MIS VERSOS SON EL AIRE…

»El Poeta sugerido: Francisco de Medrano

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Mis versos son el aire que respiro,
la sangre de mis venas, mi alimento,
la sed que de ansia sacia al ser sediento,
rejilla en donde al mundo yo le miro
y quedo muy contento.

Mis versos rosas son que han florecido
en un jardín plagado de emociones,
allí del cielo se oyen las canciones,
allí tejen los pájaros su nido,
son mis evocaciones.

Retazos son del alma que ha sufrido
cruzando por los mares y desiertos,
mil plantas que ha plantado allí en sus huertos
y buenos, malos frutos recogido
en tiempos más inciertos.

Mir versos son mi fe y aun mi esperanza
de no ser relegados al olvido,
los sueños que en tinieblas yo he vivido
que un acto son de amor de mi labranza
y aquí yo he recogido.
©donaciano bueno.

Comentario del autor sobre el poema: La creación sea poética o de otro tipo tiene un tratamiento similar al de un hijo. Aunque no lo sean, a todos los ves guapos.

POETA SUGERIDO: Francisco de Medrano

Francisco de Medrano

Qué busco, ciego yo, con tan mortales

¿Qué busco, ciego yo, con tan mortales
y ansiosas bascas? ¿Pienso que podría
satisfacer la sed inmensa mía
un mar de aquestos bienes (¿diré? ¿o males?)?

¿No vi ya? ¿No probé cuán desiguales
son de aquello precioso que ofrecía
su vanamente hermosa flor, que el día
robó, descubridor de engaños tales?

Paremos ya, paremos: que el sosiego
en sólo aquel un Bien que sin mudanza
mueve cuanto ve el sol, hallar podremos.

Mas ay, que cuando verle pienso, y llego
yo a asirle, me deslumbra, y sin tardanza,
cual rayo pasa, y ciegos le perdemos.

Estos de pan llevar campos ahora

A LAS RUINAS DE ITÁLICA, QUE AHORAN LLAMAN SEVILLA LA VIEJA, JUNTO DE LAS QUALES ESTÁ SU EREDAMIENTO MIRARBUENO

Estos de pan llevar campos ahora,
fueron un tiempo Itálica. Este llano
fue templo. Aquí a Teodosio, allí a Trajano
puso estatuas su patria vençedora.

En este çerco fueron Lamia y Flora
llama y admiraçión deel vulgo vano;
en este cerco el luchador profano
deel aplauso esperó la voz sonora.

¡Cómo feneçió todo, ay!; mas erguidas,
a pesar de fortuna y tiempo, vemos
estas y aquellas piedras combatidas.

Pues si vencen la edad y los estremos
deel mal, piedras calladas y sufridas,
suframos, Amarilis, y callemos.

No siempre fiero el mar zahonda al barco.

No siempre fiero el mar zahonda al barco
ni acosa el galgo a la medrosa liebre,
ni sin que ella afloje o él se quiebre
la cuerda siempre trae violento al arco.

Lo que es rastrojos hoy, ayer fue charco,
frío dos horas antes lo que es fiebre;
tal vez al yugo el buey, tal al pesebre,
y no siempre severo está Aristarco.

Todo es mudanza, y de mudanza vive
cuanto en la mar aumento de la Luna,
y en la Tierra, del Sol, vida recibe.

Y sólo yo, sin que haya brisa alguna
con que del gozo al dulce puerto arribe,
prosigo el llanto que empecé en la cuna.

El rubí de tu boca me rindiera

El rubí de tu boca me rindiera,
a no haberme tu bello pie rendido;
hubiéranme tus manos ya prendido,
si preso tu cabello no me hubiera.

Los del cielo por arcos conociera
si tus ojos no hubiera conocido;
fuera tu pelo norte a mi sentido,
si la luz de tus ojos no lo fuera.

Así le plugo al cielo señalarte,
que no ya sólo al norte y arco bello
tus cejas venzan y ojos soberanos;

mas, queriendo a ti misma aventajarte,
tu pie la fuerza usurpa, y tu cabello
a tu boca, Amarili, y a tus manos.

Profecía del Tajo en la pérdida de España

Rendido el postrer godo a la primera
y última hermosura que en el suelo
vio el sol, del Tajo estaba en la ribera,
moviendo embidia al cielo,
de su adorada fiera.
La real corona y cetro el ciego amante
derribaba (¿y qué no?) a los pies de aquélla.

Huéllalo todo altiva, y con semblante
fiero otra vez lo huella;
y él, ay, pasó adelante:
¡oh maldulce deleytel Puso luego
calma enojosa en su corriente el río
para advertir, aunque ofendido, al ciego
rey, en su desvarlo,
deel hyerro assí y deel fuego

que le amenaza: «En punto desdichado
ofendiste a esa ‘ermosa, oh godo injusto,
que vengará con tanto y tal soldado
África, de tu gusto
y de tu real estado
despojándote. ¡Ay, ay, quánta fatiga!;
¡quánto afán al caballo y al valiente
infante amaga! ¡a lança y a loriga!
Mueves contra tu gente
¡quánta diestra enemiga!

Ya suena el atambor; ya las vanderas
se despliegan al viento; ya, obedientes
al açicate, corren en hileras
los ginetes ardientes
y las yeguas ligeras.

No escusas, no, la lança y el trançado
arnés, en sólo el ámbar y el curioso
peyne (¡oh varón!, ¡oh rey!) exercitado:
¿no vees quán espantoso
vaja el campo, y formado?

Mira cómo Tarife, travesando
osado por las huestes y valiente,
tu enseña abate, y Muza destroçando
(asombro de tu gente)
los campos va talando.

Conoçerás allí al nunca vencido
Almançor, que en tu mengua se engrandeçe.
Mas al conde, ay, ¿no vees quán sin sentido
y hierbe y se enfureçe,
buscándote ofendido?

No assí medroso gamo, no assí presto,
será que deel hambriento lobo huya,
qual flaco tú deel émulo molesto:
haviendo a aquesta tuya
prometido no aquesto.

Trayrá -presago yo- al godo su día,
tras no muchos diziembres, la africana
armada que ya el Çielo ayrado guía:
cayrá tu soberana
y antigua monarquía.

Quien te dice que ausencia causa olvido

Quien te dice que ausencia causa olvido
mal supo amar, porque si amar supiera,
¿qué, la ausencia?: la muerte nunca hubiera
las mientes de su amor adormecido.

¿Podrá olvidar su llaga un corzo herido
del acertado hierro, cuando quiera
huir medroso, con veloz carrera,
las manos que la flecha han despedido?

Herida es el amor tan penetrante
que llega al alma; y tuya fue la flecha
de quien la mía dichosa fue herida.

No temas, pues, en verme así distante,
que la herida, Amarili, una vez hecha,
siempre, siempre y doquiera, será herida.

Soneto iii a s. pedro, en una borrasca, viniendo de roma

Pescador soberano, en cuyas redes
los monarcas mayores han estado
dichosamente presos, y cambiado
en gloria sus prisiones y en mercedes;

tú que abrir y cerrar el çielo puedes,
con poderosa llave, a tu ganado,
y alcaçar en la tierra has alcançado
con colunas de pórfido y paredes:

los ojos vuelve al mar enfureçido,
y pues tal vez osó mojar tu planta
aun siendo ‘ollado de tu fee animosa,

su ’inchazón rompe, acalla su rüido,
y enseñado dicípulo, levanta
mi fee y mis pies con mano poderosa.

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