UN SIMPLE TUIT

Poeta sugerido: Julio León

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Ayer en el paseo
que hago cada mañana
antes que la solana
comience a calentar,
en que yo me recreo,
en ese deambular
tan dulce y placentero,
siempre el mismo sendero,
por el mismo lugar,
-no pude precisar
si era figura humana-
mas se acercó certero,
se me cruzó al pasar.
Cogió impulso y con saña,
creo fue una alimaña,
y con semblante fiero
se me enfrentó primero
y me empezó a insultar.
Solo un segundo fue,
no más duro un segundo,
sin pudor, iracundo,
allí me imprecó que
era un mierda, un garrulo,
me daba por el cu..lo
Incrédulo e inseguro
me quedé sin hablar.
No pude reaccionar
es la verdad, lo juro
No descubrí su cara
e ignoro su sonrisa,
fue todo tan deprisa
que no llegué a atisbar
qué razones tenía
para actuar de esa guisa,
cual era su motivo,
qué le indujo a faltar.
Mas ya repuesto y altivo
me dije, este es un tuit
de alguno que me odia,
que tengo en la memoria
y no acierto a recordar
alguien que espera al azar
su minuto de gloria
esos cien caracteres
que no llegó acabar.
©donaciano bueno

Aunque suena a nuevo eso de los insultos en ciento cuarenta y cuatro caracteres no es nada nuevo. Ya existía antes de que se crearan las nuevas tecnologías.

POETA SUGERIDO: Julio León

Julio León

DESTELLOS DE NITRATO

Se apagan las luces,
se enciende la pantalla,
y sea cual sea la trama,
así comienza el sueño,
no sabes qué te emociona de esa mirada,
de ese beso, de esa sombra,
pero te duele verle morir,
y así,
a veinticuatro fotogramas por segundo,
caminas deseando que nunca llegue el fundido a negro.

Soy el obrero saliendo de la fábrica grabado por los Lumière,
a bordo de “La General” mirando de reojo al maquinista,
soy el borrón que oscurece la pared ante la sombra de “Nosferatu”,
y entre plano y plano, aquí van 170, escaleras abajo,
es Eisenstein montando “El acorazado Potemkin”
dejando tu dominio del Adobe Premiere
a la altura de los subsuelos proletarios de la “Metrópolis” de Fritz Lang.

-Apréndete el diálogo que ahora te oyen-
Soy la bandera roja de Chaplin en “Tiempos Modernos” haciéndole justicia al blanco y negro,
porque si tengo que hablar, que sea contra el capital,
a muchos les mató el sonoro,
también los dioses tienen su crepúsculo.
A nosotros nunca nos quedará París,
pero eso no quita que me duela despedirme,
como Rebeca,
me gusta protagonizar la historia en la que nunca apareceré,
al morir no diré Rosebud,
marxista, como Groucho,
yo también sigo el camino de baldosas amarillas
esperando a que escampe mientras canto bajo la lluvia.

Soy el puertorriqueño de “West Side Story” que no quiere vivir en América,
el apache que le jode los caballos a John Wyne,
la digna suciedad en la última cena de “Viridiana”
y la prostituta que te niega el polvo, diga lo que diga el sheriff.

¿Qué quieres que te diga?
Si una puerta cerrada de Lubitsch
te cuenta más que cualquier bragueta abierta.
“La tentación vive arriba”, que diría Carrero.

Unas porras con chocolate frente al escaparate de Serrano
yo también quise desayunar en Tiffany’s
y caminar contigo descalzos por el parque,
mientras Kubrick nos filma en forma de travelling circular
cada roce de tu epidermis con la mía,
pero como le dijo Alfredo a Totó
“la vida no es como la has visto en el cine”.

Pienso, siento, sufro,
soy Monsieur Hulot caminando entre las ruinas de la modernidad,
el astronauta sometido al HAL 9000,
la rebeldía malquerida de Antoine Doinel
y la Raimunda volviendo con la frente marchita.

En ocasiones sueño que vuelo,
unas veces como Superman
y otras como Ramón Sampedro en “Mar Adentro”,
llego a tu ventana
y en lugar de gritarte “¡¡Stella!!”
te grito que he soñado toda la noche contigo,
porque a pesar de los pesares, la vida es bella,
aunque sea soñada,
no quisiera volver al origen del origen del origen de mi sueño,
aquí mi tótem
nunca ha dejado de ser tu aliento.

Y así, como un Patronus,
me destellas y me acabas salvando,
llámalo magia.

Porque ante este eterno resplandor de una mente sin recuerdos,
como Obi-Wan, yo también sabré cuando irme,
el celuloide de mi vida es de nitrato
para que arda cuando se acabe la cinta.

Por si no nos vemos luego, buenos días, buenas tardes y buenas noches.

BEBER PARA ORFIDAL

Jodida
es la vida
debajo del cielo,
debe pensar
la sombra del humo
al deslizarse por el papel,
a veces le envidio
esa capacidad tan suya
de desaparecer
en los altares de la noche.

Iluso
es sentirse filtro
y no quemarse,
respirarme
y no contaminarse.
Grotesco
es reconocer
que tengo el alma tan seca
que me hacen ventosa
los ojos
con las cuencas.

Pero son los ojos
el espejo de un alma
por donde salen
estos versos,
míralos,
es por eso
que deslumbras mi garganta
y me acabo volviendo ciego.
Con los años
me he dado cuenta
de que los besos
me saben
como a ese náufrago
que sueña con la bengala
que acaba de ver
en el cielo.

Me falta herencia
para estar en contra,
y por contra,
que encuentren,
que lo que me sobran
son carencias.
Así,
las venas
que dejé abiertas
me dan la bienvenida
al estado natural de las cosas.

Buscándote,
sin saber qué encontrar,
besándote,
en el reflejo del mar.

RABIA

Hoy
no tengo un poema,
no tengo ni ilusión,
has convertido
en maldición
reencarnarse en golondrina de Bécquer
y anidar en el balcón
donde cuelgas tus vergüenzas.
¿Cómo osas representarme?
A mí, que considero esa patria
como un imperativo legal,
y tú lo ves
como un defecto.

No pienso arroparme
con ese trapo
desleal a la ética y la memoria.
No pienso más que en existir
y postergar mi muerte
año tras año,
aunque solo sea
con la vaga ilusión
de poder presenciar cómo esos, tus colores,
se pudren en el olvido.

Dime dónde ondeaba tu tela
a cada vecina sin casa,
con cada estudiante sin beca
y en cada cadáver frío
en una cama de hospital sin mantas.

Dónde quedará tu especie
cuando ese terrorismo
espeluznantemente
mutado a cotidianidad
haya matado a todas las mujeres,
a qué inmigrantes
explotarás y maltratarás,
ya teñido de vergüenza
el Mediterráneo.

Dime
qué mar
cubrirá tu sangre,
cuando seas tú
quien tenga que huir.

Llora como patriota
lo que no supiste
defender
como ser humano
y con ello
defiéndete tapando las vergüenzas
de tu falta de memoria,
deja que tu rojigualda ondee
como ondeaba
mientras apretaban el gatillo
hacia la nuca de las trece rosas.

Ojalá estas palabras
te hieran tanto
como las balas que defiendes,
porque aquí,
desde mis sílabas,
lo celebraré
brindando a la gloria
de la eterna Lyudmila Pavlichenko,
mientras enaltezco
cada pesadilla
que te quite el sueño.

Porque hoy no tengo un poema,
ni siquiera hoy yo
soy yo,
hoy, como ayer,
soy mi rabia,
y antifascista
lo seré siempre.

DÓNDE QUEDÓ LA HUMANIDAD

Dónde quedó la humanidad
mientras Adán se preguntaba
cómo se sujetaba su hoja de parra.
Si supiéramos
de dónde se sacó Dios
el barro para hacernos.

Dónde quedó la humanidad
cuando fuimos ese organismo unicelular
que decidió formarse.
Dónde quedó la humanidad
cuando nos volvimos antropomorfos
mientras otros se quedaban en el camino
fundando
organizaciones ultracatólicas
con las que aliviar
esas fantasías húmedas
de la añoranza
de la Inquisición.

Dónde quedó la humanidad,
¿se la quedaron los sumerios,
acadios, babilonios?

Dónde quedó la humanidad
mientras los griegos
inventaban la democracia
restringiéndola
a mujeres
y esclavos,
todo ello, mientras nadaban
en el corintio de sus columnas.

Dónde quedó la humanidad
mientras nos amamantábamos del latín
cual Rómulo en el cielo de Luperca.

Dónde quedó la humanidad
mientras veíamos caídas de imperios,
conquistas disfrazadas de descubrimientos,
revoluciones…

Hasta el planeta se nos quedó pequeño,
y descubrimos que el universo
era inmenso,
indefinido,
infinito,
enorme,
y seguíamos profundizando.
Y cuando creíamos que lo teníamos todo,
va la evolución,
y se para.
Va la historia,
y se detiene.

Dónde quedó la humanidad
mientras morían en la playa.

Dónde quedó la humanidad
mientras vieron
flotar la sangre
junto a la sal
del mar.

En este punto estamos,
que si Moisés abrió las aguas
adivina quién las cierra.

Y pensamos,
por un instante,
que, en Europa,
por morir,
solo lo hacía el mar
cuando besaba esta hermosa tierra.

Dónde. Dónde quedó la humanidad.
Permitidme cambiar
el orgullo por la suerte.
Suerte de que el barro
no se mezcla con mi sangre
ni se ahoga con mis lágrimas.

Suerte, de no estar allí,
en un campamento
mientras espero mi destino
como la mercancía que soy
para esta gente.
De no ver mi vida
desde un periódico.
A través de una valla.

Sé que nos cuesta
ver un telediario entero,
pero hay que verlo,
porque tenemos el lujo
de mirarlo
a través de una pantalla.

La evolución no sucede,
se gana.

Que una piedra
no derribará un castillo,
pero por reencarnarme,
puestos a ello,
que sea,
en golpe a la alambrada.

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