A UNA TARJETA DE CRÉDITO

»El Poeta sugerido: Francisco Caro Sierra

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De crédito, simple tarjeta,
sí, una “card” es el motivo
del poema que ahora escribo,
¡siempre humilde, tan discreta!

Algo tan simple y sencillo,
-una foto y unas letras-,
como un plástico con brillo,
chip y banda magnética.

Conmigo va en el bolsillo
o tal vez en la cartera,
me abre puertas y el pestillo
¡sin ella yo me muriera!

Cuando me acerco a comprar
de mi tarjeta yo tiro
y es que hasta la fecha actual
no tengo ningún motivo
que me permita dudar
¡siempre acude ella en mi auxilio!

Sin pedirme a cambio nada,
-cuadradita y alargada-
tan amable y servicial,
me ofreces satisfacciones,
me generas emociones
y alegría sin igual.

Contigo yo voy seguro,
acrecientas mi autoestima,
y por ello yo te juro
¡eres mi diva, mi prima
o algo mucho más formal!

¡Oh mi tarjeta, mi amiga!
hoy te declaro mi amor,
¡tu quedarás siempre viva
hasta el final de mis días
dentro de mi corazón!
©donaciano bueno

¿Alguien se acuerda si había vida antes de la llegada de las tarjetas de crédito?

POETA SUGERIDO: Francisco Caro Sierra
Francisco Caro Sierra
Son blancas aves

Sin ninguna
urgencia caen, como losas
ingraves caen, son blancas
aves tristes,
pedazos de la piel que me creciera
en los días de espuma
y caen,
calmada como está
al fin su rebeldía
son el vuelo,
son lo ceremonioso, caen
y en su liturgia fingen
la verticalidad
o la desidia fingen.

Quiero decir que nievo
desordenadamente
que desde una habitada
leprosería, nieva
este nueve de enero.

Hay un pecado inmóvil,
una mujer oculta tras columnas,
y una casa de vientos junto a un río
que lo contemplan todo,
todo
todo lo que creció ya roto,
todo lo que vivió ya roto,
y que sólo al caer, en el suelo posado,
busca recomponerse.

Quiero decir que nieva
solamente de mí, de cuanto fui inocencia
que nievo
desde este cuerpo azul
que todavía escribe.

Desde mi tiempo hoy,
sobre un tiempo que busca o que persigo,
nieva:
verdad que me deshace.

Copos, copos, copos, copos,…

Comme une orange (Atenas)

La terre est bleue comme une orange
P. Éluard

Próximas a la luz que permanece
intacta en esas piedras, en los mármoles
blancos donde tocaran
las nobles manos
de Ictino, el sueño
noble de Fidias,
con su realidad acosan
con su quietud violenta,
de testigos,
con que ocupan el aire en la espesura ática,
son el gesto pictórico de la putrefacción,
y redondas acosan
con el enmohecido
silencio que me gritan desde el cuenco de barro,
en esta mesa pobre de terraza
y de hotel en olvido, dejadas a su estar,
calladas junto
a su pereza y frente
al templo que resiste,
sin mirarlas acosan
me acosan porque sé que nunca mienten
su cansancio proclaman y me acosan
tres naranjas azules: podredumbre
insaciada del mundo,
de mi cuerpo y su asfixia, y el aviso
del futuro en el verso
de Paul Éluard.

Líquenes en la casa recobrada

De no usar el tiempo,
han nacido en las losas
que forman la escalera
mares de líquenes.

Contemplo la sorpresa,
su menudo decir y su sosiego
atrevidos, tenaces, han logrado
crecer en la humildad de la caliza,
viven.

Un caracol de sombras
los vela compasivo,
tal vez su voz recorra cada tarde
tanto existir sereno, el minúsculo
amparo que la piedra
parece permitirles.

Me he negado a pisarlos
no seré yo quien hiera su miniada
levedad de colores,
su luz raíz, en donde no distingo
ni baldíos reclamos
ni renuncias.

Mi casa recobrada,
mis hierbas minerales, la conciencia.

Como la playa

Como la playa ociosa
a final de septiembre, allí
donde la luz asume que su vigor caduca
ajeno a la existencia de los otros,
así contempla el hombre
mansa y leve su mano, la herramienta
con la que atesorara
el esplendor azul de cada instante.

De Paisaje (en tercera persona)

Bosque

Las desgajadas, secas.
El hombre mira
bien que estén secas.
El haz crece, su brazo. Sólo busca
calor y las recoge. No todas,
él las prefiere
primero débiles,
han de
prender la lumbre, el temblor
de la llama que inicie, bien lo sabe
luego, las recias.

Su cuidado procura, cada noche,
sostén al fuego. Aún
ignora si las brasas
que pudieran salvarle
llegarán. Al final, cuando los hielos fuertes,
con los odios más fuertes.

Con paciencia recoge
-igual que hiciera ayer,
lo mismo que mañana- como si fueran leña
palabras en el bosque. Tiene frío y está
despidiendo la vida.
De Paisaje (en tercera persona)

Así quisiera

Salvo de ti
de todo tengo celos
tu voz
de sal
la luz
y el mar
el mar es la memoria
la frontera
salvo de ti
de todo tengo celos
desnuda tú
desnudo
tierra y cielo
así quisiera.
(del libro Salvo de ti)
De la acción y del verbo
Pensad la poesía
como el ansia perfecta
de un instante, como si un absoluto
-proponía Boccaccio
de Certaldo-
pensad después
hacedor al poeta,
pensadlo como el hombre
que contempla, fugaz, aquel momento,
que procura fijarlo y su palabra
dilucida o traiciona
pensaos en poema como fruto
imperfecto, mortal, matriz en esperanza
entendedlos así:
trinidad y conflicto
permanente y acción, hacedlo verbo

esperad tiempo y modo, conjugadlo.
(del libro Cuaderno de Boccaccio)
Es ahora su norma:
cada día
destruye lo que escribe, luego traza
dos senos diminutos
sobre nuevo papel.
O recita
islandesas historias, de los ciclos antiguos,
de aún antes que existiesen las palabras.
Su mirada -le miro- mide el tiempo
que las nubes le ocultan.
(del libro Mientras la luz)

El cazador

A Lucía Comba

Hay un blanco animal,
larga la crin, que cruza
alguna vez delante
de tu refugio,
sin temor a amenazas
ni a lo oscuro del bosque

y estás tú,
el cazador, tan solo como
salvaje y libre
parece el animal al que pretendes
cercar sin daño, someter

piensas
que para hacerlo tuyo,
para apresarlo debes
servirte de la trampa del poema

(el poema es la red
si el poema es exacta geometría)

y la construyes
sagaz, con cien astucias,
porque tú has decidido
capturar,
poseerlo, custodiado entre rejas

entre versos
al animal rebelde,
al vagabundo andar del unicornio
al que los dioses llaman Poesía.

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