SE LLAMABA JOSÉ

Trinidad Mercader(Poeta sugerido)

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Se llamaba José y era mi amigo,
jugábamos al mus en cualquier parte,
pero un día se fue, no fui testigo,
le llamé y le busqué y aun hoy lo sigo,
que no se debe uno ir sin avisarte.

Era él un gran maestro haciendo guiños,
en el arte de envidar era un marqués,
que a su lado otros más barbilampiños
inocentes, temblaban como niños
y hasta el juego se ganaba al treinta y tres.

Hay quien dice que fue ese día aciago
en que el diablo sumóse en la partida
que comenzó a pasar su peor trago,
que el farol dejó de hacer de mago
y el órdago firmó su despedida.

Sea cual fuere, que cómo fue no importa,
lo cierto es que allí el mus perdió un buen hijo
yo un amigo, al que nadie reconforta,
la voz de la baraja se entrecorta
y entre pares y nones hoy me aflijo.
©donaciano bueno

El mus es un juego de envite, en parejas, en el que la psicología juega un papel importante, las cartas son un componente necesario pero no imprescindible para ganar. Existen distintos lances como grande, chica, pares, juego. En cada jugada se puede envidar o lanzar un órdago a la partida. Treinta y tres es la peor jugada para ganar el juego. En algunos sitios se permiten hacer señas, como guiñar el ojo, treinta y una…

POETA SUGERIDO: Trinidad Mercader

Trinidad Mercader

Yo soy esa muchacha

Yo soy esa muchacha que ha besado la tierra
para posar los besos que le sobran.

Yo soy esa muchacha que desea callando
lo que se aleja siempre de su mano vacía.

Blanda pulpa jugosa para mecer el aire;
blando temblor intacto que una caricia anega.

Sedienta y absoluta,
muchacha que se besa la curva de sus hombros,
que se acaricia lenta, con dolida ternura.

Garganta donde canta la sagrada alegría,
donde los gritos crecen de plenitud ahogados.

Muchacha sola y firme que arrebatadamente
crece para sí misma su vegetal milagro,

cuando la tierra vuelca su prometida entrega
y una dulzura virgen va invadiendo los ramos.

No pesantez de carne que se estanca

No pesantez de carne que se estanca,
sino ligero gesto en el espacio.

Curva que, prisionera,
hienda el aire en el salto.

Ritmo donde las alas
recuperen su brío.
(Los músculos se apresten a salvar los obstáculos.)

Oh, senos fugitivos, detenidos en vuelo
por el ineludible tallo de la cintura.
Oh, cóncavas caderas, verticales al suelo.

Las piernas, incendiadas,
giren sobre los pasos iniciados apenas.
El ritmo irá enervando la amplitud de la falda.

Combos los finos brazos,
enmarcando la audacia de la cabeza.

Combos, en el espacio,
cuando el impulso asalte la perfección del cuello
y en torno a todo gire
la llamarada suelta del cabello.

Cercenadme esta voz donde anida la estrella

Cercenadme esta voz donde anida la estrella.
Cercenadme esta luz, esta naciente albura.

No dejéis que mi aliento
surja de su maraña más límpido que nunca.

Ni el gesto de muchacha que se sorprende libre,
ni este duro clamor, esta palabra impura.

Apiadaos. Derribadme
sobre esta fe creciente que mis ojos declaran
ahora que aún resbala por mi mundo la duda.

Devolvedme aquel aire de niñez oprimida
temerosa del viento, del trueno, de la lluvia.

Devolvedme a las manos que velaron el sueño
de una niña encendida de rubores y frutas.
Volvedme a mi silencio, por donde transitaba
sumisamente dulce, de mí misma confusa.

Aún soy esa muchacha que buscáis en la niebla,
que habita entre vosotros y, sin querer, se oculta.

Desde lejos

Desde lejos,
me están avisando a gritos:
que no vaya, que no venga,
que no me mueva del sitio.

Que es aquí
donde nacerán los lirios.

Aquí,
conmigo.

Y me miro.
Y este sembrado que soy
apenas está movido.
Apenas asoma el aire
la promesa de los trigos.

Y quiero andar. Y de nuevo
las voces que el aire trae
me están gritando lo mismo:

que no vaya, que no venga,
que no me mueva del mundo
que estoy sosteniendo en vilo.

Mayo de los amantes,
madurador de labios, nuevo fruto,
cómo rebosa el agua de mis ojos en sombra
por donde las estrellas calan en lo profundo.

Mi voz está volcando
su cesto de manzanas en júbilo.

Tacto de la caricia,
mira cómo renace la yerba en mis dedos.

Y este ritmo en desorden que el corazón ordena,
pone en fuga las aves del desnudo en que bebes
agua ciega del beso : verbo mudo.

Mayo de los amantes,
enamoradamente te descubro.

Sobresaltada la lengua,
¿quién va a decidir el hallazgo?

Una vocación de síes
está inundando el espacio.

Carne de fe, sangre nueva
contra todos los escarnios,
afirma otra vez en pie
la alegría de sus tallos.

Un brote que nadie quiso,
que nadie esperaba, canto.

Vocación afirmativa
–carne y sangre del hallazgo–
no hay muerte para morir
lo que está resucitando.

Que nadie diga que no,
que está el alma a flor de piel
naciendo de su milagro.
(Tomado de POESÍA femenina española (1939-1950) ANTOLOGÍA de Carmen Conde. Libro Clásico Bruguera, Barcelona, España, 1967)

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