PINTANDO EL CIELO/

René Rodas (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Hoy me he subido a un banco para acercarme al cielo,
cogerle con la mano, pintarle de amarillo,
hacerle más cristiano provocando el deshielo,
sentirle más cercano y hacerlo más sencillo.

Y el banco se ha quejado diciendo no resiste
pues yo con gran empeño su cuerpo le pisaba,
si no me bajo pronto le voy a hacer un quiste
me dijo mientras triste su alma se desangraba.

Que a veces uno pisa para ensalzar a ajeno
en tanto a otro se humilla y en el dolor se abrasa,
sembrado de altruismo, se expande algún veneno
a quien simple pasaba camino hacia su casa.

Me dijo, mira niño que el cielo tú decores
es algo muy loable, que quede más bonito,
mas ten mucho cuidado no saques mis colores
por dios, si no te importa, levanta el pié un poquito.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: René Rodas

René Rodas

Homenaje

Te veo, admonitorio, inclemente,
sacándome los dientes con un hilo.
Te recuerdo como una sombra inmensa,
amenazando mis miedos,
llegando puntual
a pisotear mi risa
como un verdugo responsable.
A veces también te veo como cuando
me alegraba verte.
Cuando eras el más bueno
de los malos padres.
En ocasiones al recordarte
sólo oigo un látigo ciego que golpea.
Otras veces dejo de recordarte,
y al ver esa fotografía
donde apareces de frente y muy serio,
con esa cara de quien ha alcanzado
sus módicos sueños,
me doy cuenta
que el olvido es el traje que mejor te sienta.
De los violines y otras cuerdas, 1984.

Lim la leve

Es tan ligera
que las puertas automáticas no se abren a su paso.
La lluvia no la moja y puesta al sol no hace sombra.
Tiene un frente delicado, armonioso.
Pero desaparece de perfil.
Los diminutos anteojos redondos resbalan
hasta los dos puntitos de la nariz.
Lim es un suspiro que no suspira nunca.
Le gustan los tipos rudos, pesos pesados,
de manos cuarteadas
y tan anchas como asiento de excusado.
“Los hago retorcerse como pollitos”,
confiesa con la segura levedad de su voz.
Poemas de Montreal, 2010.

The tramp

I
Saltaste en un tren de carga con tu hermana.
Llevabas la guitarra y los dólares negros
de tu tercera cosecha en Charlotte Farms.
Te quedaste ocho meses en una playa de Baja California.

II
Saltando en trenes de carga llegaste al puente Cartier.
Pusiste un clasificado en la única página
de un periódico imaginario:
«Busco peregrino que me cuente un cuento».

Encuentro
Bajo ese puente te encontré: En tu regazo agonizaba
el verano, y tú eras una isla llena de colinas y sauces.
Cerca había un río y más cercano el río de tu voz.
«Cuéntame un cuento, peregrino» dijiste.

Abrigo
Era de madrugada, primera gran nevada del año.
Golpeaste a mi puerta. Temblabas de frío.
Recogiste la guitarra y cantaste Shelter from the Storm.
Protestó algún vecino. Nunca Bob Dylan sonó mejor.

Trueque
«Poco tengo que ofrecerle a tu poesía». Así dijiste:
«Mi amor, mi juventud». Te conté de un amigo que habla
del “lucrativo negocio de la poesía”. Y hoy fue cierto.
En ti mis versos han encontrado quien ame su canto.

Desnuda
Apareces silenciosa y blanca
en mitad de la noche
como llega la primera nevada
al final de otoño.

Cabellera
El sol corre sobre el cobre antiguo de tu trenza:
Huye del antiguo invierno, busca tu calor para renacer.
Tardías flores de nieve se prenden desamparadas
al limpio desorden de tu frente.

Mayo
Abres las piernas al cielo y en tus muslos
cabalga el ácido demonio de los sueños.
Conmovidas las estrellas detienen la noche
para mirar su reflejo en el fulgor de tu pubis.

Palabras
Leo para ti en mi idioma y las palabras
van rodeándote con la música de su ceniza.
Te pueblan, te desnudan con su viejo misterio.
Ebrias de tu olor, vuelven a nacer de tu piel.

Enigmas
Busco en la lluvia enigmas para Lisa. Esfinges,
cuadrados mágicos, novelescos, algebraicos:
Ella los descifra con el vientre: La primavera
esconde allí uno hecho de musgo tierno.

Primavera
En un litro de agua hirviendo rayar jengibre, ajos.
Echar sal, una taza de arroz. Fuego lento de después del amor.
Antes de apagar, echar tres puñados de almejas frescas.
Servir sobre hojas de plátano en el cuenco de las manos de Lisa.

Arco del verano
La borrasca de tus palabras cuando me das tu amor.
Las ráfagas de viento con que me encierras en tu rada.
Las oleadas de fuego con que cauterizas mi amargura.
Sabor de mar tu piel desnuda, ola viva tu cuerpo.

Noches de verano
Llueves sobre mí con tus manos de tormenta.
Traes en los labios racimos de chubascos
que descargas a golpes de lengua sobre mi cuerpo.
Insaciable la tempestad arde en tus ojos.

Lluvia
Te sorprendo desnuda labrada a un arce.
Enloquecidas gotas de lluvia se precipitan a tierra
desde tus pezones respingados.
El viejo arce te abraza con sus ramas nudosas.
(La balada de Lisa Island).

¡Ay! ¡Transportad mi corazón al cielo!

(Carolina Coronado)
Ángeles peregrinos que habitáis
las moradas divinas del Oriente
y que mecidos sobre el claro ambiente
por los espacios del mortal vagáis.

A vosotros un alma enamorada
os pide sin cesar en su lamento
alas, para cruzar del firmamento
la senda de los aires azulada.

Veladme con la niebla temerosa
que por la noche ciega a los mortales,
y en vuestros puros brazos fraternales
llevadme allá donde mi bien reposa.

Conducidme hasta el sol donde se asienta
bajo el dosel de reluciente oro
el bien querido por quien tanto lloro,
genio de la pasión que me atormenta.

¡Ay! Transportad mi corazón al cielo,
y si os place después darme castigo,
destrozadme en los aires y bendigo
vuestra piedad y mi dichoso vuelo.

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