AQUELLOS LIBROS VIEJOS

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Ahora que el recuerdo no me alcanza,
la historia lo borró de la memoria,
aún percibo aquella claraboya
jugando con la luz en una danza
cual barco con la boya.

Aquellas escaleras tan sombrías
con halo misterioso en sus peldaños,
qué pisadas no habría, cuántos años
y en mi angustia febril avemarías
y duendes tan huraños.

Tanta intriga para acceder a aquel
objeto de deseo, estantería,
a esos libros dormidos que allí había,
oscuro y despreciado ese anaquel
y cuánta fantasía.

Todos quietos allí muertos de pena
y yo con mi ansiedad harto malsana
abriéndole un resquicio a mi ventana
ansioso por curar esa condena
de mi inquietud pagana.

Las tapas eran duras, oxidadas,
las hojas grises y ocres de pigmentos,
la fecha de edición mil setecientos
cansadas de esperar y arrebujadas
de tantos sufrimientos.

Al fin pude abrir uno, ¡virgen santa!
al entreabrir creí que me moría,
no podía leer, ave maría,
que un nudo se me hacía en la garganta
gritando de alegría.

Dejando a cada libro satisfecho,
las ansias por saber, justo, saciando,
el miedo a aquel desván fui superando,
aquí dejo constancia de este hecho
que aun sigo recordando.
©donaciano bueno

Aquellos libros de tapas duras llenos de polvo y nuestras ansias por descubrir los misterios que albergaban.

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