AMORAL/

Héctor Miguel Collado (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Aumentando mis bienes me entretengo
libando de las mieles de otros predios,
ni ante ingenuos ni crédulos detengo
ni el cómo a mi me importa y ni los medios.

Deben saber que escrúpulos no tengo,
que donde la vista alcanza va mi red;
y si puedo atrapo a varios a la vez,
que yo soy amoral y lo sostengo.

Pues no sé distinguir el bien del mal
mas sí hacia donde voy, de dónde vengo,
si hay alguno que no entiende, me da igual
ya sea lego, pobre o de abolengo.

Que el medrar para mi es lo natural
no me planteo nunca si alguien sufre,
un depredador, yo soy un animal
que al fin ha de penar en el azufre.

Que ignoro qué de mi dice la gente,
incluso si hablan bien, no me interesa,
despiadado, feroz, irreverente,
mi halago es el placer puesto en la mesa.

Que soy como cualquiera, un navegante,
como tú y como aquel, humo en la feria,
más curtido que tú, soy un farsante
avezado y experto en la miseria.

Mas quizás ahora mismo haya a tu lado
un fatuo que presume o vanagloria,
jamás debes quedar obnubilado,
rasca un poco y verás sólo es escoria.
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Héctor Miguel Collado

Héctor Miguel Collado

De: En Casa de la Madre

Todo el amor del mundo cabía en mi casa.
Pero el odio reclama sus espacios
y la orfandad exige
su ración de muerte.

Todo el temor del mundo
se instala bajo la sombra
en el rincón destinado a la podredumbre…

Solidarios en la noche,
hermanos por última vez,
agazapados al amanecer,
sorprendidos por el milagro de la vida
al mediodía.

Todo el rencor del mundo
lloviendo,
estallando,
matando…
¿Hasta dónde, Señor, hasta cuándo?

Todo el odio del mundo cabe en una bala.

Mis hermanos lloran hacia dentro,
mientras crecen,
desesperanzados hijos del hambre
que mide todas las cosas.

Mis hermanos duermen
con el corazón despierto
-la paz no se firma con acuerdos ni decretos-.

Mis hermanos se multiplican en la selva,
en la ciudad
y desprecian el pan y el sacrificio
por la madre herida.

Mis hermanos mueren de frio
o segados por la sombra en la frontera.

Mis hermanos inventan la luz y la palabra,
la ofensiva palpitante
que renace cada día.

Mis hermanos no pierden la vida:
ganan la inmortalidad.

Mi madre es un arma de doble filo,
de su universo manan luz y ríos.
alimenta sus días de hijos
concebidos a quemarropa,
a contra esperanza…

Mi madre no flota en una nube con angelitos en cueros,
ni pisotea la luna en cuarto creciente
para sacudir las penas.
Ella posa su planta terrestre
y sufre y lucha
como cualquier madre de barro
o de madera.

Mi madre recuerda en complicidad con la lluvia
y estar lejos es un pretexto
para inventar noticias de sus críos.
Ella vive envenenada de rutina
y evade el día fatuo de diciembre
para rodearse de sus frutos.

En la casa de mi madre
abunda el pan de la mañana.

Pregunté:

¿Cuántos ladridos hacen la jauría?
la dentellada fue el primer aviso.

Las venas calladas denunciaron la avería
y comprendí la ferocidad del cangrejo
cuando desgaja arterias.

¿ Por qué tuvo que ser verdad mi profecía?
¿Por qué el silencio no decapitó
los estruendos de mi lengua?

¿Cómo perdonarle a la muerte su osadía,
si este mar de horas no devuelve el ahogado
a los dolientes?

¿Quién es el responsable de esta afrenta?
¿Quién debe ser perdonado?
¡Más le vale a la vida su coartada!
¿Acaso valen las excusas, los remordimientos?
¿Cómo fue que no escuchamos el silbato, llovió acaso?

¿Qué decir cuando la anécdota traicione?
Tengo las manos sucias de preguntas…
Pregunté una vez y volví a preguntar,
pero nadie, nunca, ninguno me devolvió la llamada.

De barcos y viejas fotografías

La mitad de mi infancia fue calcinada
por un flagelo virulento…
Pero volví a mis zapatos
y a mis juegos.

No había cantado el gallo aún
cuando nos mudamos de casa
y de recuerdo.
Mi padre dejó de volver por las tardes.

La edad me caminó por adentro:
tuve un padre postizo
y hermanos diferentes.
Asombrado vi cómo se llenaba la mesa
de manos y de platos
gritando soledad:
el pan duraba lo que un beso
en una boca odiosa.
Las manos eran voraces bocas,
las bocas eran voraces manos
querían devorarlo todo.

En el barrio
las casas derrotadas
eran consumidas por el fuego
de las panaderías.

En medio de un batir de alas
heredé la camisa de mi hermano.

Supe de dolores ajenos
y aprendí que eran idénticos
para cada habitante del desafío
y la derrota.

Caí varias veces,
pero me remonté al sol
vez tras vez
sobre el pájaro del tiempo.

En complicidad con la noche
malversé mi inocencia.
Novio furtivo,
supe de una vez y para siempre
que tenía derecho a ciertos placeres
en castidades ajenas.

Canté mi disonante en el baño comunal
y la herencia me lanzó a descubrir cuerpos
a través de agujeros anónimos
labrados con lujuria…

Muerta la inocencia,
acepté el pacto:
me arranqué los juegos
y ayudé a hacer la escuela y la vereda;
le conocí la entraña a la flor del arroz;
porté libros
y aproximé su lámpara alfabetizada
a quienes atesoran canas,
arrugas
y soledades.

Ahora,

cansado de la edad
y del trayecto;
del día, oloroso a derrota,
que se alimenta de espectros
y negaciones;
cansado del adiós desangrado
una mano de mujer
en algún puerto;
cansado de desvivir,
de malversar los días
otorgados para acumular hijos
y abuelos muertos;
aferrado a mi sed de eternidad,
vuelvo a empezar.

Después del desván

Si mañana la mano
izquierda
me amanece muda
no confiaré en las palabras.
Las frases serán
un río de astilla
y dedos heridos
Si mañana
un relámpago invalida
mis noches, las mañanas
¿cómo les comunico
el dolor o la alegría?

Trashumancias (I)

Al borde de la tarde
cuando el silencio crece
y limita la libertad
que habita en la garganta
te encontré
-alternativa de la angustia-
pálida como la bandera
de todas las aspiraciones humanas.

Trashumancias (II)

Aquí, contigo, en ti
sobre tu cuerpo escribo,
trazo increíbles garabatos
con la vara del recuerdo.
Con las sílabas de mi carne
describo descabellados actos
aprendidos de memoria
a flor de calle
y apenas alcanzo a descubrir
el infierno que arde en tu boca.

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