UN CUENTO CORTO

Mi Poeta sugerido: »José Luis Argüelles

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El cielo aquella noche estaba oscuro
teñido de una especie de acetato,
un cielo muy propicio para un gato
que fuera tras la sombra de un conjuro.

La niebla hacía mella en el ambiente
mirándole a la luna de soslayo,
-preciso aquí aclarar, me parta un rayo-
del hecho que ocurrió yo fui consciente.

Llevaba en la mirada dos lucernas
de modo si algo había lo notaba
y en menos de un tris-trás lo merendaba
gustando más visitas si eran tiernas.

De pronto una ratita apareció
cantando al susodicho una balada,
fue tanta esa emoción que llegó un hada
y aquí es donde este cuento se acabó.

Y el sol volvió a brillar como si nada.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: José Luis Argüelles

José Luis Argüelles

CAMARADA GORRIÓN

Te he visto en las mañanas frías del invierno
aletear humilde en el esquema de una rama,
desde los árboles desnudos, solos,
y eras la cifra audaz del nuevo día.

Posado en un balcón te he visto
con tu mínimo canto sin adornos,
pero más resistente que la noche
y frágil como todos los hijos del oxígeno.

En urbanos jardines casi muertos,
donde el insomnio de las horas pone un huevo gris
para los viejos melancólicos,
y en el alegre patio de una escuela.

Te he visto compartir las migas de mi pan,
jovial como si fueras camarada agradecido.
Y de ti aprendo a ser instante breve de una luz
que llega, y pasa, y hace daño, y es hermosa.

SOBRE UN TEMA DE CERNUDA

Estuvo bien que lo dijeras tú,
con esa fama de altivez huraña,
al hablar de la guerra de España
–una causa perdida, digna– y tu

fervor último pese a la derrota.
Fue al cabo de los años, exiliado,
tras escuchar a aquel viejo soldado
de la Lincoln. Tan solo la fe importa.

La noble fe que dice tu poema
y vive más que la traición o el daño,
una historia contada con olvido.

Bien estuvo ese verso y ese tema:
recordar, recordar contra el engaño
el valor de otros, su deber cumplido.

TUS LABIOS

Tus labios otra vez
para que el frío,
este ladrón de acostumbrados guantes,
no irrumpa en nuestra casa.

Tus labios siempre frente a los escoplos
con que regresan,
implacables,
la insatisfacción y sus sombras.

Tus labios vivos contra el muro
de tanta hora imperfecta,
de la infección de las noticias,
cuando el día se desvanece
en las calles sin nadie,
bajo las luces amarillas de los insectos.

Para salvar la primavera
con sus muertos recientes,
con sus cifras insomnes
y los venenos de los poderosos,
la verdad insumisa de tus labios.

Tus labios cuando calman
todo el dolor del mundo.

PROTESTA Y ALABANZA

Este triste y colérico consuelo
(algo así dijo Geoffrey Hill que es la poesía)
reúne luz y sombras en la página,
incendia la memoria con sus músicas
y excava las raíces de un jardín inverso.
Busca la duración,
pesa sílabas y alza imágenes sutiles,
pero nos deja intacto el daño de los días
y jamás restituye,
pleno,
aquel instante en que supimos un desnudo,
la rosa del amanecer en esos labios,
todos los sueños de la juventud insumisa.
Solo protesta y alabanza caben
(palabras que escribió Sophia de Mello)
en su recinto exacto,
aquí donde la vida comparece
como un eco lejano,
casi desvanecido,
con su rastro de amor y nada.

CEMENTERIO DE VEGADOTOS

A Aquilino Fernández (Quilino el de Polio),
in memoriam

No pisarás la tierra de esos muertos.
Junto a la noche extensa,
bajo la indescifrable luna,
recuerda sus canciones minerales,
cicatrices azules, el remendado mahón,
la introspección de los inviernos en sus miradas.

No pisarás la tierra de esos muertos.
En la frágil orilla de los días,
afirma sólo aquel valor y sus palabras,
lejos de la derrota de los hierros oxidados
por el cansancio de la lluvia y el diente de la ortiga,
lejos de la firmada liquidación de los principios y las obras,
lejos del desamparo de las galerías cegadas
por el lodo del vencimiento.

No pisarás la tierra de esos muertos.
Sobre la herencia grave de su desacato,
deja que las raíces busquen lo profundo,
y construyan los pájaros o las hormigas,
que la niebla culmine el homenaje de sus bóvedas
y se suelden los húmeros afines.

Descansad. Descansad, vosotros los guerreros
de los años de sílice y clandestinas lámparas,
cuando el miedo envolvía las páginas y el pan,
cuando los delatores cobraban sus treinta monedas
y grandes coches negros vigilaban las esquinas
desde una ceja, el látigo de los comisarios.
Descansad. Descansad bajo tantos helechos,
al lado de los peces milenarios
y las vacas que pastan mansamente
nuestra desolación y el abandono.

No pisarás la tierra de esos muertos,
tú que miras ahora la ceniza del paisaje.

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