A MI HERMANO CARLOS-In memoriam/

Pilar Sinués (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Puntual como cada día a las cuatro de la tarde
te has acercado al bar a echarte la partida
al “subastao”, tu distracción después de la comida
de cuyo dominio, como yo, hacíamos alarde.

Formabas parte de la generación de la peseta,
y el euro modificó tus hábitos de juego
por el tute o el mus, sólo si yo iba al pueblo
mantenías hacia mí una deferencia.

Hoy te habrás tomado puntual tu “carajillo”
y habrás soñado con fumarte un “faria”.
Ten cuidado con Manolo, que es un pillo,
que ha echado ciento veinte y que no canta.

Pero hoy al terminar ya no podrás,
si alguien te pregunta ¿qué tal, cómo te ha ido?
Contestar…en paz…en paz…en paz…
porque hoy la partida la has perdido.

Ya no podremos bajar a la bodega
con un trozo de pan a echar un trago,
Al volver del cementerio la he mirado
y he visto llorando a la cercera*.

Y las chuletas, ¿quién echará sal en la parrilla
con el arte que tú sabías hacerlo?
Ahora Ángel se echará una cancioncilla
y esperando tu réplica nos quedaremos en silencio.

Y tu nieta, la que te devolvió a la edad del niño,
quién le responderá, cuando se entere,
dónde está mi yayo, donde se ha ido,
por qué no viene a verme?

Hoy este breve verso escribo
pretendiendo reflejar bien tu semblanza
como un medio de antídoto al olvido
mientras se me hace un nudo en la garganta.
©donaciano bueno

Como homenaje a la memoria de mi hermano Carlos.
*Se denomina cercera a una especie de cúpula que sobresale del nivel del terreno y que sirve de respiradero de las bodegas

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Pilar Sinués

El viento

–Porque esas blancas nubes serenas e inocentes
jamás formar supieron graniza destructor;
porque esas blancas nubes su faz muestran rientes
y nunca encapotaron del cielo el resplandor.

El grande acatar debe lo dulce y amoroso;
el fuerte, la inocencia, la calma y suavidad:
por eso el rey del mundo, el viento poderoso,
respeta de esas nubes la cándida humildad.

A mi lira

¿Por qué te abandoné? ¿Por qué, inclemente,
plácida y dulce compañera mía,
no te acaricio ya, cual otro tiempo,
y te dejo olvidada tantos días?
Yo te encontré en el valle una mañana
de la copa de un árbol suspendida
y, al verte, me detuve a contemplarte
con mi inocente candidez de niña.
Una paloma de color de cielo
en las ramas de un árbol se cernía
y llevabas la frente coronada
de blancas y rosadas campanillas.
De improviso sentí de dulce llanto
inundarse mis cándidas pupilas
y al corazón en mi inocente pecho
con extraño latir se estremecía.
Y era con sus alas la paloma
acarició tus cuerdas peregrina
y un sonido lanzaron que a mi alma
diérale un mundo de contento y vida.
Vi entreabrirse los cielos: los querubes,
que el trono de la Virgen circuían,
entonaron un himno de amor lleno
que mi entusasta corazón bebía.
Éxtasis fue que reveló a mi alma
que hay otro mundo de ventura y dicha;
y a la madre de Dios vi que, risueña,
entre nubes al valle descendía.
Desprendióte del árbol, en mis manos
púsote al fin con celestial sonrisa
y me dijo con voz que desde entonces
en el fondo quedó del alma mía:
‘Ésta es tu compañera: para siempre
consérvale tu amor, niña querida,
y no desprendas de tu frente humilde
esa corona de altivez sencilla.
Toda la dicha que en tu alma cabe
te la ha de dar tu enamorada lira;
ecos de bendición son sus acentos
o dulces ecos de alabanzas mías.’
Dijo, y desapareció: su voz celeste
yo escuché proternada de rodillas
y, al alejarme, te tomé en mis brazos
como a una tierna y cariñosa amiga.
Cuando la tenue luz de las estrellas
me trajo el sueño arrulladora brisa,
suspendida quedaste de mi cuna
y mi sueño encantó tu compañía.
Cambióse mi destino: a todas partes
conmigo te llevé, mi dulce lira,
y en ti buscaba mi consuelo sólo
si el dolor me agobiaba o la vigilia.
De duelo y de pesar eran tus ecos
de mi vida en las páginas sombrías
y con ecos de amor y de esperanza
celebrabas, alegre, mi sonrisa.
Mas luego te olvidé: que me dijeron
que el mísero metal compra la dicha
y oíste al oro, en estridentes sones,
qu de tu casta sencillez reía.
Por eso enmudeciste: yo en malhora,
atenta a contemplar el ansia impía
con que corren los míseros humanos
a gozar el festín que llaman vida,
de ti me separé, vi tu corona
a mis plantas caer seca y marchita
y te quedaste, encanto de mis ojos,
silenciosa, olvidada y abatida.
¡Ay! ¡También mi corona de ilusiones
la dura suerte convirtió en ceniza
y el loco mundo, que miraba ansiosa,
mi triste frente coronó de espinas!
Y allí en la cabecera de mi lecho,
tú me has visto doblar la sien herida;
tú me has vistollamar tiempos mejores
y me has recogido las plegarias mías.
Hoy me vuelvo a tu amor: ingrata he sido,
ingrata para ti, mi dulce amiga;
pero yo te prometo para siempe
en el alma guardar tus melodías.
Horas serán de afán las que consagre
al rudo empeño de ganar la vida:
las horas de dolor serán la prosa;
las horas de placer, la poesía.
Vivirás para mí en amor santo
volveremos a estar por siempre unidas,
que sólo con amor pagar podemos
los dones que los cielos nos envían.
Cantemos a las madres y los niños;
cantemos del amor la luz bendta;
cantemos la virtuad, la paz del alma,
y Dios recogerá nuestra armonía.
Y en vez de la corona que perdiste
cuando te abandoné, mi pobre lira,
en tu frente pondré ul nevado velo
que mi frente ciñó cuando era niña.
Y entre el tenue tejido de su gasa
brotarán los amores, las sonrisas,
y de la infancia los halagos puros
que irán a acariciar tu sien marchita.
Cuando juntas cantemos, en sus pliegues
dejarásme ocultar con alegría
y detrás de mi velo de inocencia
quedarán las tormentas de la vida.

En el álbum de una niña

En el álbum de una niña
Dime, niña: ¿no viste entre las flores
una llena de gracia y lozanía
que cariñoso el céfiro mecía
sobre el tallo gentil?
¿No viste, niña, demandarle amores
la mariposa, en derredor volando,
que iba su cáliz puro acariciando,
orgullo del pensil?
Al despuntar la nacarada aurora,
yo sé de cierto que tus bellos ojos
alguna vez fijaste sin enojos
en la gallarda flor.
Y sé también que en la callada hora,
en que nace la noche y muere el día,
te habrá visto la luna, niña mía.
besarla con amor.
Y ¿no viste a la par bajo el follaje
que cercaba a la rosa fresca y pura
un arbusto infeliz, cuya verdura
tornaba lacia el sol?
¡Pobre arbusto! Rendía vasallaje
al capullo, que el huerto perfurmaba,
y era feliz, al ver le iluminaba
su fúlgido arrebol.
Y el arroyo que manso murmuraba
y besaba los tallos desiguales
de los tiernos capullos virginales
que encontraba al pasar;
amoroso también acariciaba
al pobre arbusto que amparaba el muro
y que inclinaba su ramaje oscuro
transido de pesar.
Tú, niña hermosa, que al umbral del mundo
te adelantas radiante de alegría,
no comprendes la triste alegoría
que encierra tu jardín.
Tú no sabes que allá, en lo más profundo
de la selva tranquila y perfumada,
que está de frescas parras entoldada
mezcladas con jazmín,
he descubierto el misterioso emblema
encerrado en la flor y en el arbusto
que no se queja del destino injusto
y al muro se apoyó.
¡Ay! ¡Pobre planta! En su tristura extrema,
amó a la linda flor, pura, agraciada.
tú eres, niña, la rosa perfumada,
y el arbusto… ¡soy yo!

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