AQUELLOS LIBROS VIEJOS/

Guillermo Pilía (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Ahora que el recuerdo no me alcanza,
la historia lo borró de la memoria,
aún percibo aquella claraboya
jugando con la luz en una danza
cual barco con la boya.

Aquellas escaleras tan sombrías
con halo misterioso en sus peldaños,
qué pisadas no habría, cuántos años
y en mi angustia febril avemarías
y duendes tan huraños.

Tanta intriga para acceder a aquel
objeto de deseo, estantería,
a esos libros dormidos que allí había,
oscuro y despreciado ese anaquel
y cuánta fantasía.

Todos quietos allí muertos de pena
y yo con mi ansiedad harto malsana
abriéndole un resquicio a mi ventana
ansioso por curar esa condena
de mi inquietud pagana.

Las tapas eran duras, oxidadas,
las hojas grises y ocres de pigmentos,
la fecha de edición mil setecientos
cansadas de esperar y arrebujadas
de tantos sufrimientos.

Al fin pude abrir uno, ¡virgen santa!
al entreabrir creí que me moría,
no podía leer, ave maría,
que un nudo se me hacía en la garganta
gritando de alegría.

Dejando a cada libro satisfecho,
las ansias por saber, justo, saciando,
el miedo a aquel desván fui superando,
aquí dejo constancia de este hecho
que aun sigo recordando.
©donaciano bueno

Aquellos libros de tapas duras llenos de polvo y nuestras ansias por descubrir los misterios que albergaban.

POETA SUGERIDO: Guillermo Pilía

Guillermo Pilía

LO QUE QUEDA AQUÍ

Es el día de dejar la antigua casa: los muebles
ya han sido retirados, las ventanas
están ya sin cortinas; y los cables de la luz
cuelgan del techo con tristeza de desastre.
Nada importante va a ser olvidado. Pero acaso,
ocultos en un rincón, seguramente queden
fragmentos de uñas, de cabellos, un botón
de una vieja camisa, la hilacha de un vestido,
una moneda de diez centavos que una mañana
saltó de mi bolsillo —poca cosa
como para extrañar su ausencia—, alguna mota
de polvo de un viaje lejano. El resto está ahora
en el camión de mudanza. Menos el tiempo
que imperceptiblemente nos fue apartando de las fotos
que llevaremos a la última casa, las uñas del dolor,
los cabellos de la ternura, los botones
de los días de fiesta. Eso se queda aquí:
las hilachas de las conversaciones, las monedas
perdidas del amor, el polvo que trajimos de otros sitios
en los que rozamos la felicidad. Cáscaras de nuestras vidas
que ignorarán los que vengan, bagatelas sin precio
que a nadie más enseñarán a vivir.

LOS SECRETOS

Detrás de la ventana existe un árbol
al que el otoño lentamente transforma.
Desde su cama lo mira una enferma incurable
y piensa en futuras estaciones, en tardes
de convalecencia, en promesas de salud. Ella ignora
que ya no arribarán tales días, que a su lado
todos fingen porvenires rumbosos, que esas hojas
que caen son la única certeza. Yo la veo
mirar hacia el árbol que el otoño
y la tarde transforman, y no es tristeza
por su destino lo que siento: es más bien
piedad por el niño que yo fui, alimentado
con las mentiras de los moribundos,
con frases a media voz, con miradas
secretas, suspicaces; con palabras ambiguas
que siempre escondían algo sucio o terrible.
La enferma que sospecha de las risas forzadas
y la amabilidad de los médicos, es hoy el niño
que ayer yo fui: temeroso de aquello
que el mundo entonces me ocultaba; temeroso
de la muerte y de Dios, y también de la vida.

ETAPAS IMPREVISTAS

Todas las calles llevan al mismo destino:
la calle Esmeralda de Buenos Aires,
la carrera de San Jerónimo en Madrid,
la de la Sábana Santa de Quito. Todas
sin prisa conducen a idéntico lugar:
Vía Salaria, Rodrigo Caro, Suspiros,
Combate de Los Pozos, San Lorenzo
y tantas otras cuyos nombre están tácitos
en el recuerdo, y no por ello menos vivas:
una calle de Lisboa donde vendían
enormes paraguas, la que desciende
la colina de la Alhambra, las calles
que quedaron marcadas por un odio,
por el llanto o el beso, por proyectos
realizados más tarde o tal vez no.

Quizás todas fueron sendas de un derrotero
de etapas imprevistas, de un viaje iniciado
cuando aún no caminaba, en la calle
de tierra donde nací. Por ella he empezado
—acaso sin darme cuenta— ya a regresar.

OJALA ESTE VENDAVAL BARRIERA DE MI ALMA

Ojalá este vendaval barriera de mi alma
todas las incertidumbres, todas las dudas,
y limpiase mi historia de oprobio y pesar:
como limpia el cielo de nubes, de humedad

la atmósfera, y barre las hojas de los patios
de Casa Bermeja… Porque no supe
encontrarte, Señor, en lo pequeño,
en la lepra o en el granito de mostaza,

por buscarte en mi mentida pureza.
Dichoso quien permaneció bajo la lluvia
cuando todos buscaban madriguera.

Ojalá el año aún fuese tierra santa,
de zarzales ardientes, una tierra
que nadie debe hollar, si no es descalzo…

RASTREANDOTE POR PERDIDOS SENDEROS

De nuevo oigo en mi corazón: “Buscad mi rostro”.
Pero tú eres en verdad un Dios escondido:
tu rostro perseguía y tú me lo ocultabas.
Así van en la noche poetas y místicos
rastreándote por perdidos senderos.
¿Estabas en la vida miserable
del cuartel? ¿En las gloriosas mañanas
de Córdoba, en la Mezquita? ¿En la sombra
de un confesionario? ¿En la podredumbre
de las vendas y paños de un quirófano?
¿Quién puede estar seguro de encontrarte?
Tú que eres inmutable, ¿no podrías
dar tus señas a los que vivimos sujetos
a la endeblez del tiempo y de las horas?

FUE EN GRANADA POR MAYO

¿Te he visto alguna vez? Fue en Granada, por mayo,
y yo había descendido del Sacromonte
hasta el mirador de San Nicolás.
En medio de las sombras la Alhambra flotaba
como un enorme buque iluminado,
airosa y altanera. Sobre el techo
de una casa baja dos jóvenes gitanos
charlaban bebiendo sus cervezas, de espaldas
a esa nave de roca. Y parecía
que el tiempo no contaba para ellos,
ni el mundo y su belleza. Entonces te sentí:
en la calma del Albaicín a medianoche,
en mi deseo de quedarme allí por siempre,
en los muchachos y su hermosa indiferencia.

PASO EL VERANO, PASO Y SE OLVIDÓ

Hoy los tilos se han vuelto
por completo amarillos, de un color
que desde que era niño se repite:
en los cuadernos de marzo, en las calles
heridas por mis pasos,
y también en los follajes del alma:
hoy amarillo, mañana dorado,
pasado almazarrón —ya habrían de llegar
otras tardes con su endeble alegría—.
Árbol de luz, árbol de gracia,
mejor adornado que con púrpura regia…
Pasó el verano, pasó y se olvidó.
Y de nuevo la boca
quedó llena de grava.

SIN PENA NI PRISA

Marchan los días sin pena ni prisa
y el labrador espera el fruto de la tierra
y paciente aguarda las estaciones
de las lluvias tempranas y tardías.
Así también espera el alma mansamente
que llegue un profeta, quizás un pordiosero,
a proclamar una amnistía a los cautivos,
la libertad a los encarcelados,
el año santo de la gracia del Señor.
Aquí estoy yo, mi Dios, estoy dispuesto
a malvivir por dar la buena nueva
a los sencillos, por vendar las llagas
de los apestados, por pagar mi soberbia
con manos ásperas de miserable amor.

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Sibilina y silenciosa,presumiendo de inocente,cae el agua de la fuentecon su aspecto caprichosa.
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