EL OBISPO MONSEÑOR URIARTE

Poeta sugerido: Laura Elena Alemán

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Estos clérigos de dios,
¡tan buenos, tan complacientes!
hacen dudar a las gentes
y que a Dios le den su adiós.

Pues si dios es indulgente
y siempre está a nuestro lado,
nunca podrá ser juzgado
en la misma proporción
aquel al que le han matado
que al que al matado mató.

Esta es una conclusión
que no tiene vuelta de hoja
y aunque el obispo la coja
y la envuelva entre algodón
las cosas son como son
-lo escribió Pio Baroja-
vasco como monseñor.

Poner en el mimo plano
al verdugo e inocente
ni es humano ni cristiano,
menos propio de un hermano,
pues resulta incongruente
que pretenda el buen señor
que ambos se tiendan la mano
como si nada pasó.

Después de pedir perdón
y compensar las heridas
estas gentes mal nacidas
tendrán que hacer contrición
-no darnos explicación-
y penar todas sus vidas
por tan criminal acción,
¡que interceda monseñor
y en el cielo dios bendiga!.
©donaciano bueno

Perdón al criminal? Y las víctimas inocentes? Clic para tuitear

Es preciso recordar que la banda terrorista ETA, con cerca de mil asesinatos de personas inocentes a lo largo de su terrible historia, se gestó en los conventos y los púlpitos de las iglesias del país vasco. En esa época cuando una persona moría era difícil encontrar un sacerdote que se prestara a celebrar un responso por la misma. La misma iglesia católica que se declara Universal y tiene entre unos de sus principales Mandamientos el de no matar. Ahora el sr obispo trata de hacer borrón y cuenta nueva y, apelando al dolor, meter en el mismo saco a los verdugos y las víctimas. Pues no. El mismo sentido común que se supone Dios nos ha dado nos dicta que eso no sería justo, un agravio comparativo. Y por tanto, impropio de Él.

POETA SUGERIDO: Laura Elena Alemán

Laura Elena Alemán

Esclava

Con murallas de sueño me rodeaste
y en el ansia de tu pecho me envolviste,
mil rosas en el alma me encendiste
y esclava de tu aliento me dejaste.

Con el color de campo coronaste
un cielo mustio de silencio triste,
y en éxtasis de luz lo convertiste,
cegándome en la magia del contraste.

Esclava deslumbrada con el gozo,
sin mirar más que el mundo por ti dado,
sigo el viento de flores oloroso,

y en anhelo, de aromas inundado,
eternizo, tal mago prodigioso,
la pureza de mi cielo iluminado.

Revelación

¿Sentiste el tiempo,
tanto aquel abstracto no determinado,
como el real, que te sujeta y esclaviza?
Caminó solo y libre
cuando detuviste el tic tac
que en tu mente lo marcaba…
¡Casi no te reconozco sin tu lucha
contra el tiempo!
La tristeza, ¿qué le hiciste?
Ya no la traes, ya no la llevas.
¿Dónde la dejaste, imagen?
¡Casi no te reconozco sin tristeza!
¿Y la muerte obcecada que tanto pretendiste
tampoco la traes, ya no la tienes
ni siquiera en la mirada?…
Casi no te reconozco sin tu muerte viva.
¿Y esa ansia, esa prisa, esa sed de vivir
de sentenciada,
ese sentimiento de que se te iban los días,
las tardes, las noches,
las mañanas, escapando a ese estar sin tu conciencia
eternamente condenada?
¡Dónde la dejaste, imagen,
que no te reconozco libre!

Caminé por la playa y de regreso
noté el aplomo de los pasos,
huellas reales, nada etéreas,
nada ingrávidas.
Tomé con mis manos agua de sal,
de espuma y maravilla
y mojé mi rostro,
¡tu mismo rostro, imagen!
Para confundir con ella las lágrimas
que saltaron de mis ojos
y respiré hondo,
sí, respiré hondo la brisa humedecida,
me sentí viva, me embriagué
de estar viva,
tuve la certeza de que hoy,
de que hoy en el presente absoluto,
ni sueño que vivo,
ni vivo soñando.
Conmovida entre lágrimas y risas, te pregunto, imagen,
dónde dejamos la amargura,
y la lucha contra el tiempo,
la falta de fe, la tristeza,
la inexplicable, la misteriosa,
nostálgica tristeza… y la muerte,
la deseada, implacable, pavorosa muerte.
Todo el azul es tuyo
—¿te das cuenta?—,
el del mar y el del cielo,
todos los vuelos son tuyos
porque sabes verlos y sabes amarlos.
Embriágate de azul, embriágate de vuelos
y ahora cuéntalo, grítalo, compártelo,
corre exuberante por la playa…
Sí, cuéntalo, grítalo, otórgalo…

Canto nocturno (14-XII-2018)

I
No sé si soy yo
la única despierta
en este campo tranquilo,
donde todo sueña,
o si soy
la única que duerme,
con mi sueño tan triste,
en este campo de luna
donde todo vive.

II
Noche, cómo me dueles,
clavada dentro
como garfio en el alma,
parece que has caído
sobre mí
y sellado mis ojos
con luto eternamente.

III
¿Verdad que estabas
tras de la luna
con tu alma inmensa,
que desde ahí
me mirabas en los sueños
nocturnos y sonreías?
Más allá, tras de la noche,
Estabas
con tu presencia de luz
toda pureza.

IV
Si con este aliento
bordado en la nostalgia,
que me hace vibrar y desprenderme,
pudiera confundirme
poco a poco con la tierra,
hasta plantar las raíces
de una dicha suave,
tierna y verde,
que con sus dedos hiriera
el centro enfermo de nublados cielos.

V
Hoy vibra tu alegría
entre mis venas,
y mañana vibrará
mi tristeza entre las tuyas.
Ahora de tu juventud
mana la savia
de mi árbol frutecido,
mañana tu alma
se irá secando con la mía.

Laura Elena Alemán (1924-1961)
Rueca. Otoño
Año I – Vol. I, México, 1941

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