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Mi poema: BEBERSE LA VIDA

Mi Poeta sugerido: 'Iván Oñate'

MI POEMA… de medio pelo Lee otros poemas de HUMOR

 

No sabemos por qué ni lo sabremos,
e ignoramos el qué, cómo ni cuándo,
poco a poco a la vida nos bebemos
y seguimos aquí disimulando.

Labrarnos pretendemos un futuro
y él responde que así les vayan dando,
que espere sin pensar, fúmese un puro,
y el que venga detrás vaya arreando.

Dispuesto a atravesar este desierto
la vida paso hoy aquí filosofando
-mientras uno respira no está muerto-
y en tanto que se puede disfrutando,

La verdad, la que importa, eso es muy cierto
todavía es que vamos caminando
y soñando aunque esto sea despierto,
cuando llegue el final no se hará andando.

Por si acaso me siento y tomo un vino
poco a poco el espíritu alegrando,
momento que es tan plácido y divino,
me invita a no pensar que estoy pensando.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Iván Oñate

Iván Oñate

Estación Cochabamba

Era la tarde de un día
hecho para siempre. Yo venía del Sur
sin resignarme todavía y
con un número en la mano
buscaba una puerta
o una tumba, yo no sé.

Pero di con plazas, con calles
que no conducían a ninguna parte,
Con muros negros como los abismos que salían a detenerme o
a empujarme
hasta dar con los andenes de una estación
de fierros detenidos y tristes.

Y allí
con el papel en la mano
como una llave o un cirio inútil
fue que los vi, a los tres,
Al viejo al hombre y a la niña
o tal vez me equivoco
A la vieja
al hombre y al niño
o tal vez

A los tres viejos o a los tres niños
pero ella era hermosa y el hombre era fuerte
y el viejo pensativo y venían
sucios
agotados
moribundos pero con furia, como si una tormenta
de rayos y polvo
los hubiera humillado en su miseria, o fueran
los ángeles sobrantes
de una caída brutal sobre su propia tierra.

Y pasaron
sin siquiera verme,
pasaron simplemente,

Y yo dejé caer esa llave
que no sonó
porque no hay sonido
cuando algo cae al abismo.
(de El Ángel Ajeno, 1983)

Los huesos de Vallejo

Ya no veré París

Porque el tren en que arribe
estará cansado, cargado de vacas, de banano chorreando moscas,
de borregos para el matadero, de jóvenes
que consultan su destino en libros prestados y
en estrellas ajenas,

de travestis
que se depilan al apuro y con dos monedas
de espuma,

de ilusiones,

de ojos como los míos
estará cargado,

y limpiándome la cara con un trapo
me iré con los brequeros filipinos, con
los jóvenes esclavos
venidos de la Arabia
a beber un litro de vino en alguna cantina,
en alguna mesa taciturna
donde apoyaré mis codos y dormiré,

dormiré
hasta dar con los huesos de Vallejo,

con la dirección
de alguien
que resultó ser un terreno baldío,

o con los ojos
de la portera
que despertándome
me lanzará fuera, afuera de la pensión
y me encontraré en una plaza
rodeado
por desconcertados muchachos, que como yo, nada saben
de los que vinieron
o no vinieron, de los que se quedaron en el mar o en una cantina
dándole vueltas a París,

LA POESÍA

Habría que buscar
en los enramajes del sueño, en los múltiples
ríos
que procedieron a la sangre
con su violencia oscura. En el paso lento
de niebla
cubriendo la tierra de reflexionado dolor,
de consabido amor
o de estremecimiento.

Habría que buscarte
clavando un cuchillo furioso
en el árbol que dejamos olvidado y
que delira con mudo sudor
la soledad del mundo a nuestro regreso. Con dedos
crispados de verdadera ansia
buscarte entre los párpados de los muertos,
o en la nieve
que cubre largos, insomnes trenes
cruzando la noche
como cordilleras solas. En todo eso,
en la poderosa sombra
que es capaz de extender la muerte,
en la muerte que es capaz
de recoger la sombra, buscarte,
con el corazón lamido por los perros, allá,
en el ocaso
donde terminan los cielos
y da comienzo el suburbio
con sus ángeles recién caídos,
con estos naipes marcados
a la recuperación del reino.

BIOGRAFÍA APÓCRIFA DE BORGES

a María Esther Vázquez

Madre
apiádate de Borges
el enamorado. Cuídalo
que no resbale. Tu niño está preso
de la peor de las cegueras,
esa que permite ver la luz
del otro lado, de todo
lado.

Luz que no pudieron sospechar
y peor
tocar las palabras.

Ayúdalo a vencer
los oscuros temores
que heredamos en la sangre y
esos otros,
más profundos y terribles,
que se esconden entre las páginas
de los libros.

Madre
consuélalo por la fatiga,
por el insensato propósito
de renunciar a ser Borges, aquel
en cuyos brazos
jamás desfalleció la mujer amada.

Anúnciale
que los materiales de un poeta
son la humillación y la angustia.
La convicción inexorable
de un destino desdichado.

Recuérdale
que conocerá la gloria. A su alrededor
se levantará un universo, un mundo
embellecido por su álgebra y por su fuego,
una ciudad
querida y detestada.

Una ciudad
donde millones de seres
tomarán el ascensor o el subterráneo
pero con la certeza
de haber perdido su destino.

Una ciudad
donde existe la única mujer. La única.
Y ella no lo ama.

EL ACUSADO

Yo,

que he sido cruel, tierno, torpe,
lúcido y
alguna vez
en ojos de un amigo que amé y
luego olvidé en una taberna: poeta,

deambulo
borracho y desnudo a medianoche. Por ciegas
y gimientes salas
tropiezo con vagos hombres vestidos de enfermero
y algo sufre
algo se lamenta interminable
cuando la noche cae
y me da a beber
su sombra y su veneno. ¿Quién está aquí?
¿Quién está aquí? Algo pasa,

una bandeja donde flota un algodón, un niño y
un guante muerto
pasa. Y mientras busco una salida,
entre los dedos del médico, desesperadas
laten todavía unas vísceras antes de caer
en las fauces del perro. ¿Estás acaso por aquí
Carlota, mi hermana? ¿Dime?

¡Por Dios,
ya es tiempo de que paren esta lluvia!

¿Cómo saber
si eso que me lastima desde la niebla roja
es la realidad
y esta agua y esta sangre y este dolor
solamente frutos de mi repodrida cabeza?

Cómo saber
si todo está empapado. Y desnudo,
no hay lugar para un fósforo, peor
para el resplandor de un ángel
o de un rayo
señalándome la tiniebla exacta
donde habito. Porque entonces,

en su definitiva luz
yo vería la soga que espera
y sabría por fin,
quién es el acusado y
quién acusa.

Pero no os desesperéis
mis buenos hijos de cura párroco, ya tendréis
tiempo
para todos mis traumas
servidos en una mesa. Juro
que los legaré a la posteridad
como aquel magnánimo que legó el riñón, o su testículo derecho.

Por ahora,
tiradme una manta, una ironía
con su corrosión amable dentro del pecho,
que ya no aguanto con este frío,
con esta culpa.

como en este sueño.

La caída

Señor Dios del insecto,
de la ameba
que desasosiega al intestino recto. Dios
de la fatiga que levantó al Duomo de Milán
para que en la niebla
se manifieste. Dios
del ingenuo
que se toma fotografías
arrimado a la torre de Eiffel. Dios,

del otro ingenuo
que se toma fotografías
arrimado a la brevedad de un ángel. Dios,

de la música y del silencio
pero también del verdugo
que afina su instrumento. Dios,
de lo vivo y de lo muerto

De los que deliran
olvidados
en la estantería atroz
de una morgue. Dios

que se nombra cuando se alcanza la cima de un orgasmo
pero también
cuando hay que reconocer lo querido
en el fondo de un cajón
o de un abismo. Dios,

de lo que nace y muere
y en el trayecto se corrompe. Dios

de mis padres y de mis hijos
venidos o no pero al fin hijos. Dios solitario,
colega que tachonas ciego
un borrador incesante, afrentoso. Dios
sin Dios para tu perdón, sin Quién
para que te corrija.

Dios sin recursos a Ti mismo.
Dios abandonado, Dios
ateo.
(de Anatomía del Vacío, 1988)

La Guerra

I
Yo volvía impreciso
de un oscuro y solitario viaje. De la felicidad
que no me esperó
con su final perfecto. Y encontré
la tierra devastada,
tajeada de ira por ríos ausentes, por charcos
de humo y sangre
como luna olvidada y muerta. Entonces,

por entre los gritos y las flamas de furia
escuché el grito
que destinado estaba para mis oídos
ciegos:
era mi niño,
lacerado y tierno
casi un susurro deshaciéndose en la ceniza
que dejó
aquel rayo. Pero,
el niño que recogí entre mis brazos
bien pudo ser el amigo
o el enemigo, o quizá
yo mismo,
cuando mi padre me olvidó
con una maleta
en algún hotel de la tierra. Era la guerra,
esa que les sucede a los otros, allá,
a lo lejos,
en el futuro o en los libros de historia, la
misma
que nos afrenta en las calles, en las camas,
en las almas, en las caries,
en las cantinas olvidadas de Dios y
de su propio dueño: la guerra.
(de Anatomía del Vacío, 1988)

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