NO TE HAGAS DE ROGAR

Poeta sugerido: Jaime García Terrés

 

Veintiocho días, algo menos de un mes, cuatro semanas,
una eternidad sin vivir que te llamo y que te espero
y tú, ausente el mismo tiempo, sin notar mi desespero,
que penando va en la tarde, por la noche y la mañana.

¿Acaso no ves que yo me muero por ti y que te quiero?
¡qué he hecho yo para tus favores me sean tan esquivos!
¿por que hay otros a los que quieres mas que a mi si yo te espero
y en tanto que tú no aparezcas sin ti vivir no vivo?

Otros tienen más suerte que yo y quizá no lo merecen
pues no saben apreciar ni aún gozar de tus esencias
ni siquiera la belleza disfrutar de tu presencia.

Puesto que las súplicas que he plantado aún no florecen
espero que por fin me has de complacer esta semana,
¡lotería, no te hagas de rogar, no seas tirana!
©donaciano bueno.

La suerte, a veces tan esquiva o otras tan inesperada, tiene un secreto que pocos conocen. La suerte no existe  Esto no es nuevo; la vida es algo más que una serie de metodologías que te enseñan  cómo hacer las cosas. Más allá del aprendizaje del expertise está la dirección que le demos, y por tanto, la creación de la suerte como factor determinante a nuestro favor 

POETA SUGERIDO: Jaime García Terrés

Jaime García Terrés

Arquitecturas íntimas

Hay poemas edificados
en una sola tarde
sin mayor problema
porque rotundos brotan a la luz vespertina
como microcosmos totales,
hechos
y derechos,
don ágil de la musa.

Otros en cambio piden años
enteros de labor dispersa:
borradores innúmeros
tras investigaciones
minuciosas en muy diversos climas.

Pero nada sabemos,
cualesquiera que sean
los casos,
del temblor oculto;
nada nuevo
logramos aprender de los caminos,
más breves o más largos;
que conducen el sueño a su cabal destino
abriéndonos los ojos ante su pericia.

Balada

Esta manera de soñar que tengo.
tan a lo vivo, tan sin ley,
a mis labios imparte contradicciones y desvíos.
El grito se confunde con la más honda tristeza;
la tormenta fecunda calmas decisivas.
En un mismo papel quedan grabados
hijos diversos de diversa llama.
por este sueño mío. vagabundo.

Los lunes me levanto belicoso,
el miércoles me sabe amarga ya la boca,
taciturno fallece todo el viernes,
y el sábado me río descaradamente.
Jornadas van, jornadas vienen,
jamás iguales entre sí,
por este sueño mío, vagabundo.

Las palabras que dije, las coplas que medí,
verdades fueron un instante,
después nada.
Testimonio caduco, mantienen su postura,
perpetuas en su gesto momentáneo,
cual momias de convento.
A la vez concebidas, muertas, embalsamadas,
por este sueño mío, vagabundo.

Señores y señoras, desnudo tiempo soy
con alas imperiosas.

Desconozco la tregua; fluyendo me transformo
al ritmo de un tic-tac voluble,
siervo leal que mira
por este sueño mío, vagabundo.

Cantar de Valparaíso

¿Recuerdas que querías ser un poeta telúrico?
Con fervor aducías los admirables ritos del paisaje,
paladeabas
nombres de volcanes, ríos, bosques, llanuras,
y acumulabas verbos y adjetivos
a sismos o quietudes (aun a las catástrofes
extremas del planeta) vinculados.

Hoy prefieres viajar a medianoche, y en seguida
describes episodios efímeros.
Tus cuadernos registran el asombro
de los rostros dormidos en hoteles de paso.
Encoges los hombros cuando el alba precipita
desde lo alto de la cordillera blondos aluviones.

¿Qué pretendes ahora? ¿Qué deidad escudriñas?
Acaso te propones glorificar el orbe claroscuro
del corazón. O merodeas al margen de los cánticos,
y escribes empujado ya tan sólo
por insondables apetencias,
como fiera que busca su alimento donde la sangre humea,
y allí filos de amor
dispone ciegamente.

Conjuro

De tu mirada llena las bienaventuranzas
aguardamos, rotundo sol de mayo:
Aquellos cuerpos en la calle
solos están. Huye la pena misma
de su lado. Catástrofes y fiebres
asédianlos ajenas a distancia.
Y les niega raíces la tierra que su sombra hiere.

No permitas que rueden abolidos
como fardos mostrencos a los pies de la vida.

Roce tu llama todo resto feraz,
y suenen sus injurias y su gozo reviente;
una brava pasión en la morada
los acompañe y abra las ventanas mustias
a la contigua tempestad, diluvio de linajes.

Tu corazón invade limbos, sol numeroso y único;
ara piedras inánimes con furibunda primavera:
Déjalo desgranarse
sobre la carne de los débiles.

El retrato

Un portrait porte absence et présence…
Pascal

Me hiere tu silencio
brevemente cubierto
de laureles. Todavía
te miro como a una sombra
que se divide, a veces,
en fragmentos milenarios:
aquí la nube, allá
el vacilante aroma de la tierra.

Paso a paso, naufragando
detrás de cada muro,
acontece mi sueño, renacido
entre semillas cotidianas;
paso a paso. Manchas, flores
de grave claroscuro. Noble desierto
en que se pierden los exilios
numerosos; en que los enigmas
desbordan el cauce de la carne
y sollozan una vaga muerte
de aire macizo. Espejos
que se vuelven puntas de fuego.
Laberinto…
Todas las señales
presagian el hondo amanecer alado.

Pero tu voz no llega.

Esta desmemoria mía

Yo no tengo memoria para las cosas que pergeño.
Las olvido con una
torpe facilidad. Y se despeña
mi prosa por abismos fascinantes,
y los versos esfuman su tozudez como si nada.

A veces ni siquiera recuerdo los favores
de la bastarda musa pasajera,
ni los ayes nerviosos del alumbramiento.
No sé, pero me cansan tantos
anacrónicos ecos, tantos rastros
gustados a deshora.

Mejor así, progenie de papel y de grafito.
Mejor que te devoren
los laberintos del cerebro,
apenas declarado tu primer vagido.

Así yo seguiré sin lastre alguno
fraguando más capullos (devociones
efímeras, incendios absolutos),
y después otros más, y más aún, hasta morir del todo.

Éxodo

Calla, viento. Que no te escuche nadie.
Ni las humildes torres
apenas esbozadas,
ni las fieras murallas
de cálidos colores.
Calla tu fiel silencio generoso,
velando mi secreto
a todos los oídos.
Claros, celestes ríos
ilustran tu sendero.
Los pájaros más leves te navegan.
Acaricia, protege todo ello
con mucha suavidad.
Pero que nadie sepa,
a orillas de mi pena,
del afán que la mueve. Por igual
vuelen tus átomos agudamente,
como balas de nada diminutas,
que llegan sin que nadie las espere,
y se van
sin que nadie las retenga.

Idilio

Adolezco de fútiles cariños
unos con otros ayuntados.
Bebo no sin ternura mi taza de café. Conservo
retratos azarosos y animales domésticos.
Me absorben los rumores en la calle,
los muros blancos al amanecer,
la lluvia, los jardines públicos.
Mapas antiguos, mapas nuevos, llenan mi casa.
La música más frívola complace mis oídos.
Innumerables, leves,
como la cabellera de los astros,
giran en torno a mi destino minucias y misterios.
Red que la vida me lanza;
piélago seductor entre cuyo paisaje voy sembrándome.

Jarcia

Acomodo mis penas como puedo, porque voy de prisa.
Las pongo en mis bolsillos o las escondo tontamente
debajo de la piel y adentro de los huesos;
algunas, unas cuantas
quedan desparramadas en la sangre,
súbitas furias al garete, coloradas.
Todo por no tener un sitio para cada cosa;
todo por azuzar los vagos íjares del tiempo
con espuelas que no saben de calmas ni respiros.

La bahía de las ballenas

Aunque no las conozco
sino como rumores
engarzados en vértigos de espuma,
lo confieso, señores:
me acontece pensar en las ballenas
-azules, negras, blancas, grises-
de Baja California.

Me gusta presentirlas
desde mi balcón macilento
y calcular tan onerosos viajes
al son de su canción arcaica.
Me gusta, caballeros,
saberlas pensativas en caminos de sal:
monumentos inmersos
o retirados estímulos
a la burbuja de nuestro destino.

Mis ballenas no son los símbolos del sueño
de Jonás o de Melville;
sí las vivas hipérboles que fluyen regalándose
al inefable juego submarino;
las ballenas, ballenas cuya música
ignoramos de dónde viene y adónde va;
las islas que danzan así, rumbosas
respuestas de las unas a las otras,
al abrir sus pétalos el tiempo.

Dizque por momentos
-oídlo bien-
perentorios ángeles de la guarda
suelen empujarlas
ahí mismo,
con gruesa sílaba de viento
y la merecida solemnidad
a derramar al fin su nombre,
sólo para ellas insignificante,
sobre las arenas de la bahía.

La fuente oscura

¡Qué gran curiosidad tengo de verte
sin ropajes ambiguos, oh mi sombra!
Imagino tu piel acribillada
por la nostalgia; de rubor inhábil
erizadas las fugas del contorno;

y me pregunto si guarecen algo más
esos repliegues vaporosos,
si corren por tus venas plenitudes,
si alojas muy adentro constelaciones nunca vistas.

No puede ser que sólo seas un charco de negrura,
digamos, una mancha de vacío.
Con avidez muy tuya me sigues dondequiera
y tu mismo silencio va derramando vida.
Feraz tiniebla, noche cautiva y aplastada,
como la noche sideral celas enigmas, huéspedes,
probables fuegos y zodíacos.

Sin bruma quiero verte, sin enfado.
Milímetro a milímetro,
quiero fisgar en tus intimidades. Acercarme
de veras a la fuente oscura
que llueve tus andanzas contra la paz de mi camino.

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