POR TI, POR FIN ME MUERO/

Ernesto Noboa Caamaño (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Algún día, quizás mañana, no sé cuándo
madrugaré, te daré un beso y diré adiós
y me confesaré contigo pues que dios
ha decidido incorporarme ya a su bando.

Y te contemplaré esperando me sonrías,
te quise te diré, a fuer de ser sincero,
acuérdate de, amor, regar nuestro florero,
que en cada flor que permanezca tu eres mía.

No lo dudes jamás, no olvides que te espero,
pues preciso en tí cobijarme, sombra mía,
que de este fiel limón tu fuiste el limonero.

Y puesto que alzarte no puedo ya el sombrero,
a duo entonaremos el himno a la alegría
mientras muero y susurro que hoy por ti me muero.
©donaciano bueno

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Comentario del autor sobre el poema: Lo que está predestinado a que acontezca, mejor asumirlo con firmeza. Y si es posible escuchando a Beethoven, cantando a duo, y con una copa de un buen vino.

POETA SUGERIDO: Ernesto Noboa Caamaño

Ernesto Noboa Caamaño

Ego sum

Amo todo lo extraño, amo todo lo exótico;
lo equívoco y morboso, lo falso y lo anormal:
tan sólo calmar pueden mis nervios de neurótico
la ampolla de morfina y el frasco de cloral.

Amo las cosas mustias, aquel tinte clorótico
de hampones y rameras, pasto de hospital.
En mi cerebro enfermo, sensitivo y caótico,
como araña poeana, teje su red el mal.

No importa que los otros me huyan. El aislamiento
es propicio a que nazca la flor del sentimiento:
el nardo del ensueño brota en la soledad.

No importa que me nieguen los aplausos humanos
si me embriaga la música de los astros lejanos
y el batir de mis alas sobre la realidad.

Hastío

Vivir de lo pasado por desprecio al presente,
mirar hacia el futuro con un hondo terror,
sentirse envenenado, sentirse indiferente
ante el mal de la Vida y ante el bien del Amor.

Ir haciendo caminos sobre un yermo de abrojos
mordidos por el áspid de la desilusión,
con la sed en los labios, la fatiga en los ojos
y una espina dorada dentro del corazón.

Y por calmar el peso de esta existencia extraña,
buscar en el olvido consolación final,
aturdirse, embriagarse con inaudita saña,

con ardor invencible, con ceguera fatal,
bebiendo las piedades del dorado champaña
y aspirando el veneno de las flores del mal.

Anhelo

¡Oh dolor insondable, desolada amargura
de no hallar en la senda ni la flor de un cariño
y sentirse, al comienzo de la jornada dura,
con cerebro de viejo y corazón de niño!

¡Y que nuestra esperanza haya sido vencida
por la implacable hostilidad del cielo!
¡Y el dolor de sentirse cobarde ante la vida,
y la renunciación de todo noble anhelo!

¡Oh, bienaventurados, en verdad, los que ignoran;
y si es e reír, ríen, y su si es de llorar, lloran
con la simplicidad de su santa ignorancia!

¡Sólo anhelo ser siempre en mis dichas y malas
y vivir la tristeza de los días iguales
como si el alma hubiera retornado a la infancia!

Emoción vesperal

Hay tardes en las que uno desearía
embarcarse y partir sin rumbo cierto
y, silenciosamente, de algún puerto
irse alejando mientras muere el día;

emprender una larga travesía
y perderse después en un desierto
y misterioso mar, no descubierto
por ningún navegante todavía.

Aunque uno sepa que hasta los remotos
confines de los piélagos ignotos
lo seguirá el cortejo de sus penas,

y que, al desvanecerse el espejismo,
desde las glaucas ondas del abismo
lo tentarán las últimas sirenas.

Al oído

¡Cuéntame la historia que amargó tu vida,
cuéntame qué embate del Dolor sufriste,
que tu faz ha vuelto mustia y dolorida
y hace tu mirada tan vaga y tan triste!

Quiero que abandones tus exangües manos
en mis manos ávidas de consolaciones,
y abramos la puerta de nuestros arcanos
para oír qué dicen nuestros corazones.

Las horas pasemos rimando esas hondas
semioscurdades de nuestros destinos,
mientras bese el viento tus guedejas blondas
y copien mis ojos tus ojos divinos.

Y al morir la tarde, mientras las pavesas
de la roja hoguera del sol contemplemos,
tal vez se confundan nuestras dos tristezas…
quizá nos amemos… quizá nos amemos…

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