EL RELOJ DE LA VIDA

»El Poeta sugerido: Manuel Martínez de Navarrete

EL POEMA Lee otras FÁBULAS

 

(o el hombre que no deseaba envejecer)

Esta es la historia inventada de un hombre que, setentón,
soñaba con regresar a los años de su infancia.
Voy a parar, se decía, las manillas del reloj
y con mi dedo meñique retrasar sin dilación
hasta lograr situarle justamente en mi lactancia.

Y es así como ese día y otro día el buen señor
con denuedo a la tarea se sumía en su constancia.
Tan grande era su deseo, su empeño y su convicción
que hasta incluso por las noches dedicábale atención
para así ganar al tiempo la partida en su arrogancia.

Lo que en principio era un juego convirtióse en obsesión
que al reloj y a la moviola con frecuencia recurría.
Preciso fue la razón que se apareciera un día,
mirándose en el espejo viera con preocupación
como su cuerpo cambiaba y cómo se envejecía.

Moraleja:
Que nuestro tiempo es el que es. Y que llegar a ser viejo
es motivo de festejo, de éxito y satisfacción.
No intentes ganarle al tiempo. Y disfruta de lo añejo,
no ansíes volver a ayer, no peques más de pendejo,
lo que ya no está a tu alcance ya no tiene solución.

©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Manuel Martínez de Navarrete

Manuel Martínez de Navarrete

Duda amorosa

Si por una cosa rara
dos corazones tuviera,
en uno Filis entrara,
en otro a Doris pusiera,
y allí a las dos contentara.

Pero si uno solo tengo
no podré darlo a ninguna,
porque luego me detengo
en que si le doy a una
al rigor de la otra vengo.

Darlo a las dos es buscar,
si se examina despacio,
guerra en que siempre han de estar;
porque en un solo palacio
dos no pueden gobernar.

Qué hacer en tal confusión
no alcanzó; mas si supiera,
que no había de haber cuestión,
sin duda a cada una diera
la mitad del corazón.

Así una vez discurría,
y amor, que en mi pecho estaba,
en lo interior me decía
que si a dos darlo pensaba,
a ninguna lo daría.

que es la ley la más oportuna,
aunque de un tan ciego dios,
que se quiera sólo a una;
porque aquel que quiere a dos
no quiere bien a ninguna.

Luego el corazón lo di
a Doris; y mal pagado,
al punto me arrepentí,
de que no lo hubiera dado
a Filis. ¡Triste de mí!

A una inconstancia

Suspende, fuentecilla,
tu ligera corriente,
mientras que triste lloro
mis ya perdidos bienes.

¿Cuántas veces, estando
en tus orillas verdes,
Lisi me aseguraba
su amor hasta la muerte?

Aquí su diestra mano,
más blanca que la nieve,
en esta arena frágil
escribió muchas veces:

‘Primero ha de tornarse
el curso de esta fuente
que a su Salicio quiere.’

Mas tus promesas, Lisi,
no han sido menos leves
que el papel que escogías
para firmarlas siempre.

Las letras se borraron
por los soplos más tenues
del viento, y tus promesas
por lo que tú quisieres.

¡Ay, contentos soñados
de prometidos bienes!
¡Ay, inconstancia propia
de fáciles mujeres!

A unos ojos

Cuando mis ojos miraron
de tu cielo los dos soles,
vieron tales arreboles
que sin vista se quedaron.
Mas por ciegos no dejaron
de seguir por sus destellos,
por lo que duélete de ellos,
que aunque te causen enojos,
son girasoles mis ojos
de tus ojos soles bellos.

La separación de Clorila

Luego que de la noche el negro velo
por la espaciosa selva se ha extendido,
parece que de luto se han vestido
las bellas flores del ameno suelo.

Callan las aves, y con tardo vuelo
cada cual se retira al dulce nido.
¡Qué silencio en el valle se ha esparcido!
Todo suscita un triste desconsuelo.

Sólo del buho se oye el ronco acento;
de la lechuza el eco quebrantado,
y el medroso ladrar del can hambriento.

Queda el mundo en tristeza sepultado,
como mi corazón en el momento
que se aparta Clorila de mi lado.

Influjo del amor

“Célebres calles de la corte indiana,
grandes plazas, soberbios edificios,
templos de milagrosos frontispicios,
elevados torreones de arte ufana,

altos palacios de la gloria humana,
fuentes de primorosos artificios,
chapiteles, pirámides, hospicios,
que arguyen la grandeza americana:

¡Oh México!, sin duda yo gozara del gusto
que me brinda tu grandeza,
si causa superior no lo estorbara.

De tu suelo me arranca con presteza
el suave influjo de la dulce cara
de una agraciada rústica belleza”.

La mañana

Ya se asoma la cándida mañana
Con su rostro apacible: el horizonte
Se baña de una luz resplandeciente,
Que hace brillar la cara de los cielos.
Huyen como azoradas las tinieblas

A la parte contraria. Nuestro globo,
Que estaba al parecer como suspenso
Por la pesada mano de la noche,
Sobre sus firmes ejes me parece
Que lo siento rodar. En un instante

Se derrama el placer por todo el mundo

¡Agradable espectáculo! ¿Qué pecho
No se siente agitado, si contempla
La milagrosa luz del almo día?

Ya comienza a volar el aire fresco,
Y a sus vitales soplos se restauran,
Todos los seres que hermosean la tierra.
El ámbar de las flores ya se exhala
Y suaviza la atmósfera; las plantas

Reviven todas en el verde valle
Con el jugo sutil que les discurre

Por sus secretas delicadas venas.
Alegre la feraz Naturaleza

Se levanta risueña y agradable:
Parece, cuando empieza su ejercicio,
Que una mano invisible la despierta.
Retumban los collados con las voces
De las cantoras inocentes aves:
Susurran las frondosas arboledas,

Y el arroyuelo brinca, y mueve un ronco
Pero alegre murmullo entre las piedras

¡Qué horas tan saludables en el campo
Son éstas de la luz madrugadora,
Que los lánguidos miembros vigorizan
Y que malogran en mullidos lechos

Los pálidos y entecos ciudadanos!

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