva en la alacena,
y pizarras de ofertas rubricadas a tiza,
y un peso de balanza de otro siglo.

Las tienduchas de barrio, cada vez más escasas.
Esos tristes negocios familiares,
con su olor a chacina
y el trato confiado que dan a sus clientes
dejándoles fiados los pedidos;
esos lugares aptos al abastecimiento
de lo más necesario; esas tienduchas
humildes, anacrónicas y bellas.
Esas simples tienduchas, por sí solas,
consiguen que me sienta de este mundo.

IMAGINA UN CABALLO

Un caballo
que se va agrandando
a medida que se aleja.
VICENTE HUIDOBRO

Imagina un caballo.
Un caballo muy blanco desbocado en la noche.
Pero no en los lugares ni contextos comunes,
sino sobre el asfalto de las céntricas calles
de una ciudad cualquiera.
Una ciudad de tantas,
con luces de neón y gente que camina,
donde jamás ocurre nada extraño,
nada tan asombroso ni tan inexplicable
como nuestro caballo imaginario.

Imagina un caballo.
Un caballo muy blanco desbocado en la noche.
Imagina a la gente que se aparta a su paso,
y grita sorprendida, cautivada
por la visión anómala y sublime.
Y después argumentan, se emocionan, discrepan
y no saben ponerse de acuerdo en lo que han visto,
y no saben ponerse de acuerdo en lo que otros
les han dicho que han visto.
Y la noticia vuela, de boca en boca, insólita.

Imagina un caballo.
Un caballo muy blanco desbocado en la noche.
Algunos lo señalan como a un ser de otro mundo,
pero el caballo solo es un caballo.
Es fuerte. Corre y bufa.
Y no lleva montura ni riendas, solo crines
y músculos y ojos. Y relincha.
Y sus cascos avanzan
resonando en lo muerto del cemento, en lo ajeno
de esta ciudad que nunca vio un caballo
corriendo por sus calles,
tan libre, tan sin hombre, tan desnudo;
esta ciudad absorta, concebida
para el orden cabal de peatones y coches,
jamás para caballos desbocados.

Imagina un caballo.
Imagina las formas de un caballo que escapa,
nadie sabe de dónde ni hacia dónde,
nadie sabe por qué. Todos ignoran.
Quisieran detenerlo en su carrera
y alcanzar a montarlo,
sucumbir un instante para siempre a su fuga
solitaria y heroica. Pero nadie se atreve.
Hay que ser, para hacerlo, solitario y heroico.

Imagina un caballo desbocado en la noche.
Un caballo que corre como corre el delirio,
como cruza el deseo.
Y piensa en la ciudad, al día siguiente,
recordando la escena singular del caballo.
Y piensa en la ciudad, al día siguiente,
consternada y eufórica,
inventando un idioma para del caballo.

Así es un buen poema:
belleza desbocada donde nadie la espera.

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