LLUVIA DE ABRIL/

Neus Aguado (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.

 

Era de abril un día muy lluvioso,
triste, en aquella tarde gris, tarde plomiza,
-amenazantes las nubes de ceniza,
en el momento justo en que el cielo se oscurece,
todo el ambiente se transforma en luctuoso-
atisbo el último haz que de la luz desaparece.

Ojeroso, el viento viajaba sin consuelo
arrastrando a su paso, verdiamarillas,
las hojas por el suelo,
arreboladas cual sonámbulas en una fantasía.
La luna, hasta ahora muerta, aparecía
guiñando un ojo entre el manto de acetato
del agua fina y tibia. Y las lentillas
dibujaban relampagueantes lagrimoso un garabato.

Amén de olfato, atenta la mirada
las casas por las ventanas sus ojos asomaban,
-eclécticamente apáticas, vistas cansadas-
atentas a que el próximo aguacero
se hiciera presente. La gente ausente,
vagaba ensimismada,
Y de repente
comenzó a descargar con furia tal el cielo fiero,
que hasta a Zeus, el dios de las tormentas en celo artero,
en su esfuerzo por amainar hizo impotente.

Dando saltos andaba, sendero pedregoso,
esquivando del suelo, provocadoras lagunas
fanfarronas. En tanto que ese cielo rencoroso
de gris achubascado
se iba engullendo con descaro las colinas
con pantagruelica fruición y sin dejar bocado.

De la niebla, en un virtual efecto, era un lamento.
La misma que resbalando de la noche
lanzaba sus dardos sobre mi flaco aliento,
desparramando su manto gélido y gris como un reproche
y en un momento
la vida definitivamente diluyendo se fue como un fantoche.
©donaciano bueno

¿Conoces a Neus Aguado? Lee/escucha algunos de sus poemas

Neus Aguado

Sabiduría

Unigénita de múltiples virtudes,
he recorrido la casa patriarcal,
la casa donde los eruditos
no tienen ni un momento de sosiego.
Habías traspasado la puerta esmerilada,
la del espíritu en armonía:
otra casa te acoge, en otra reinas,
Y es hacia allí adonde encamino el paso.
– – –
Como un efebo tiembla
mi gata oracular,
Y no descifro
-a pesar de contener el designio del mundo-
si es un presagio adverso
o la confirmación
de que más allá de los deseos por cumplir
está el azar temblando entre mis brazos.
– – –
Normalmente es la combinación de lo triste con lo perverso
lo que nos convierte en seres vulnerables,
los que es capaz de triturar aquella alegría animal
que aún palpitaba en las noches pasadas a la intemperie.
– – –
El mensajero de las siete llaves,
el que nunca recuerdo ni sé cómo se llama,
me dijo los secretos de tu vientre y tu cama.
si niegas lo que amas el amor reverdece,
si amas lo que niegas el amor te enloquece.
Busqué el libro que tus manos habían sostenido,
el de la miniatura de Jean Fouquet en la cubierta:
«Dios une a Adán y Eva» en un jardín cercado
con ángeles, animales y la fuente, estrellas y palomas,
y pensé ¿habrá un ángel, un solo ángel clandestino
dispuesto a sostener el manto del creador en el jardín
de nuestros amores cercados donde hay agua y cielo
y un paisaje invertido como el de los antípodas
y un incansable deseo de desaparecer del cuadro?

La flor azul

Cómo saber si es todo tan callado,
cómo adivinar que más allá de mi mano hay un espejo
que refleja un sinfín de rosas mustias,
cómo saber si es todo tan oscuro,
cómo saber si es todo tan incierto
y escribo al buen tuntún como si fuera la primera vez
y amo a ciegas como todas las veces
y no se me ocurre nada que no sea un vulgar simulacro
de una vida que no me pertenece, de un tiempo que desconozco,
de un deseo anclado en cada instante, sin lastre y tan fugaz
a pesar del ancla, a pesar del plancton, a pesar de los muertos.
Cómo saber entre esta estela de codicias, entre este absurdo
que se empecina en matarnos cada día y en dejarnos sin flores y sin vida.
Cómo saber si por fin he encontrado al flor azul de lo imposible.
Cómo saber que no tiemblo para el mundo, que no miento para el mundo.
Cómo saber que he llegado al límite de mis limitaciones
y ya nada puede detenerme.
Cómo explicar que incluso todo esto ha dejado de importarme,
que muy posiblemente nunca me importó, porque estaba demasiado absorta
intentando explicar lo que ahora sé:
esa incipiente flor azul que crecía en el fondo de tus ojos yo misma la he segado.
– – –
Y siempre, en el momento más inesperado
oyes aquel timbre de voz perdido en tu memoria
y vuelves a no respirar, y recuerdas las voces
que desde el nacimiento te han acompañado, las más queridas,
y vuelves a preguntarte si esta vez sí
si esta vez será la voz que desde siempre has estado esperando
y tu propia voz tiembla
y pocas veces puedes gritar, pues te pasa como en las pesadillas,
no te sale la voz, sólo un hilo de voz y el gesto de la mano implorando
implorando un deseo extraño de acercamiento y rechazo
y la voz vuelve y tú vuelves a vestirla de ojos verdes,
de ojos azules, de ojos violetas, de ojos negros, de ojos de miel,
y pides, como si creyeras: que esta vez sí sea la voz de mis ojos.

De acuerdo, fui la cazadora furtiva…

De acuerdo, fui la cazadora furtiva
y caíste como un tigre en las redes
pero después qué caro fue el precio,
acabamos como animales enjaulados en el zoo: tristes.
No sé si yo coloqué la red para que te atrapase,
creo que me pediste que fuese a capturarte.
Sí, así fue, eran las doce de la noche,
y me dijiste por teléfono que fuera a verte,
yo no era Cenicienta y fui a tu casa en taxi,
no encontré ningún príncipe, sólo un tigre disfrazado, en batín.
A mitad de mi luna de miel, que yo pensaba perpetuar,
y que no coincidió con tu luna, me dijiste que teníamos que ser razonables:
medir nuestras citas, pues te desconcentraban, no podías trabajar,
quedé tan perpleja que empecé a desenamorarme, jamás quisiste
entenderlo.
Hay ciertas cosas que no se le pueden decir a una cazadora de tigres.
de Tal vez el tigre (2015)

Los naufragios de secano…

Los naufragios de secano son los más peligrosos,
no te ahogas, te asfixias, se te cubre la piel de limosna
y no hay nadie que pueda darte nada.
Entonces te convences de que nada querías,
de que los náufragos pocas veces pueden llevarse nada
a la inexistente isla de las figuraciones,
y recuerdas que sólo posees aquello que no podrás salvar
y el naufragio se agranda y es entonces cuando, por fin,
descubres que ahogarse o asfixiarse no es tan distinto
y no es tan diferente quién te ahoga o quién te asfixia
pues ¿cuántas veces has podido salvar lo que no poseíste?
de Aldebarán. Libro III (2000).

Ciudad murada

Tus ojos medievales, quizá grises quizá verdes,
y los ojos azules mencionados en la literatura occidental.
Palabras inapropiadas como pingüinos en el Sahara,
y el saber que nunca supimos.

Preferir lo zafio a lo sublime
como un mandato que nos destierra del paraíso
y nos conmina a penetrar en el triple recinto:
en el primer recinto está la mano que sujeta,
en el segundo la mano que condena,
en el tercero las dos manos de la matrona universal.

Ciudad murada, recinto que llevamos impreso en el alma.

Mar adentro, alma adentro, vida adentro.
Como un náufrago llegas a islas irreconocibles,
no hay mapas ni brújulas ni tan siquiera agua.
Sed, sólo sed durante todo el recorrido
y lejos muy lejos las huellas de otras vidas.

A tientas buscas el pozo, el aljibe de tus mayores
y encuentras un túnel infinito y no ves la salida.
Luz y agua buscas y encuentras muerte.
Y empiezas otra vez, aprendes a andar nuevamente:
«Un kilomètre à pied…» el canto de montaña
y al fin encuentras en el iceberg del alma un poco de sol
y de agua helada.

El mensajero de las siete llaves,
el que nunca recuerdo ni sé cómo se llama,
me dijo los secretos de tu vientre y tu cama.
Si niegas lo que amas el amor reverdece,
si amas lo que niegas el amor te enloquece.
Busqué el libro que tus manos habían sostenido,
el de la miniatura de Jean Fouquet en la cubierta:
«Dios une a Adán y Eva» en un jardín cercado
con ángeles, animales y la fuente, estrellas y palomas,
y pensé ¿habrá un ángel, un solo ángel clandestino
dispuesto a sostener el manto del creador en el jardín
de nuestros amores cercados donde hay agua y cielo
y un paisaje invertido como el de los antípodas
y un incansable deseo de desaparecer del cuadro?

No quería la lujuria que me diste,
la que se echa sobre el lecho como un fardo,
ni tus ojos cerrados ni tu boca ebria.
Quería, Dios lo sabe, tu mirada
y la transparencia de estrella
que incluso los esclavos pueden poseer.

 

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