FERNANDO SIMÓN

»Mi Poeta sugerido: Ángel Cuadra

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Soy Fernando Simón, quien me conoce
ya sabe, pues salí mucho en la tele,
que hay unos que me tildan de pelele
pues nunca con el “Presi” tuve un roce
y es algo que no aceptan y les duele.

Y hay otros con orgullo que me ensalzan
tratando de elevarme a sus altares,
calmando de los otros sus pesares,
por mi se desgañitan, flores lanzan,
son ellos que me adulan a millares.

Entiendo que la gente del montón
a veces con el virus me confunda,
-lo malo ya se sabe, mucho abunda-,
como algo que no tiene explicación
que causa sin piedad esta carcunda.

Admito que los hechos de esta historia
el mal a sus espaldas siempre irá,
e incluso si es que el virus morirá
por siempre ha de quedar en la memoria
mi nombre, F. Simón. Y así será.
©donaciano bueno

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Fernando Simón, portavoz del Gobierno, ese hombre, encargado de dar la información día a día sobre la evolución de la pandemia, con sus luces y sus sombras, según se mire, quedará siempre asociado a esta enfermedad producida por el coronavirus.

MI POETA SUGERIDO: Ángel Cuadra

Ángel Cuadra

SIN OBJETO

He aquí que el punto donde empieza la sombra
es mi espacio cerrado:
se va viendo a lo lejos cómo asciende el silencio.
Bien podría decir,
mirando los trenes que pasan,
que he perdido otro turno:
parece que mi viaje
se me hace un esqueleto de proyecto que pudo ser,
y se caen pedazos de su historia.
Y si no fuera que la vida no puede repetirse,
y si no fuera que el poema tiene su hora,
y si no fuera que evito la tristeza
para que no moleste a los astros
con mi nombre caído al sur, inútil…
no tendría esta angustia de mensaje
que no llegará nunca.
No es posible esperar
si ya pasó el momento.
Porque, entonces, ¿qué hacer con el encargo?,
¿cómo poder encontrarme sentido
si ya no tengo viaje?

EN ALCALÁ DE HENARES

(Después de visitar la casa donde nació Cervantes)

En aquella taberna
había toneles acostados,
la cabeza de un toro en la pared,
viejas sillas en la barra
y mucho tiempo detenido en su vetusto encanto.
Contemplando mi copa de vino,
se me ocurrió de pronto
si en alguna taberna como aquélla
habría estado Cervantes
brindando con Quijotes y con Sanchos.

AUTOANÁLISIS

Al final va llegándome el sosiego
de resignarme a lo que sólo he sido;
aceptar que morí en lo no vivido
y perdí lo dejado para luego.
A la premura de vivir me entrego
y, a veces, por vivir, de mí me olvido;
que a otro doble de mí, que a mí va uncido,
siento que le robé su tiempo, y brego
por no volver el rostro al repetido
llamado de su voz, pues que le niego
su espacio en el espacio en que he existido.
Y así, al final, a definir no llego
si es relegando al otro que he vivido
o es a mí al que he dejado para luego.

ÁRBOL DENTRO DEL ALMA

A Eugenio Florit

Abonado de silencio
–copa hacia adentro tendida–,
alto de sombra,
cauteloso mi árbol crece.
Se empina desde un surco casi virtual.
Como a volar sus ramas se despliegan,
y como rosa de los vientos
asume las direcciones todas;
bebe en el horizonte el infinito,
se marchita en algunas horas del tiempo
y renace con el rocío su verdor detenido.
¡Qué tránsito de grises y verdes lo acometen!
También le acuden las tormentas:
lo combaten rachas del mal
como pecado antigua y kármico,
y otoños que le imponen,
como en una sentencia,
vengativos areópagos.
Pero está ahí, en su sitio,
aún fruteciendo,
aún con cantos de flor,
aún persistiendo…
¡Oh!, árbol de mi alma,
a pura tierra, a puro aire,
asumiéndose a sí mismo,
frente a la gran pregunta,
en el silencio.

Reencuentro con mi primer libro de poemas

Como un antiguo amigo
estás ahí callado en el estante.
Otros libros alzan sus voces altas;
eclipsan tu sonido.
Yo paso, sin notarte, de largo
en un olvido cotidiano.
En importantes otras páginas te ignoro.
Te diluyes hacia atrás,
entre las nubes diarias de tiempo y polvo
que van cayendo y siguen
sepultando caminos, piedras, huellas, asuntos…
La vida desciende sus abismos.
Escribo cosas – otras – como anhelos y hastíos.
Y, ya cansado de afanes, de preferencias yertas,
vuelvo…
Torno de pronto a tu rincón;
te miro con tu sonrisa de antes.
Regreso a ti,
converso página a página contigo,
conmigo en ti: me dices lo que he sido.
Y, en una intacta conciliación sin tiempo,
te abrazo nuevamente,
como a un antiguo amigo.

Versión de Romeo y Julieta

-¡Amor!- gritó Romeo en la noche:
era en la soledad como el destino,
un peso de belleza sobre los hombros.
¿Dónde abrazar al nombre?… -¡Rosalina!-:
dibujaba con letras de humo
sus sílabas en el viento.
Eran sobre Verona las señales,
el dedo del designio.
No podía ser en él, y escapaba hacia el nombre;
puro fuego de amianto para ser plenamente en otro ser.
Habitado del ángel,
del diáfano demonio de hermosura,
iba en la noche: -¡Rosalina!-.
Su voz, ajena, no venía desde él;
un hálito de siglos la arrastraba.
En el baile murmuraba aún su nombre.
No entendía el peligro:
él poseído, él hechizado, él sonámbulo puente del designio.
-¡Rosalina!-…, siempre en su búsqueda,
siempre fiel a sí mismo, a ella, al mito.
La música lo empujó frente a ella:
estaba allí situada, como la espera, en la cita:
-¡Julieta!-, dijo su voz como costumbre.
No distinguió que el nombre era distinto.

Hoy te siento venir

Hoy te siento venir desde la imagen inmediata.
Es que me pertenece la blancura que triunfa en tus hombros
y la esencial virtud de tu mano en el sueño.
Si por tu rostro cruzan definibles distancias,
es esa tierra tuya la que me está más cerca,
en el plano por donde vienen tus piernas
verazmente tendidas, ingenuamente puestas a encontrarme.
Todo es como de gasas azules el vestigio de verte:
humo abismal, virtual presencia,
puro designio que, momentáneamente, no acontece
y está, tal vez, para ser eso siempre.
Cuando tomo universos,
cuando en la hegemonía del bien arde mi reino
y el hálito más alto es ése de tu cruz en mi mano,
de la oración en paz
con que se anuncia el ser, la estrella, el fruto…
todo es tú inmediata:
trigo para el sustento,
aire verde en las lomas cercanas,
la concisión del pájaro en la orquesta…
toda esa armonía palpable
bajo un cielo que siempre se apresta a definirse,
que ahora cruzas sin irte,
detenida en la pura crisálida
de mi muerte en tu amor.

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