A UN ¿POETA? VIEJO

»El Poeta sugerido: Zel Cabrera

EL POEMA Lee otras FÁBULAS

 

Era un viejo que soñaba
su final cómo sería
y aunque tanto preguntaba
nadie a él le contestaba
y él del mundo se reía.

¿Será pronto? se decía,
quizás será a la alborada,
Y así un día y otro día,
entre lapsus se dormía
y en sueños se despertaba.

Se ocupaba en escribir
y al paseo él se entregaba,
sus dos formas de vivir,
esperando así cubrir
el tiempo que le quedaba.

Cada mañana al espejo
por curiosidad miraba
frunciéndose el entrecejo
y aunque pareciera viejo
él del cristal se mofaba.

Y aunque nadie le leyera
escribía y escribía
y estrujaba su mollera
sabiendo, como cualquiera,
que pronto se moriría.

Mas un día, no hubo un día,
que una noche puñetera
por allí pasó un tranvía
y adentrándose en la vía
huyó hacia frontera

Sus versos en la chistera,
juró que se llevaría,
adiós linda primavera,
se acabó la tensa espera
y adiós a su poesía.
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Zel Cabrera

Zel Cabrera

El camino

Vámonos entonces, tú y yo,
cuando el ocaso se extiende por cielo
como un paciente anestesiado en una mesa.
T.S. Eliot

I
En las salas de espera comienza el camino
nunca en el camino,
en la cafetera que nos regala intentos sin cafeína,
en una televisión encendida, un periódico del día,
tristes viejos sillones en los que nos entretenemos
con las cosas gratis, nos engañamos.

Miramos el piso, le encontramos formas a sus manchas.
Cada minuto pasa en una pantalla.
Uno más lento que el anterior.
El tiempo se mueve en el aburrimiento.

Sopas instantáneas y papas fritas;
aguardamos, esperamos,
somos vagabundos debajo de un árbol imaginario
a lado del camino, desesperamos, otra vez.

Pasajeros con destino a la Ciudad de México,
con boleto de las 17 horas con 15 minutos,
favor de formarse en la puerta 6.

Un altavoz, como silbato de acento chirriante
demanda desde su omnipresencia.
Dios de Central Camionera
que manifiesta su poder
a través de una fila.

Como pasajeros en éxodo, jalamos maletas y cajas.
Poseemos el oficio de doblar ropa
y guardar al vacío el itacate.

Miramos de reojo la espalda del otro,
mejor dicho, lo barremos hasta las nalgas,
resignados a que el de atrás
haga lo mismo con nosotros.
Resignados a entretener el aburrimiento
como hábito, en el acto reflejo
de pasear los ojos por dónde se pueda.

El Juicio Final es hoy; o parece.
En las centrales, cada viernes es juicio final.

Consultamos el reloj,
hojeámos una revista, esperan,
vigilamos cada cierto tiempo el equipaje.

La fila se mueve,
en la puerta que va al andén
un policia nos pasa
el detector de metal por el tronco
y las piernas,
nos recoge el boleto,
lo corta sin mirar la hora,
repite: Ciudad de México, anden cinco,
Ciudad de México, autobús 34.

Abordamos con la prisa de la muerte,
y nos vamos, nosotros.

II
Somos pasajeros
que lloramos en el autobús
porque el autobús
no para, no transpira preocupaciones.
Orondo fluje por el camino.

Inundamos los autobuses
con caras largas
y almuerzos aplastados.

Viajamos en tercera clase.
Volvemos a casa con el olor del aire acondicionado
en el abrigo.
Reclinamos el asiento.
Oímos a Los Tucanes
y nos quitamos los zapatos.

Mintieron al decir que los viajes enriquecen:
nadie se vuelve millonario
viajando en tercera clase.

El autobús es una maquinaria de objetos perdidos,
grabado en el epitafio de los condenados a la espera.
Una calca de tiempo.

¿Cómo se describe una carretera?
¿Cómo se guarda el horizonte que pasa en la ventanilla?

Los viajeros nos alimentamos de líneas del pavimento;
pintura agrietada.

seis horas, ocho horas, diez horas…

En la carretera,
no somos Sal Paradise,
no hubo Neal Cassidy,
ofreciéndonos dejarlo todo
por una mano llena de bencedrina.
No somos, tampoco, Phileas Fogg
ni volamos en globo.
Nuestro viaje no implica
dejar nuestra tetera y su ruido de alacena.

Somos pasajeros enamorados de 2806 kilómetros
de 30 horas, de la doble vida,
de ser nómadas con un sombrero
lleno de lluvia
y boletos de ida y vuelta.

seis horas, ocho horas, diez horas…

III
A través de montañas viajamos,
el deseo queda lejos, no hay despedida.
En el fondo gritamos, siempre gritamos
porque el camino es más largo que el Nilo.
El camino nunca deja de crecer.

Recogemos las piernas del asiento hasta tullirnos,
hasta querer tener otro apellido.
Hasta que la vergüenza y el miedo
no nos cubran.

A veces la luz se apaga
y todos los pasajeros somos accidentes.

Homilía

para papá

Íbamos a misa los domingos
porque pensabas que así Dios
te haría el milagro
de verme caminar
sin romper
la línea recta imaginaria
que desde entonces quisiste
trazar en mi camino.

«Camina derecha, mi’ja»,
«endereza el pie al dar los pasos»,
repetías.

Te escuché.
Anduve alerta a tus palabras
lo mismo que a los sermones del cura
en la iglesia,
intentando enderezar el camino
y los pasos.

Los años pasaron. Seguiste
pidiéndome enderezar los pies,
creías que así la vida
me dolería menos.

Pero como me pasa siempre
con las cosas que se repiten
y se repiten, me distraigo.

Ya no voy a misa los domingos,
pero a veces, mientras camino
enderezo los pies.
Te recuerdo.

Esto no es una enfermedad

Busco las palabras de lo que soy,
el crujir de mis huesos
después de cruzar una calle,
este dolor primigenio que no se borra
con analgésicos. Este cuerpo camina
a un compás distinto, se inclina,
una curva que amenaza con romperse.

El cuerpo que nació tarde.
Un cuerpo adolorido de mirar.

Soy algo que todavía duele,
una herida/cicatriz de algo hondo,
soy una falla de origen,
un cuerpo que no se sostuvo,
que nunca fue puntual.

El dolor se aguanta.
Se resiste sin llorar,
«que el llanto es para los cobardes,
para los que no creen en Dios»,
decían mis padres creyentes
cuando mis rodillas
se estrellaban en el piso
y un hilito de sangre
comenzaba a resbalarse.

En casa no podía llorar.
El llanto traía convulsiones
que asustaban a mi madre.
Si me caía, no debía pensar
en el golpe o en la sangre.

«Si lloras, te pego para que llores por algo»,
sentenció muchas veces;
era su manera de hacerme
fuerte, de enseñarme a resistir
el ridículo, a las caídas.

Buscar es también romper algo
y empezar de nuevo.
Dicen que el que busca encuentra.

Mirar es nombrar.
Poner el ojo ahí, donde duele,
recordarlo,
reconocerlo,
escribirlo.

Quisiera no sentir las miradas
de los que me ven pasear
con mi perro
y piensan que estoy ebria.

Quisiera
llevar un letrero:
favor de no preguntar
«¿qué te pasó en el pie?»,
«¿así naciste o estás enferma?»

Esto no es una enfermedad.
No hay nada malo en mí.
Las burlas quedan lejos
de este nombre.
Es solamente otra manera del cuerpo.

Agarro fuerza de lo que escribo,
como si el poema fuese un pasamanos
donde sostenerme.

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