LA PRIMAVERA/

Rafael Felipe Oteriño (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Cada vez que a mi balcón
te asomas ¡oh, primavera!
mi corazón se acelera
y me embarga la emoción.

Eres la niña que espera
a un amor en una esquina
Mientras aguarda, adivina
de la juventud solera.

si será el que ella quisiera,
muy guapo, rubio y muy fuerte
deseos por conocerte
¿de quién será prisionera?

La primavera es mi amada
-margaritas y amapolas,
el susurro de las olas-
tan amable y deseada,

cara de niña aniñada,
dulce, amable y verbenera,
sonriente, alegre, mimada
¡qué linda eres primavera!
©donaciano bueno

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Rafael Felipe Oteriño

Husos del escritor

Mesa, aldabón, cascada: de ustedes me he servido;
los trasladé de sitio en sitio, de hogar en hogar.
Abrí mi puerta a la frágil melodía de sus voces,
al estrépito de sus caídas,
y los modelé, noche a noche,
hasta verlos reaparecer
como ondulación, como ola.

Fue la labor de un obstinado,
la ambición y la usura
de tenerlos allí,
en cada paso y a cada mirada.
El ballet de sus sombras pujando en mí,
la sombra de unos y otros,
deslizándose por mi ventana.

Cuchillo, abedul, serpiente: fui derivando entre husos.
Viví de la siembra de una gota de aceite,
de la soberanía de un árbol.
Robé, mentí, molí, mezclé.
Como un Durero agradecido,
crecí a expensas de todos -a todos rogué que cooperaran-
y ahora los dejo libres: a la búsqueda de un nuevo autor.

Nomeolvides

Acostumbro
a recoger para ellos nomeolvides,
pequeñas flores de octubre
que se prenden a la solapa
como abrojos.
En la piedra no hay nada
que las sujete:
ni el pocillo con agua
donde las sumerjo,
y que de ordinario se seca
tras mis pasos.

Tal vez sea mejor así:
que duren el instante de llevarlas,
apenas la decisión
de ponerlas junto a unos nombres
que sólo yo
deletreo hasta el final.
Sí, tal vez lo importante
sea sólo eso:
que mantenga la promesa
de llenar los vasos
y no derramar el agua.

Morada

El calor cercaba los huertos y la corteza de los árboles,
la carretera centelleaba a lo lejos
acortando la distancia;
el silbato del tren era el único habitante
que poblaba la tierra.

Morada de un país inextinguible
donde anidaba la menta y el benteveo.

No los menciones, déjalos ahí, no los toques,
no quieras devolverlos al combate del eros
ni a las pruebas del valor,
bajo pena de que todo eso
se derrita.

Dasein

Es tan corto este día,
que en un instante se agolpan
la mariposa del jardín anterior,
el aire tibio de septiembre,
sin tener en claro
cuál de los dos ha de reinar.

Tan corto,
que en un abrazo
puedo contenerlos,
con la sensación de asistir a algo
que se consuma
sin haber existido.

La huella
sigue a la mano,
la perla
al pescador de perlas,
la pluma al pájaro
y el eco al sonido.

Flecha súbita
que alcanzó su blanco,
cita no concertada
en el jardín de las delicias.
Y yo en el medio, oficiante anónimo,
ciego guardián.

Historia familiar

He vivido más de lo que pensaba
y ahora soy yo el que cuenta la historia;
desaparecidos todos ellos,
puedo darles forma de pájaro o de pez,
o lanzarlos a caminar sobre una cuerda,
y nadie me lo discutirá;
mudar fechas, fraguar encuentros,
hacer ruido en los cuartos y descubrir tesoros,
y nadie me los disputará.

El pasado flota igual que un iceberg,
el puerto hacia el que marchábamos
sigue cerrado por brumas, como entonces;
el futuro forma un espejismo
ante el que nos inclinamos
y al que veneramos, sílaba a sílaba;
también a punto de extraviarse,
todavía no ha comenzado
su deslizamiento hacia abajo.

El este y el oeste son travesías en el mapa,
pero algún día ya no lo serán;
la tormenta y el eco se escucharán lejanos,
y otros intérpretes más audaces
retomarán la historia
con sucesivas y bienintencionadas erratas.
Y serán –como ahora lo soy yo-
partes de un sortilegio:
los últimos y los primeros en contarlo.

A LA LENGUA EXTRANJERA

Me asomo a la lengua extranjera como a un reino.
Tesón de palabras
que son valles, esteros, montañas.

A veces se entrelazan y escucho una voz.
Y devociones que permanecían ocultas
se acercan a mi mesa como guardianes altos.

Conversan animosas, intercambian miradas,
las oigo respirar como catedrales
por cuyas naves espaciosas voy.

Entonces, se abre una puerta y la atravieso.
Y detrás hay un palacio con su jardín enorme
y un lago transparente en el que me zambullo y nado.

PEDÍ QUE ESTE VIENTO

Pedí que este viento no terminara nunca
y eso es imposible:
las cosas nacen para sucederse, no para durar.
Es lo que marcan las estaciones,
los cambios en la piel
y esta misma página a través de los años.

No permanecen igual: se suceden.
Incluso la propia imagen del viento
lo dice claramente:
lo que hay es cambio y nada lo frena.
De lo más cálido a lo frío
y del frío a la frialdad extrema.

El viento desprende las hojas,
que siempre son otras, otras.
Contagiadas por esta lección,
las manos se sueltan de las manos.
Nada permanece:
ningún trabajo sobre la superficie blanca del mar.

SEGUNDA NATURALEZA

El amanecer comienza, como siempre, en voz baja.
Lo acompaña un trino que, con el paso de las horas, se apaga.
Entonces entran los grandes autobuses,
palas mecánicas y grúas a reinar sobre el planeta.
Un taladro avisa que el mundo ya está en marcha.

En el silencio de la habitación continúa aquel trino,
aunque sólo esta página lo escucha.

Levanto la vista
y sobre la pared cuelgan fotografías de familia.
Cuadriculan el tiempo, lo fijan: es su modo de reinar en el silencio.
Pero padre, madre, abuelo, hermana, no están allí.
Son como esos pájaros del amanecer
que una luz, casi dorada, despierta.

Hojas de papel, paredes blancas: escudos contra la desaparición.

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